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Diversidades Fluidas
Por Laboratorio Nacional Diversidades
El Laboratorio Nacional Diversidades UNAM-CONACyT tiene como objetivo principal la producción de... El Laboratorio Nacional Diversidades UNAM-CONACyT tiene como objetivo principal la producción de material académico de investigación, docencia, artístico y divulgación, que analice, visibilice y erradique las diversas formas de discriminación y violencias a las diversidades, bajo una mirada interseccional. Es un posicionamiento urgente de la UNAM y entidades aliadas, frente al endurecimiento de los radicalismos que generan xenofobia, misoginia, homofobia y otros tipos de discriminación. Tiene su sede en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y se enriquece con la participación de diversas entidades dentro y fuera de nuestra Universidad. (Leer más)
¿Adiós a las diversidades?
Decimos adiós en modo interrogativo no sólo porque nuestro proyecto se termina, también porque avizoramos en los horizontes políticos más inmediatos una falta de claridad en torno al lugar que habrán de ocupar las diversidades.
Por Laboratorio Nacional Diversidades
15 de marzo, 2019
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Por: Siobhan Guerrero Mc Manus (@SiobhanFGM)

Me toca hoy, y a través de este texto, cerrar un ciclo ligado a la breve historia de un proyecto que se llamó Laboratorio Nacional Diversidades y que encontró en este espacio una oportunidad para llevar la reflexión humanística a amplias audiencias. Se despide nuestro “Laboratorio ratón” y se despide también este espacio con esta última reflexión acerca del lugar de las diversidades en este nuevo entorno político. Hablamos de un adiós –en modo interrogativo– no sólo porque nuestro proyecto se termina, sino porque avizoramos en los horizontes políticos más inmediatos una falta de claridad en torno al lugar que habrán de ocupar las diversidades. De allí nuestra pregunta y nuestro temor: ¿estamos ante un adiós a las diversidades?

Nacimos, hay que recordarlo, como un proyecto que encontró en el término “diversidades” una evocación de la multiplicidad, de la multitud; un término que además, nos parecía, enfatizaba la conciliación y no la confrontación entre las muchas posiciones varias que hoy existen. Pluralizamos el término y hablamos así de diversidades para dejar en claro que los ejes de nuestra diferencia son muchos, ya que hay diferencias corporales, funcionales, de género, de orientación sexual, de edad, de etnicidad, de lengua, de residencia, de religión, de clase, familiares y de pensamiento, por mencionar algunas.

Éste fue un proyecto, quizás el primero en su tipo, que buscó crear un espacio dedicado a los estudios interseccionales a través del modelo de lo que ha venido a conocerse como “la Gran Ciencia”Big Science–. Por estudios interseccionales nos referimos a un modo particular de articular la reflexión social y humanística atendiendo a los ya mencionados ejes que hacen que nuestras experiencias del mundo sean tan diversas. Dichas ideas nacieron de un pensamiento feminista que no ha dejado de enfatizar que la justicia requiere de una cierta dialéctica entre la diferencia y la igualdad. Requiere de apostar por el reconocimiento de aquellas diferencias que nos constituyen, que nos emplazan en el mundo de formas varias y que son a una misma vez causa y efecto de la riqueza de la diversidad humana; a esas diferencias hay que celebrarlas y saber acomodarlas dentro de un mundo que al final nos es común a todos.

Por otro lado, es necesario aspirar a una igualdad en términos de dignidades, derechos, responsabilidades y facultades; no ya, como se ha dicho, al borrar las diferencias, sino al construir sobre éstas para gestar un diálogo que le hubiera resultado imposible al siglo XVIII y que a nosotros aún nos cuesta: un diálogo entre pares que son, sin embargo, diversos, un diálogo que no presupone la homogeneidad de quienes hablan sino al contrario, la pluralidad de sus vivencias. Éste es sin duda un reto mayúsculo y quizás la supervivencia misma de la especie se juega en nuestra capacidad de afrontarlo, de saber reconciliar la diferencia y la igualdad dentro de un proyecto de justicia.

Ésta no es tarea menor. Requiere de diálogos inter y transdisciplinarios, tanto con las diversas ramas de las ciencias sociales y humanas como con el resto de los saberes –incluyendo, desde luego, los saberes tradicionales y cotidianos–. De allí que fuéramos un proyecto interseccional y a la vez interdisciplinario, pero sobre todo colaborativo. Por ello es que nos acercamos también a ese modelo de la Gran Ciencia intentando rescatar sus rasgos más admirables que no incluyen ni su dimensión mercantil o neoliberal, pero sí su faceta de colaboración entre diversos ámbitos sociales como las academias, los activismos, la sociedad civil, el Estado y las empresas. A ello le apostamos y por ello buscamos incidir socialmente en todas estas esferas haciendo ver la capacidad transformadora de las humanidades críticas.

