Reimaginar Latinoamérica con la nueva Constitución en Chile
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Diversas y juntas
Por Aúna
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Reimaginar Latinoamérica con la nueva Constitución en Chile: lo que está en juego
Si el #Rechazo a la Constitución en Chile prosperara, se concluiría que protestar y exigir cambios sociales a un sistema político no sirve; que los y las representantes paritarias de movimientos sociales y diversidad fuera de partidos no saben negociar ni ponerse de acuerdo; que los derechos humanos, los derechos sociales, los servicios universales y los pactos fiscales no son posibles de construir en contextos de alta desigualdad.
Por Mónica Tapia A.
9 de junio, 2022
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A Lake Sagaris, Agustina, Mariana y Teresa, por tejer juntas

los hilos dorados que unen nuestra Latinoamérica.

 

El primer borrador de la nueva Constitución en Chile se presentó este 14 de mayo y entró en un proceso de armonización. Falta también redactar los artículos transitorios, que determinarán los plazos de las reformas y creación de nuevas instituciones (y desaparición de otras). Es resultado de un largo camino, y aún falta otra parte escabrosa y compleja para ser aprobada. Aquí trato de explicar en algunas líneas este proceso complejo, y por qué estar cerca es fundamental para los escenarios que se preconfiguran en América Latina.

Esta nueva Constitución es “hija del estallido social en Chile”. Aquello que comenzó en 2019 con unas jóvenes de secundaria saltándose el pago del metro (en protesta por la subida de su costo), se convirtió en manifestaciones multitudinarias en las plazas de Santiago y otras ciudades chilenas, donde se gritaba, se discutía y se cantaba contra el gobierno. Distintos conflictos ambientales en “zonas de sacrificio” liderados por movimientos indígenas mapuches, defendiendo el territorio contra empresas extractivistas (madera, minas, entre mucho más), se unieron a este estallido. Por supuesto, los movimientos feministas fueron también parte de estas protestas. Las Tesis, las creadoras del “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía” que dio la vuelta al mundo, hicieron su performance bajo este contexto de exigencia de cambios.

Chile, un país donde el cumplimiento de la ley y el orden policiaco destacan, pasó muchos meses en un caos que paralizó las escuelas, los trabajos, el metro y los transportes públicos, al tiempo que algunos comercios eran saqueados, quemados y otros más cerraban. El gobierno declaró el estado de emergencia y toque de queda; en pocas semanas, las protestas se transformaron en choques violentos con policías carabineros, quienes arrestaban a jóvenes, mujeres e indígenas por protestar, metiéndolos en tanquetas, disparando balas de goma dejándolos ciegos e incluso, con algunos muertos. El Congreso respondió entonces, pasando reformas que por muchos años habían estado paralizadas, pero ya no era suficiente.

Para contener el estallido claramente había que resolver problemas profundos y contenidos, como el sistema de pensiones —que hasta ese momento se basaba en un sistema individualista y privado, visto por décadas como un abuso que sólo beneficiaba a los dueños de los fondos administradores y que el sistema político chileno no había procesado en décadas—; el sistema de educación, con una educación pública gratuita de mala calidad y la universidad pública y privada no gratuita, que dejaba a la población joven con enormes deudas; los derechos sexuales y reproductivos, en un país que apenas legalizó el divorcio en 2004 y donde el aborto está prohibido, y la demanda por el aumento de derechos de salud, vivienda y ambientales.

Los partidos en crisis, cuestionados y que representaban a pocos, no habían logrado construir puentes con los movimientos ni representar sus intereses. Tras muchos meses, se logró un acuerdo entre grupos políticos en el Congreso, con una salida institucional de tres componentes:

1. Llamar a un plebiscito para decidir: a) si se iniciaba un proceso para crear una nueva Constitución; b) si debía de ser una Convención Constituyente vs. una convención mixta (formada por el Congreso y otras autoridades). La fecha original de este plebiscito fue retrasada por la pandemia, pero finalmente en noviembre de 2020, 79% votó a favor de una nueva Constitución y por una convención constituyente electa para ese fin.

2. En mayo de 2021, se eligieron 155 convencionales constituyentes. Entre ellos, un arreglo electoral inédito permitió que se eligiera a miembros de un sinnúmero de grupos que habían participado en las protestas. Así, figuras de los movimientos estudiantiles —quienes habían comenzado desde 2011 y estaban más institucionalizados en listas de nuevos partidos de izquierda— y feministas, ambientalistas e indígenas —organizados en listas de candidaturas independientes o fuera de los partidos—, fueron elegidos como caras nuevas y liderazgos representativos.

Todo esto resultó en una Convención Constituyente, paritaria (la primera en el mundo), incluyente, escaños reservados (cuotas para pueblos originarios) y su primera Presidenta fue una líder mapuche, Elisa Loncón. Los partidos políticos y, sobre todo, la clase política tradicional —representando a la derecha que apoyó a la dictadura de Pinochet, la “nueva derecha” y también los partidos de la concertación democrática— conformó menos de un tercio de esta Convención.

3. Se estableció que la Convención sesionaría por un año y debería redactar una propuesta con un plazo límite a inicios de julio de 2022. Después, se sometería a un nuevo referéndum para que la ciudadanía decidiera el 4 de septiembre si #Apruebo o #Rechazo.

Las Raras produjeron varios podcasts que logran una inmersión y descripción muy vívida de estos procesos, y sugiero escucharlos: sobre el estallido, la salida del conflicto hacia la Constitución , los conflictos ambientales territoriales mapuches, el plebiscito 2020 de la Constitución y la elección de la Asamblea Convencional.

