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Maternidad y deseo
Maternidades deseadas, madres imperfectas, crianzas colectivas, reconocimiento al rol de las mujeres en la sociedad. Cuatro testimonios sobre las distintas formas de ser madres.
Por María Álvarez, Elvira Liceaga, Fabiola Rivera e Irma Uribe
11 de mayo, 2022
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María Álvarez

Cuando decimos ‘la maternidad será deseada o no será’ en principio nos estamos refiriendo al derecho al aborto, a la agencia de las mujeres sobre nuestros cuerpos.

Pienso ahora, después de 13 y 10 años de experiencia acumulada del lado de la maternidad, y 44 del lado de la hijitud, que debemos hablar mucho más que del deseo, temporal o permanente, de tener o no tener hijxs. Las mujeres tenemos tan poco ganado ­­–o tan arrebatado– el terreno del deseo, que no es de extrañar que tengamos que seguir luchando por lo más básico: el control y el destino de nuestros cuerpos.

Ya teniéndoles, con ganas de tenerles, con la dificultad y el privilegio de tenerles, sigue existiendo un mundo de deseo, de ganas y de posibilidades que se nos han limitado, frustrado y acotado, en aras de cumplir con el rol de madre. No hay relación más común, más variada, más inestable sobre la faz de la tierra, y no hay relación más socialmente sancionada y estereotipada, que la de la maternidad.

Si la sociedad y el Estado quieren que seamos madres a toda costa, también quieren decirnos cómo serlo: sacrificadas, cuidadoras, abnegadas, generosas, tranquilas, pacientes, apoyadoras. Ah, pero también trabajadoras, que ganemos dinero, que nos veamos bien, sin quejarnos, pero sobretodo sin descuidar a lxs hijxs por ningún motivo, causa o circunstancia. Nos venden la idea del super poder del multitasking para seguir recargándose sobre la maternidad como sobre un bastión.

A una mujer que no cumple los roles de afecto, educación y cuidado, se le juzga de egoísta, de abandonadora, de ‘mala madre’. Se le ‘perdona’ el ‘outsourcing’ del cuidado mientras este lo brinde otra mujer, muchas veces racializada o empobrecida. Se le ‘perdona’ si sigue saliendo en la foto, si sigue respondiendo a las reglas.

Las estructuras del sistema en el que vivimos nos aplastan, despolitizando la que debiera ser la relación más personal, y más política de todas: las madres y lxs hijxs sí son el núcleo de las familias, de las comunidades, de las sociedades y del Estado, que en esa misma institución propone un rol unívoco, sin agencia, incuestionable, sin escape. Ya que cumplimos con el papel de concebirles y tenerles, tenemos que continuar supeditadas por largos años, como si el deseo o la voluntad fueran, por naturaleza, estables. El control de nuestros cuerpos va mucho más lejos que sólo el del periodo de gestación.

El mensaje repetido hasta las náuseas, de que nuestra biología nos determina al sacrificio, al esfuerzo y la responsabilidad, pero también a la fortaleza, templanza y continuidad, nos pide a las mujeres no solo sacrificar los deseos de nuestros cuerpos, la voluntad de usar nuestro tiempo para disfrutar o para construir una carrera, para pensar o simplemente para poner una pausa en la maternidad, sino sacrificarlo con gusto, por amor.

El mandato también exige que cada maternidad sea individual y probada: el amor materno del estereotipo debe poderlo superar todo, debe ser heroico y solitario. La amistad, la solidaridad, la organización, la afinidad –no se diga la atracción– entre mujeres se ve como una amenaza a la continuidad de la estructura. Hay quienes incluso lo ven como un peligro para la continuidad de la especie.