El término “diversidades” –así, en plural– es de esta manera dos veces heredero de tradiciones de pensamiento que se oponen al presupuesto homogeneizador que querría construir la justicia de forma monolítica; hablo de una tradición interseccional y de una tradición interdisciplinaria. Este término busca enfatizar que la justicia requiere igualdad en libertad, pero también una equidad que no demande el subsumirnos a todos y todas dentro un único esquema de valores o forma de vida. Éste es, en cualquier caso, un proyecto radicalmente multicultural o, quizás, como en su momento sostuvo Donna Haraway, un proyecto que celebra las múltiples naturalezas humanas y no humanas que hoy conviven.

Como proyecto fuimos herederos de aquella crítica a conceptos como “pueblo” que, en palabras de Slavoj Zizek, esconde en su aparente llamado a la unidad un acto de borramiento de la diferencia. Como también sostuvo aquel filósofo, las más de las veces el término “pueblo” no nombra un sujeto político heterogéneo, sino que constituye o performa un referente imaginario que algún grupo político, sea un líder, un partido o un gremio, postula como su fuerza legitimadora. El pueblo somos todos, sí, hasta que en esos todos no caben las mujeres o las personas gays o las personas trans o las personas gordas o los indígenas o las personas con discapacidad. El pueblo somos todos… o casi.

Por eso es que creemos, como ha dicho Ana María Martínez de la Escalera, que es necesario acuñar nuevos términos como parte de un proyecto crítico. Intentamos, de esta forma, hablar de diversidades para señalar el carácter inherentemente plural e irreductiblemente variado de nuestro mundo. Por largo tiempo las diversidades hemos sido extranjeras en nuestros propios espacios o territorios o, en cualquier caso, en los espacios que habitamos incluso si no son formalmente nuestros.

Hay una cierta sorpresa que reacciona a nuestra propuesta crítica diciendo que exigimos una política de minorías que nos desunifica. Que somos extranjeras de nuestra realidad y que queremos priorizar lo que no es importante. Ante eso contestamos que así es, que siempre hemos sido extranjeras en nuestras realidades. Inmigrantes en nuestra nación. Hemos sido leídas como anatema de una identidad nacional, de un proyecto de país. Somos, como dice Rodrigo Parrini, cuerpos incircunscritos a los cuales la Ley suele dejar fuera y la planeación suele no tomar en cuenta.

De allí que en este proyecto radicalmente interseccional nos atreviéramos a hablar por medio de un nuevo significante que explota en heterogeneidades; “las diversidades todas”, como dijera en algún momento Lucía Raphael. Buscamos gestar una aspiración de unidad en diferencia, sin visiones monolíticas de quién es prioritario y quién no, de quién es legítimamente pueblo y quién no lo es.

Apostamos en estos años a atender las diversidades sexo-genéricas y funcionales, es decir, mujeres, personas LGBTIQ+, muxes, personas con discapacidades varias. Y empezábamos este año el proyecto de reflexionar en torno al ambiente, a los derechos ecológicos, pero también al derecho a la ciudad. A pensar, sin duda, la forma en la cual las identidades y corporalidades están siempre emplazadas en entornos que nos obligan a elaborar un pensamiento ambiental que sea sensible a cómo nos cruza la etnicidad, la clase, el género o el tipo de corporalidad.

Y nos ha tocado decirle adiós a este proyecto y, quizás, decirle adiós a las diversidades mismas, como significante y esperanza, en un momento conspicuo donde México quiere atreverse a ser más digno, más justo, más equitativo y, a secas, mejor. Un país mejor para todos. Un país sin hambre, con educación, con oportunidades laborales dignas, sin muertes al por mayor y sin miedos en cada esquina. Un país donde los derechos no sean el privilegio de unos pocos.

Compartimos esa visión. También nosotras queremos que México sea mejor y quizás ya no nos toque, como Laboratorio Nacional Diversidades, el ser parte de este esfuerzo. Pero, a modo de despedida, sí queremos enfatizar e insistir que estas promesas de mejora no se pueden dar si nuestros referentes hablan de un pueblo homogéneo en el cual las diversidades son un accidente, una agenda tardía o un tema poco importante. Así no llegaremos a la justicia.