En abril pasado, Aúna, junto con otras 40 organizaciones latinoamericanas, participamos en #ReImaginaLA para conectar con este proceso constituyente de Chile, invitadas por la Fundación Ciudadanía Inteligente. Pasamos varios días escuchando sobre el contexto, de dónde venía y cómo funcionaba la Convención, qué temas discutía y qué expectativas enfrentaban.

Al mismo tiempo, discutimos tendencias y demandas en América Latina: los desafíos del autoritarismo, la militarización, la violencia y la falta de representación. A partir de estos debates, reimaginamos también el futuro que queríamos para nuestros países y cómo se conectaban entre sí:

  • Las agendas de la redistribución socioeconómica y ambiental.
  • Las agendas del reconocimiento de la diversidad étnica y sexual.
  • Los derechos humanos y su defensa.
  • La representación y la innovación democráticas.

Concluimos que junto con el estallido, el caos, la parálisis y los conflictos, la Convención Constituyente y el nuevo gobierno en Chile, con sus nuevos retos, personajes y enfoques resultaba una bocanada de aire fresco entre populismos, desigualdades y regresiones democráticas que vivimos.

Dialogamos con varios convencionales y comprobamos lo jóvenes que son y su enorme desafío de madurar en pocos meses en su nuevo rol: desde organizar y representar la protesta hasta escribir y acordar propuestas para garantizar derechos y reconfigurar un sistema político. Es como si en México los jóvenes del movimiento #YoSoy132 se hubieran convertido en constituyentes y gobierno, a través de candidaturas independientes, en unos meses, mientras los partidos tradicionales perdían las elecciones.

Entre estos consensos del borrador de Constitución, que serán el legado fundamental para el país y referente para todo el continente, están los siguientes:

  • Garantizar la paridad en órganos colegiados como el Congreso, tribunales de justicia y órganos superiores de la administración y directorios de empresas públicas y semipúblicas. #ParidadenTodo, diríamos en México.
  • Reconocimiento del Estado plurinacional e intercultural, con reconocimiento de derecho a la autonomía, identidad y patrimonio, así como reconocimiento de instituciones, jurisdicciones y autoridades, tierras y protección de territorio marítimo, garantizando el diálogo intercultural en el ejercicio de funciones públicas.
  • El derecho a la salud, la educación pública gratuita, el trabajo digno, la alimentación, la memoria y los de la naturaleza, entre muchos otros;
  • Sustituir el Senado (donde la representación y el veto de los grupos conservadores había permanecido desde Pinochet) para dar lugar a la Cámara de las regiones, con facultades diferentes a las del Congreso, entre muchas más.

La votación para aprobar o rechazar la nueva Constitución se llevará a cabo en un contexto de desinformación, polarización, clasismo, reclamos y violencia, al tiempo en que al nuevo gobierno que no proviene del establishment y trae esperanza se le exigen resultados rápidos. En #ReImaginaLA, analizamos también qué pasaría si la nueva Constitución chilena no fuera aprobada en el referéndum de septiembre próximo, como sucedió con el plebiscito sobre el Acuerdo de Paz en Colombia en 2016. ¿Qué señales mandaría a la región?, ¿qué pequeños destellos de luz apagaría?, ¿qué mensajes y retrocesos se empaquetarían?

Si el #Rechazo prosperara, se concluiría que protestar y exigir cambios sociales a un sistema político no sirve; que los y las representantes paritarias de movimientos sociales y diversidad fuera de partidos no saben negociar ni ponerse de acuerdo; que los derechos humanos, los derechos sociales, los servicios universales y los pactos fiscales no son posibles de construir en contextos de alta desigualdad; que una nueva institucionalidad para defender la naturaleza y reivindicar derechos indígenas frente al extractivismo es una ilusión. Aunque se tuviera el mandato ciudadano y democrático de refundar un Estado con un nuevo Constituyente, no es posible llevarlo a cabo sin las mayorías de partidos conservadores y fuerzas económicas y militares.

El voto por el #Rechazo podría regresar al estallido social y la represión, al desgano e indiferencia de calma contenida, pero sobre todo estaría implícito que el poder civil, las democracias incluyentes y el pluralismo no resuelven los desafíos de largo plazo en nuestros contextos latinoamericanos. Que permanentemente están destinados a fracasar, ante una oligarquía que no abandona privilegios; una ciudadanía con miedo, que no entiende las complejidades constitucionales ni su falta de traducción en beneficios y soluciones de corto plazo; una población inundada por información manipulada y que ante democracias imperfectas, prefiere la mano dura, el conservadurismo, las promesas vacías y la apatía.

En cambio, si el #Apruebo ganara, se fortalecería la socialdemocracia y el progresismo. Se avanzarían las causas de los derechos humanos y sociales, y los servicios públicos y universales se legitimarían. Quedaría claro que la protesta social sirve para lograr cambios;  que los mecanismos de participación y el diseño institucional permiten canalizar y procesar demandas. La mayor representación de la población históricamente marginada, la promoción del pluralismo y la posibilidad de acuerdos entre diversos serían vistos como procesos que también promueven transformaciones y que apuntan a resolver problemas reales de las personas.

Más recursos de información sobre la Constitución:

Convención Constitucional (página oficial)

La Constitución es Nuestra

La Bot Constituyente

Nuestras Cartas

 

* Agradecimientos a Octavio del Favero y Tania Sánchez Andrade por revisar y comentar este texto. Editó: Georgina Rodríguez.

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