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Diversidades Fluidas
Por Laboratorio Nacional Diversidades
El Laboratorio Nacional Diversidades UNAM-CONACyT tiene como objetivo principal la producción de... El Laboratorio Nacional Diversidades UNAM-CONACyT tiene como objetivo principal la producción de material académico de investigación, docencia, artístico y divulgación, que analice, visibilice y erradique las diversas formas de discriminación y violencias a las diversidades, bajo una mirada interseccional. Es un posicionamiento urgente de la UNAM y entidades aliadas, frente al endurecimiento de los radicalismos que generan xenofobia, misoginia, homofobia y otros tipos de discriminación. Tiene su sede en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y se enriquece con la participación de diversas entidades dentro y fuera de nuestra Universidad. (Leer más)
Acompañarnos, una estrategia de vida
El acompañamiento entre mujeres sobrevivientes de violencia, familiares de víctimas, activistas profesionales de derechos y psicología es una práctica indispensable de cuidado colectivo que salva vidas.
Por Laboratorio Nacional Diversidades
1 de marzo, 2019
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Por: Sofía Angélica Silva Gracia

Hace poco más de 25 años se documentó el primer caso de feminicidio en Ciudad Juárez, Chihuahua, México; hasta ese momento los asesinatos de mujeres eran denominados públicamente como “muertes de mujeres”. A partir de entonces tanto en Chihuahua como en el resto del país se comenzó el trabajo por la construcción de un marco constitucional, legal e institucional que permitiera atender la problemática. Así nacieron instancias como el Instituto Nacional de las Mujeres en el 2001 y se emitieron leyes como la Ley General de Acceso de las Mujeres a una vida libre de violencia (en adelante Ley general de Acceso) en 2007. A pesar de contar con este marco conceptual, jurídico y normativo, la situación a nivel nacional no deja de ser alarmante y la emisión de leyes, mecanismos, instrumentos e instituciones no se ha traducido en acceso a la justicia para las mujeres (Regeneración Radio, 2018).

La Ley general de acceso contempla una serie de disposiciones generales para normar el carácter de las diferentes instituciones implicadas en la transformación de las condiciones de vida de las mujeres, define los diferentes tipos de violencia que se considera atentan en nuestra contra, así como algunas categorías jurídicas y mecanismos para permitir el acceso a la justicia. Entre las categorías más importantes se encuentra la violencia feminicida descrita como “La forma extrema de violencia de género contra las mujeres, producto de la violación de sus derechos humanos, en los ámbitos público y privado, conformada por el conjunto de conductas misóginas que pueden conllevar impunidad social y del Estado y puede culminar en homicidio y otras formas de muerte violenta de mujeres” (Art. 21 capítulo V de la Ley General de Acceso). Tomar en cuenta estos elementos permite pensar en la violencia feminicida como un fenómeno que va más allá de la procuración de justicia en el ámbito judicial y entender el feminicidio como parte de un continuo de violencias que culmina en el asesinato violento de las mujeres, siendo así una práctica sistemática cuyas razones se encuentran ligadas a la estructura cultural y social de los diferentes contextos en que se presenta.

Por tanto, el feminicidio tal como se ha hecho visible en los últimos años nos muestra solamente una parte de esta estructura de violencia, expresada en distintas cifras compartidas por organizaciones e instituciones que nos pueden dar apenas una pista de la gravedad del fenómeno y de la forma en que se ha agravado en los últimos años. De acuerdo a ONU Mujeres (2016), entre 1985 y 2016 en México se registraron mas de 52,000 asesinatos de mujeres; desde 2012 en promedio eran asesinadas 7 mujeres diariamente en el país. De acuerdo con las cifras del 2016, 4 de esos 7 asesinatos ocurrían en el Estado de México y de todos ellos tan solo el 20% fueron investigados como feminicidio (Durán, 2016). En los más recientes informes del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (2018), se observa que entre 2015 y 2017 existe un aumento del 52% en los casos de asesinatos contra mujeres, pues de acuerdo al Sistema Nacional de Seguridad Pública, en 2017 fueron cometidos 3 256 de estos asesinatos y solo el 30% fueron investigados como feminicidio. Ya para finales del 2018, en la última declaración emitida por la ONU, se informó que el promedio de feminicidios se estima entre 9 y 10 mujeres asesinadas diariamente.