Pienso que la maternidad es más un hacer que un ser. Creo que quienes tenemos hijxs sabemos que no es un asunto binario sino absolutamente fluctuante. Como madre y como hija, me alivia saber que la realidad es cada vez más diversa, que las familias cada vez menos responden al formato misógino que impera, donde a las mujeres no nos da la vida para hacer y sentir y poder todo lo que queremos. Que la maternidad a ratos es deseada y a ratos no, que todas tenemos muchos deseos a la vez, algunos incompatibles con las exigencias del cuidado, y que juntas podemos hacerlo, distinto, más sustentable, mejor.

Elvira Liceaga

Me gustaría criar más con mis amigas y con otras mujeres. Y con todes, con la sociedad. No de maneras tan privadas y privatizadas. Me gustaría que no nos aislaran. A veces pienso que estar divididas por familias sin saber realmente qué sucede puertas adentro es peligroso. Me gustaría que, así como nosotras sentimos que los hijos de otras personas son de alguna manera también nuestros, las comunidades donde vivimos lo sintieran también.

Me gustaría no sentir presión social por ser la madre la total, la trabajadora, la cool, la influencer o la punk. Me gustaría que no nos comparáramos entre nosotras.

Me gustaría que no nos excluyeran de espacios o eventos secreta o declaradamente antiniñes y en consecuencia antimadres.

Me gustaría que ser madre no fuera un obstáculo para trabajar como todas las demás personas, porque los modos de trabajo y los sueldos están pensados como si los hijes no existieran. Me gustaría que la maternidad no fuera una causa de desigualdad.

Me gustaría que las mujeres con bebés y con niñes que veo en las esquinas tuvieran garantizados los alimentos, el techo, el descanso, la ayuda.

Me gustaría que ninguna madre tuviera que migrar y separarse de sus hijes para alimentarles, ni que ninguna madre tuviera que mandar a sus hijes a otros países menos violentos.

Me gustaría que la decisión de ser o no ser madre no fuera, en ningún caso, económica. Ni para las que deciden no tenerlos por no tener dinero, ni para quienes renuncian a sus hijes porque no ven cómo alimentarlos, ni para quienes no podrán pagar un proceso de reproducción asistida.

Me gustaría que abortar fuera una decisión personal y no legal.

Me gustaría que no nos aterrorizaran amenazando a nuestros hijes. Me gustaría que nunca ninguna madre tuviera que buscar a sus hijes desaparecides. Me gustaría que no tuviéramos miedo de tener hijas. Me gustaría que ninguna de nuestras hijas fuera jamás asesinada.

Fabiola Rivera

El pasado 8 de marzo, en la escuela de mi cría de 9 años, le preguntaron por qué admiraba a las mujeres de su familia, y una auténtica Panda Roja enorme y furibunda se le apareció cuando los motivos de admiración que enumeró para mí, su madre, su tía y su abuela tenían que ver en su totalidad con los servicios y cuidados que le prestamos. Escribió en su libreta: ‘mi abuela me hace mi comida favorita, mi mamá me lleva de vacaciones, me ayuda con las matemáticas y me hace mi lonche, y mi tía me cuida cuando mi mamá tiene que ir a trabajar’. Lo reté a que escribiera cosas que no fueran sobre cuidados o que tuvieran que ver directamente con él, ¿qué era lo que admiraba en nosotras que no tuviera que ver con darle o hacerle? No se le ocurrió nada. ¿Soy responsable de que no sepa que soy más que su madre que lo cuida? ¿Es eso mi culpa? ¿Sólo somos las madres las que educamos y establecemos las narrativas y percepciones de lo que significa nuestra relación de crianza y nuestra identidad fuera de la crianza?

Nunca me he considerado una buena madre, natural o intuitiva; cargo con la culpa de no sentirme eternamente feliz y agradecida, asumo y acepto en público y en privado que esta ha sido la chamba más difícil, cansada, desigual y demandante a la que me he enfrentado, y también la más invisible y solitaria.