No lo haremos si abdicamos de la lucha contra el cambio climático y la slow violence o violencia lenta que éste acarrea y que año tras año crea desplazados ambientales mientras avanza la deforestación, la desertificación y la pérdida de biodiversidad. No lo haremos si no apostamos por energías limpias y ecológicamente sustentables dejando de lado al fracking y la apuesta por las industrias del carbono. No lo haremos si el derecho a la ciudad se hace para cuerpos hegemónicos y sin contemplar que vivir con dignidad requiere reconocer las diferencias materiales de cada cuerpo. Sin duda que no lo haremos sin las mujeres y sin las poblaciones lésbicas, gays, bisexuales, trans e intersex.

Tampoco ocurrirá si en la búsqueda de desmontar el viejo sistema de privilegios terminamos por confundir aquello que debe ser un derecho con aquello que ha sido un privilegio. Corrijamos pues esto que más que un olvido histórico ha sido una injusticia histórica. Los derechos no deben ser privilegios pero, al hacerlos valer, tengamos cuidado de no borrarlos porque hasta entonces fungieron como la prerrogativa de unos pocos afortunados. Lo que urge es expandir su esfera, no una horizontalización que nos iguale en su borramiento. Es necesario ampliarlos, insisto, a través de esta dialéctica entre igualdad y diferencia.

Y es que no sólo basta combatir al hambre en su incontestable urgencia ya que, si nos olvidamos de las diferencias que nos atraviesan, lo que obtendremos será, de nuevo, una imagen de pueblo que no nos incluye a todos. Será un rotundo error construir un futuro en el que sólo caben ciertos cuerpos porque otros más han sido dejados al olvido para que enfermedades como el sida los arrasen. Será un error erigir un futuro carcelario con mujeres cuyos derechos se han negado; viviremos en la pesadilla que imaginó Margaret Atwood en su famoso libro The Handmaid’s Tale. Y ese futuro no lo queremos.

No queremos ni soñamos ni defendemos un punitivismo que sature las cárceles de acusados cuyos derechos humanos se han violado. El nuestro no es un feminismo punitivista. No queremos mujeres en las cárceles por haber abortado ni tampoco la reconstitución de los roles de género tradicionales por la falta de guarderías y otras políticas de género que hoy se califican de prescindibles. Queremos universidades autónomas y centros de investigación críticos y libres de mafias, pero también ricos en humanidades y artes porque somos una criatura cuyo bienestar rebasa la materialidad y requiere un genuino desarrollo humano.

Nuestro compromiso firme fue y es con los derechos humanos desde una perspectiva interseccional y multicultural. Creemos que tan importantes son los derechos civiles y políticos como los sociales, culturales y económicos porque todos ellos forjan y fundamentan capacidades para el desarrollo humano (concepto muy lejano al del desarrollo económico). Eso requiere bienestar material pero también derechos a la identidad; requiere la libertad de expresión que es motor sine qua non de una verdadera transformación política. No soñamos con una jaula de oro de una humanidad homogénea sino con una sociedad deliberativa con mínimos garantizados para cada persona, reconociendo que ese mínimo es y debe ser adaptable porque no todos ni todas tenemos las mismas necesidades y obstáculos.

Creemos firmemente que el camino a aquel futuro se construye pluralizando voces, generando mecanismos y organismos –o defendiendo y democratizando los que ya existen– que den cabida y salvaguarda a las voces de las minorías, que vigilen y regulen al Estado, que permitan a la sociedad civil en su múltiple riqueza el ser un pleno sujeto político que se manifiesta. Que el pueblo sea pues esa multitud heterogénea y hablante y no un mero espejismo de la voluntad política de un partido.  

Aspiramos a proyectos científicos comprometidos con las necesidades de todas las diversidades y no únicamente de un pueblo ficcionalizado. Las humanidades son fundamentales, así como las artes, para articular esa forma de habitar la diversidad. Nuestra labor no es prescindible y nuestros aportes no son menos importantes.

Por eso es que hoy nos despedimos con pesar. Porque creemos que nuestro proyecto era tan prioritario hoy como lo fue hace unos años. Agradecemos el reconocimiento que la directora del CONACyT le hizo a nuestro proyecto, el apoyo transmitido a lo que hemos buscado conseguir. Y agradecemos y reconocemos a las autoridades de la UNAM y de otras instancias que creyeron en nosotras. Pero lamentamos que las racionalidades políticas y económicas se convirtiesen en un racionamiento de recursos que nos condenó a extinguirnos dada nuestra pequeña talla, dado que éramos un laboratorio ratón. No teníamos ni la escala ni la antigüedad suficiente como para sobrevivir por meses sin apoyos claros, y sin duda que no podíamos pedirle a nuestro muy admirable equipo que laborara sin un futuro claro.