En medio de este contexto han sido los grupos de familias y activistas, conformados en su mayoría por mujeres, quienes al emprender acciones como la movilización, la denuncia pública, la documentación e investigación de casos y la gestión de procesos de justicia ante organismos nacionales e internacionales, quienes han logrado visibilizar la situación de las mujeres en diferentes lugares del país, construir parte del conocimiento que socialmente tenemos sobre el fenómeno y empujar los avances en la legislación y la normatividad nacional e internacional. Es decir, han construido un espacio político de visibilidad en donde antes no lo había, para permitir la problematización de las relaciones de poder y opresión derivadas de la desigualdad de género y las distintas violencias en que éstas se manifiestan.

Es precisamente en ese espacio político de visibilidad donde se funda una práctica que resulta indispensable para entender las relaciones entre mujeres en los contextos de violencia feminicida. Me refiero al acompañamiento entre mujeres sobrevivientes de violencia, familiares de víctimas, activistas e incluso en algunos casos, profesionales del periodismo, derechos y psicología que conjugan sus experiencias para intentar entender, elaborar, sanar y hacer frente a los numerosos impactos que el feminicidio genera dentro de las comunidades. Para mí la única forma de entender y acceder a esa experiencia ha sido disponer el cuerpo, la escucha, el saber, la sensibilidad, los afectos y el cuidado colectivo, pues la intensidad del intercambio que constituyen estas “redes que salvan vidas” confronta con el miedo, el dolor, la incertidumbre sobre la vida (la propia y la de las otras con quienes caminas), la frustración o el enojo y la propia historia de violencia, los cuales se presentan como parte de la intención, el deseo y la decisión de emprender estos caminos.

Para comprenderla desde mi ser mujer antes de la identidad profesional y la formación como psicóloga social, he tenido que entender que el contacto con la violencia feminicida es cotidiano y que la idea de construir redes entre mujeres significa profundizar el sentido de acompañar y de llamarnos compañeras. Pues implica sin duda el encuentro con nosotras, poner el cuerpo, estar y ser con las otras, intercambiar saberes y experiencias reconociendo ante todo las limitaciones propias y las de las demás. Representa una apuesta por sabernos libres de decidir junto a quiénes caminar y junto a quiénes no, al tiempo que reflexionamos y reparamos en los porqués de esa decisión. Involucra el deseo de construir la colectividad, pero con la conciencia de no dejarnos diluir en los grupos de los que de una u otra forma somos parte de modo que podamos reconocer y apostar también por nuestra singularidad en el esfuerzo por construir camino juntas.

Así el acompañamiento en realidad va tomando muchas formas en el camino, una de las cuales está asociada a la defensa de derechos humanos y a una especie de mancuerna política entre la orientación o acompañamiento jurídico y psicológico. En esta labor se enfatiza la importancia de acompañar de distintas formas a las mujeres, pensando en la concepción de las redes de apoyo como una alternativa para identificar y acompañar las situaciones de violencia. Para la organización entre mujeres la construcción de estas redes significa compartir mecanismos y estrategias de prevención y seguridad, cuya base más importante es el análisis de las relaciones de género para desnaturalizar la violencia y la desigualdad (CDH Fray Francisco de Vittoria, 2018).

La manera en que el discurso de Derechos humanos permea al movimiento social desde los años ochenta ha propiciado que la idea de acompañamiento se asocie con las estrategias jurídicas y políticas, por lo que muchas veces se convierte en una demanda de los espacios de organización hacia los profesionales de distintas disciplinas y a las instituciones dedicadas a la defensa. Sin embargo, en el proceso interno de organización se vuelve necesario pensar cómo se responde a esas demandas, a qué necesidades atienden nuestras respuestas y hacia quiénes se dirigen:

Es que es como tratar de coincidir en eso no? si de alguna manera las instituciones del gobierno no te dan las maneras, las formas de defenderte, tú tienes que crearlas y una forma de creación es que necesitamos un grupo donde haya abogados, gente de derechos humanos, psicólogos que estén involucrados, inmersos en esta problemática y puedan apoyar a la gente, no? A nosotras nos pasó cuando decidimos bordar y de pronto llegó Lidia y Laura, y quedamos en shock nosotros… entonces sí necesitamos esta parte que tengan si no la profesión como tal, que tengan la experiencia para poder abordarlo más, porque tú vas acompañando como más… pero yo sí creo que deberíamos de planear ya a futuro que pudieran existir estos grupos en distintos lugares, que sí sabemos de algunos casos digamos, pues están las compañeras que te pueden acompañar y guiar en eso, no..?”.

