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Dilemas democráticos
Por José Pablo Abreu y Juan Jesús Garza Onofre coordinadores
Estamos frente al proceso electoral más grande en la historia contemporánea de México y, más ... Estamos frente al proceso electoral más grande en la historia contemporánea de México y, más allá del reto administrativo que representa su organización y las preferencias ideológicas que existen, consideramos relevante hacer un análisis del estado de la democracia mexicana, inmersa en un complejo contexto social, económico y político, que se ve influida por una dinámica global no más sencilla. En pocas palabras, intentaremos problematizar y analizar nuestros dilemas democráticos más allá de la coyuntura. Coordinan el blog José Pablo Abreu Sacramento y Juan Jesús Garza Onofre. (Leer más)
Redes sociales y enredos democráticos
Una década después, se puede hablar con menos ilusión y mayor evidencia de la relación que finalmente se estableció entre las redes sociales y la democracia a nivel mundial.
Por Paula Sofía Vázquez
29 de mayo, 2021
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Hace aproximadamente 12 años, en los albores de la popularización de las redes sociales, se hablaba con mucha expectativa de la influencia e incidencia que tendrían las mismas en la democracia. Hoy, más de una década, algunos escándalos electorales, defenestraciones políticas y dos generaciones de participantes activos en las diversas redes sociales después, puede hablarse con menos ilusión y mayor evidencia de la relación que finalmente se estableció entre estas entidades y la democracia a nivel mundial.

El tema tiene múltiples aristas y de cada una hay literatura —y documentales, películas, videoblogs, etcétera— muy amplia. Por esta razón, trataré de hacer un apunte telegráfico de cada una de ellas con el fin de delinear el estado que hoy guarda la relación entre las redes y las democracias.

Del ágora al ring

La horizontalidad de las redes sociales, sus pocas barreras de entrada y la accesibilidad de contenidos, a la que me referiré más adelante, fueron en un inicio uno de los elementos que, parecía, abonarían positivamente a la construcción de espacios para el debate informado, respetuoso y robusto que necesitaban las democracias. La posibilidad de poder conocer y confrontar nuestras ideas con las de otros que pensaban diferente, y a quienes muy probablemente no podríamos conocer en nuestros espacios físicos cotidianos, se antojaba ideal para ejercer el muy alabado pero poco practicado arte del debate.

Nos equivocamos crasamente. Si bien en un inicio las redes efectivamente permitieron el intercambio, las dinámicas de las redes no cambiaron los patrones de conducta de sus usuarios. Por el contrario, al pasar de los años, las actualizaciones de las plataformas se han adaptado a nuestro sectarismo y a nuestra resistencia a tener, ya sea presencial o digitalmente, que confrontar nuestras creencias y opiniones con las contrarias. Hoy, más que el pluralismo y la inclusión que precisan los ejercicios democráticos, las redes son efectivos ayudantes en la creación de nuestras propias cámaras de eco, donde más que confrontarnos con todo aquello que no pensamos, encontramos reafirmación para todo lo que consideramos correcto o incorrecto y donde, más que debatir con argumentos, nos enfrentamos con las ideas distintas con la misma virulencia que perros de pelea.

La información como derecho y como obligación

Como ya mencioné, otra de las virtudes democráticas que le asignamos en un inicio a las redes sociales era su contribución a la garantía del derecho de acceso a la información. La dinámica que hasta el día de hoy permite que todas las personas generen y compartan de forma más o menos libre contenido de todo tipo y de todos los temas parecía ser una herramienta en la formación de ciudadanía más informada y la posibilidad —especialmente apreciada en un país como México con un duopolio televisivo y una  concentración importante en los medios tradicionales de información— de democratizar la generación de contenido y su difusión, abriendo la puerta a mayor pluralidad, diversidad e inclusión.

Si bien las redes sociales aún sirven para eso, nos enfrentamos con fenómenos como las multimencionadas fake news, que le han impuesto a la facilidad de obtener información de las redes sociales la obligación —si queremos utilizar con seriedad la información de la que nos allegamos— de verificar la veracidad de todo lo que nos llega por su vía.  Además, en este punto las redes pecaron por exceso más que por defecto. La saturación de información terminó por abonar poco en los ejercicios democráticos.

Somos legión

Las redes han resultado un mecanismo increíblemente efectivo tanto para la formación de grupos políticos como para la organización de los ya existentes. Las dinámicas de interacción que permiten encontrar a nuestros iguales y conocerlos, de agruparnos todos en torno a la defensa de un asunto virtual como físicamente, han sido fundamentales para el ejercicio de los derechos políticos y la visibilización e inclusión en la agenda política de temas como el racismo, el feminismo y las protestas en todo el mundo.

Ahora bien, esta facilidad para la organización política, en conjunto con las cámaras de eco, también han traído su parte negativa para la democracia. Grupos como, por poner un ejemplo entre miles, los supremacistas blancos en Estados Unidos y Europa, se han multiplicado, fortalecido y visibilizado gracias a las redes sociales.

“Pásele, pásele, pa todos hay”

La multiplicidad de redes y sus particularidades también han generado distintos tipos de sujetos políticos y formas muy diversas de ser y hacer política y entrarle al juego democrático. La organización vía TikTok de jóvenes -la mayoría de ellos sin edad para votar- durante la elección de 2020 en Estados Unidos para sabotear la campaña de Trump, evidencian las múltiples posibilidades que aún tienen las redes sociales -todas- para ser herramientas útiles e innovadoras en la participación democrática, especialmente de generaciones más jóvenes. Aquí únicamente cabe una anotación al margen: las instituciones democráticas tradicionales, partidos políticos, candidatos, autoridades electorales, no han innovado a la par de los usuarios de estas redes y, por lo general, su participación en las mismas resulta anodina.

Por último, me gustaría abordar algunos temas que representan nuevos problemas para las viejas democracias y para los principios que aún las sustentan. El primero, el uso de las redes como herramientas de control político y de vigilancia de preferencias, que en democracias frágiles o en franca deriva autoritaria, permiten a los gobiernos violar de forma más profunda y directa los derechos de sus ciudadanos. El segundo, concatenado con el primero, es la venta de los datos de los usuarios por las corporaciones dueñas de las redes sociales para modelar preferencias electorales. La tercera es la tiranía del algoritmo y la falsa neutralidad de las redes, que, como se ha documentado en más de una ocasión, está moldeado por criterios que no abonan a la construcción, ni a la garantía, de los derechos y libertades que conforman a las democracias.

* Paula Sofía Vázquez (@pauletta_sofia) es especialista en electoral y analista política.

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