Este 10 de mayo quiero defender mi derecho a ser una madre imperfecta, a veces infeliz con el resultado, frustrada y en constante confrontación con lo que se supone que debo ser y dar. Me he puesto como objetivo educar a este ser en igualdades en un mundo desigual y discriminatorio, y aunque el entorno le da jalones y le impone mensajes, normas y conceptos,  le seguiré insistiendo que los colores no son de nadie y mandando el termo rosa con glitter que sé que le gusta y que también le enseña a defenderse; le seguiré diciendo que siempre se vale llorar, aunque a veces le he dicho ya no llores y me revira con “es mi derecho”, lo cual me llena de felicidad, hablaremos con la “e” y diremos “les” aunque le pongan 5 en español, cuestionaremos el concepto de competencia y de ser “lo mejor o tu mejor versión” preponderante en las escuelas para dar paso a la colectividad y la salud mental por encima del mérito, defenderemos hasta el hartazgo que “niñita” o “puto” no son insultos inocentes y debemos nombrarlos como machismo y homofobia, aunque sean tiernas infancias de tercero de primaria.

Soy la madre de una infancia con identidad masculina, cuyo mayor terror es criar un macho en un mundo machista y no librarlo del clasismo y el racismo estructural. Espero que crezca en una comunidad diversa e incluyente y aunque ya no creo que sus ojos vean un mundo más igualitario y justo, espero hacerle entender que lo que se necesita es empatía, respeto, dignidad y compasión. Soy la madre de Mateo, la que le tocó y tendrá que acompañar en la decisión de hacer de la crianza una postura política. Espero logremos averiguar juntes y en colectivo cómo hacerlo.

Irma Uribe

Ayer comimos con la abuela de mi esposo. Sacamos cuentas y hoy es su 74° año como madre. Septuagésimo cuarto. Ni siquiera sé bien decirlo; me costó un trabajal escribirlo. El punto es que lleva setenta y cuatro años siendo madre, pues. Setenta y cuatro.

Cómo habrá cambiado todo para las madres en estos años, cómo habrá cambiado para ella misma el significado de la palabra “mamá”, de la acción de maternar. Cómo, a sus noventa y cinco –después de que uno de sus hijos falleciera, después de convertirse en abuela y en bisabuela, sigue maternando. A propios y a ajenos.

Cuando ella se convirtió en madre, las mujeres en México tenían pocas expectativas más allá del matrimonio y la maternidad. Y ésta última era, casi, una obligación. El día de las madres ha empezado –muy lentamente– a transitar de ser un día de homenaje y alabanza a la maternidad abnegada, a ser una celebración y reconocimiento al rol que tenemos las madres en la sociedad; a la diversidad en la que co-existimos con otras madres: adoptivas, lesbianas, trans; a la colectividad en la que queremos criar; a la división de labores de crianza.

Incluso yo, que no he vivido noventa y cinco años, he visto cómo el día de las madres ha cobrado nuevos significados. Transita hacia un día en el que nos volteemos a ver a nosotras mismas y nos reconozcamos como madres imperfectas. Un día en el que volteemos a ver a las madres que nos rodean y les agradezcamos estar al lado nuestro cuando la maternidad nos sobrepasa, cuando tenemos dudas.

Un día en que reconozcamos también a otras madres, aunque no las conozcamos, aunque su realidad sea diferente, y luchemos sus luchas como si fueran nuestras. Un día en el que cuestionemos si el sistema en el que vivimos nos contempla en su diseño y nos reconoce  –spoiler: no–. Un día en el que aprendamos de otras formas de maternar: colectivas, rurales, feministas.

Tristemente, estos cambios no son generalizados. Hay lugares, y hay familias, muchas y más cerca de lo que a veces quisiera aceptar, en que la maternidad sigue siendo una imposición. Es lo que se espera de nosotras, es nuestro “destino natural”.

Nuestras abuelas fueron testigos de la transición de la maternidad como una obligación a la maternidad como expectativa, a la maternidad como opción. Pienso en ser madre por setenta y cuatro años: qué cambios podremos ver, hacia dónde quisiéramos transitar, qué nos toca hacer para convertirlo en realidad.

@AunaMexico

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