(Mago, participante de la Asamblea organizativa 25N Nezahualcóyotl Chimalhuacán y miembro del colectivo Vivas en la memoria).

Más allá del apoyo externo que puedan encontrar las organizaciones, para entender el significado de acompañar debemos analizar la experiencia interna y las estrategias de acompañamiento que se gestan a partir del intercambio entre mujeres. En las palabras de Mago destaca el valor que tiene la empatía, la capacidad de entender en su complejidad el fenómeno que enfrentamos las mujeres al vivir en contextos de violencia feminicida, por encima del perfil profesional, en el entendido de que ésta es una realidad que de alguna forma nos atraviesa a todas.

Ejercer nuestras acciones desde la noción de acompañamiento nos permite percibirnos como parte del fenómeno, nos invita a repensar la responsabilidad que tenemos al respecto y la manera en que nos afecta directamente. Es una tarea que se hace siempre desde dentro del fenómeno de modo que au,n siendo profesionales de la psicología, el derecho, investigadoras de las ciencia sociales e incluso terapeutas, nuestro ejercicio de acompañamiento estará mediado por la relación que tenemos con el fenómeno. Por tanto, también la relación con las personas a las que acompañamos es mucho más horizontal y se construye a partir de la responsabilidad colectiva y la empatía.

La invitación por lo tanto es a repensarnos constantemente en el ejercicio de acompañar desde cualquiera de los lugares que elijamos para hacerlo, como activistas, como defensoras, como familiares, como miembros activos de nuestras comunidades, como investigadoras y como terapeutas. La consigna que presenta esta reflexión “las redes entre mujeres salvan vidas” nos lleva a pensar además en la posibilidad de construir nuevas formas de cuidado colectivo, autocuidado y seguridad que rebasa por mucho la noción de seguridad pública con que se aborda la problemática del feminicidio desde las instituciones.

Pensarnos como parte de estas redes nos da la oportunidad de reconocer que el trabajar expuestas a la información y ser tocadas cotidianamente por las distintas violencias es un reto por que nos recuerda nuestra propia vulnerabilidad, sumado a la constante de impunidad y a las resonancias con nuestras propias historias de vida, de modo que se vuelve indispensable crear espacios de reflexión y de silencio que permitan dar cuenta de los impactos emocionales, físicos y psíquicos de aquello que normalmente pensamos solo en términos políticos. Es un deslizamiento que implica movernos del mandato de ejercer siempre el cuidado del otro a observar y entender las propias necesidades para ejercer el acompañamiento no solo desde el autocuidado sino también desde las estrategias de cuidado colectivo basadas en el reconocimiento y el respeto de nuestra diversidad y nuestra dignidad, lo cual significa una transformación profunda de las estructuras que sostienen y reproducen la violencia feminicida.

 

* Sofía Angélica Silva Gracia es psicóloga egresada de la Facultad de Psicología de la UNAM, promotora de Derechos Humanos por el Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vittoria. Feminista, dedicada a la investigación y el trabajo comunitario en temas como educación popular, participación y criminalización de las juventudes, participación política y comunitaria de las mujeres, violencia feminicida y acompañamiento psicosocial.

 

Este articulo presenta parte de la experiencia en la investigación: “Las formas de organización entre mujeres en contextos de violencia feminicida. Un análisis cartográfico de la experiencia en Chimalhuacán y Nezahualcóyotl, Estado de México”, aún pendiente de publicar como tesis de grado en la Maestría en Psicología social de grupos e instituciones de la Universidad Autónoma Metropolitana.

 

Referencias:

Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vittoria (2018). Mujeres tejiendo redes de apoyo y autocuidado. México: CDH Fray Francisco de Vittoria.

Durán, V. (2016). Las muertas que no se ven: El limbo de los feminicidios, disponible aquí.

Hernández, A. y Tello, N. (2017) “El autocuidado como estrategia política”, Sur-Revista                          Internacional de Derechos Humanos, Núm.26 (14), 2104 pp.179-188

Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio A.C. (2018). Informe: Implementación del tipo penal de feminicidio en México 2014-2017 disponible aquí.

ONU Mujeres México (2016). La violencia feminicida en México, aproximaciones y tendencias 1985-2016. Disponible aquí.

Regeneración Radio (23 de enero del 2018) A 25 años del primer feminicidio en Juárez nada ha cambiado en el país. México: Regeneración radio disponible aquí.

 

 

Ley publicada el 1 de febrero del 2007, su actualización mas reciente está disponible aquí.

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