No podíamos, dados nuestros principios, el pedirle a más de veinte personas admirables que trabajaran sin pago y sin un futuro claro. Nos queda agradecer y reconocer a aquellas personas que laboraron en nuestras clínicas jurídica y psicológica, en nuestra área de comunicación, en la de vinculación, en las áreas académicas de investigación y en general en este proyecto. Su compromiso fue admirable y tenaz y por ello les reconoceremos siempre su compromiso con esas diversidades.

Así que lo que nos resta hoy es despedirnos y agradecer los apoyos recibidos, a nuestro Consejo Académico y a las muchas instituciones y entidades que se sumaron a nuestro proyecto. Pero también volver a enfatizar que el significante “pueblo” puede unirnos, pero sólo si se recuerda que somos un pueblo de diversidades. Tenemos y debemos pensar de formas interseccionales, reconociendo todo el espectro de derechos humanos. Esto implica luchar sin menoscabo de nadie.

Por ello es que nos despedimos con preocupación viendo cómo de facto México se ha retirado de los acuerdos de París y del combate al cambio climático, cómo retorna una apuesta energética anatema al antropoceno y sus violencias. Nos preocupa una apuesta desarrollista que ya falseó la historia del siglo XX y en la que se pide el sacrificio de unos cuantos en nombre de la mejora colectiva. Nos escandaliza, asimismo, que vuelvan a ser las poblaciones indígenas y rurales a las que se les requerirá este sacrificio mientras se cooptan sus formaciones culturales en favor de un simulacro de legitimación.

Vemos con pesar la posibilidad de que el Consejo Nacional para el Desarrollo e Inclusión de Personas con Discapacidad (CONADIS) desaparezca. Nos preocupa la falta de apoyo a Organizaciones de la Sociedad Civil que han luchado contra el VIH y otros temas de urgencia nacional. Así también vemos una falta de interés en temas relacionados con los derechos de las mujeres; queremos mayor contundencia en este ámbito porque somos el 50 % de este país, el 50 % de este pueblo y no podemos ser relegadas al asiento trasero. Como tampoco pueden ser relegadas las poblaciones LGBTI. Los crímenes de odio, los feminicidios y los transfeminicidios tienen que ser mirados y atendidos y eso empieza por nombrarlos, por reconocer que son una forma de violencia específica.

Nos preocupa el avance de propuestas punitivistas en los códigos penales a pesar de que numerosas feministas y otras ONGs han llamado la atención acerca del costo que esto traerá en términos de derechos humanos. Nos asusta la falta de relevancia que se le otorgan a las artes y la inclusión retórica de las humanidades sin que su presencia se corrobore en las 100 nuevas universidades o en otros espacios dedicados a los saberes.

Nuestro afán, hay que volver a decirlo, no es sabotear ni la esperanza ni la transformación ni fungir de guardianes de la corrupción y del cinismo. Celebramos un intento colectivo por construir un mejor país. Pero, insistimos, detrás del pueblo se esconden las diversidades. La tarea de construir un mundo más justo requiere de ensamblar futuros que nos incluyan a todos. Ese futuro no puede ser de los hombres, de los heterosexuales, de las personas endo y cisgénero, de las personas con cuerpos hegemónicos, de los así nombrados como mestizos, de unos pocos creyentes, de unos tantos otros entusiasmados o de las generaciones actuales en detrimento del futuro.

En el Laboratorio Nacional Diversidades quisimos ser ese sueño. Hoy nos toca dejar de soñar, pero queremos, como último acto, transmitirles a todos, todas y todes, el por qué soñamos lo que soñamos. Lo hicimos porque nosotras también compartimos la esperanza y el anhelo de un mejor país. Y eso es todo. Eso nos une en nuestras diversidades. Habrá que encontrar otros espacios para construir aquel sueño.

Gracias finalmente a Lucía Raphael por dejar el corazón en este proyecto y a Adriana Segovia por su incansable compromiso para mantenernos a flote. Gracias también a Animal Político por esta fugaz, pero importante alianza que quiso sembrar un mejor mañana.

 

@LNDiversidades

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