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Diversidades Fluidas
Por Laboratorio Nacional Diversidades
El Laboratorio Nacional Diversidades UNAM-CONACyT tiene como objetivo principal la producción de... El Laboratorio Nacional Diversidades UNAM-CONACyT tiene como objetivo principal la producción de material académico de investigación, docencia, artístico y divulgación, que analice, visibilice y erradique las diversas formas de discriminación y violencias a las diversidades, bajo una mirada interseccional. Es un posicionamiento urgente de la UNAM y entidades aliadas, frente al endurecimiento de los radicalismos que generan xenofobia, misoginia, homofobia y otros tipos de discriminación. Tiene su sede en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y se enriquece con la participación de diversas entidades dentro y fuera de nuestra Universidad. (Leer más)
Un esperanzador manantial
Si la clausura de Aztecas 215 llegara a revisarse y fuera rescindida por el gobierno de la ciudad, quedarían las memorias de la lucha por el agua y por las nuevas territorialidades que suman y cruzan intercambios generosos, reinvenciones de usos y de las lenguas con las cuales se conversa con los vecinos y se construye la justicia otra, se aprende generosidad, y se la practica con todas las formas de biodiversidad y de diversidad cultural.
Por Laboratorio Nacional Diversidades
11 de enero, 2019
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 Por: Ana María Martínez de la Escalera

El agua hace posible las vidas; vidas micro y macroscópicas, animales y vegetales, humanas ―estas últimas inseparables de las dos anteriores: ¡tan llenos estamos los cuerpos de otros cuerpos! ― y así, también, sostiene y reinventa las vidas colectivas de selvas, desiertos y bosques. Recientemente hemos estado reconociendo la importancia de litigar estratégicamente para la postulación de estos tres mundos biológicos como sujetos de derechos; sin duda los derechos humanos se van extendiendo hacia la defensa de simbiosis e imbricaciones de biodiversidades que reclaman no morir. ¿Acaso no es el agua precisamente una de estas biodiversidades imbricadas en el tiempo de la vida y de los vivientes de manera decisiva que debería poseer identidad jurídica?

Pero no nos dispersemos, regresemos al agua. Un lago o laguna, un charco después de las lluvias es razón suficiente para el cruce de la diversidad viviente, tanto la biodiversidad como la diversidad cultural (maneras de hacer con las otras y otros). Saciar la sed, aprovechar para acicalarse, lavar ropa, descansar, refrescarse son acciones animales y humanas que el agua propicia. Ella se comporta como oportunidad para el acompañamiento de las diversidades de toda índole. Cuando se hace presente el agua es motivo de regocijo; cuando desaparece, la penuria avanza. Esto es cierto en todo el mundo, y tal vez más allá de él, y es peligrosamente verdadero en la Ciudad de México que, pese a su riqueza acuífera bajo la superficie, ha demostrado ser incapaz de cuidar algo tan preciado. La avaricia de las constructoras en la pasada administración de la ciudad ha sobrepasado cualquier medida precautoria en relación al agua. En varias zonas hemos podido atestiguar cómo se tiran litros y litros de agua mientras se construye un futuro de injusticia urbana y mayor desigualdad. Un caso sin embargo es motivo de esperanza para el porvenir de la ciudad y sus territorialidades diversas: pueblos, barrios, colonias, antiguos asentamientos y nuevas migraciones; me refiero a la clausura de Aztecas 215.

Hagamos historia reciente: en medio de una zona de prodigios naturales, de aguas someras, viejos y nuevos pobladores levantaron con trabajo y energía creativa un territorio habitable; poco a poco demandaron alumbrado y vías de comunicación, no obstante, jamás olvidaron el agua. Cuenta un antiguo poblador que, en tiempos de su abuela, ahí en La Candelaria se perforaba el suelo ―bastaba un metro o dos de profundidad― para que el agua brotara. El manantial siempre estaba cerca, a la mano. Tampoco la UNAM olvidó el agua, sino que dedicó a un grupo de investigadores a la tarea de recuperar el agua pluvial para su zona de resguardo y refugio de la diversidad, en el corazón de Ciudad Universitaria. La Universidad junto con la Asamblea resultaron agraviados. Recordemos los trabajos del Instituto de Biología para sostener, contra todo, La Cantera. El Instituto de Geología de la UNAM envió un estudio donde se constata: ”Se concluye que de ninguna manera es aceptable que el agua del acuífero somero se capte y se tire al drenaje sanitario” (como la constructora llevaba haciendo desde el inicio del proyecto urbano).

La constructora Quiero casa de Aztecas 215 le arrebató a los habitantes y a la Cantera de la Universidad el cuidado de la zona y de su tesoro acuífero. Esta última le debe a los pobladores reunidos en la Asamblea General de pueblos, barrios, colonias y pedregales de Coyoacán el haber luchado para el cierre de obras. La nueva administración de la ciudad decretó el cierre de las mismas en el mes de diciembre. Los pobladores no saben cuánto durará el cierre, de hecho Quiero casa ya rompió el precinto este fin de semana; sin embargo la lucha pacífica y argumentada sigue; por lo pronto, una promesa de porvenir se abre desde el suelo. Y no es la primera vez.

Hace tiempo, cuando pudieron detener la invasión de la constructora Quiero casa en el antiguo predio del Rancho de Montserrat y su preocupante gentrificación (con la consecuente expulsión de otros modos de vida), una maravilla tuvo lugar: ahí donde se tiraba al drenaje cantidades innombrables de agua, nació un manantial. Primero lo hizo tímidamente, después se llenó de confianza, corriendo de Tlalpan al Cerro de la Estrella, al poco tiempo unas pocas garzas blancas, acostumbradas por generaciones a descansar en esa zona, regresaron a sobrevolar la fuente y a descender en sus orillas plagadas de escombros de la construcción. Fuerza de pervivencia y sobrevivencia que no regresa a lo anterior, sino que reinventa, aún rodeada de sinsabores, una vida otra y otro amanecer para los pobladores. Las garzas ―o los patos según me han dicho los niños― es una migrante como lo fueron los primeros pobladores del barrio; primero llegó una familia, poco después otras más se sumaron al esfuerzo de construir comunidad. Una garza blanca es una metáfora y una metonimia; unas cuantas decenas, una ansiada nueva territorialidad exigiendo no sólo justicia sino cuidados y lucha contra la depredación urbana.

La lucha no tiene por qué ser cruenta o violenta para ser eficaz contra la injusticia que puebla la ciudad. Las acciones de la Gente del Manantial han demostrado gran sagacidad: no se han sometido a la compañía constructora y a su destrucción del espacio colectivo, construido durante años desde la migración de zonas campesinas a la urbe, pero tampoco han querido dejarse someter por intereses de partidos políticos conocidos por reapropiarse luchas populares. Hay luchas como las de la Asamblea de pueblos que no requieren armas sino sabiduría para la argumentación y la disolución de conflictos, con los constructores, sus abogados, incluso los obreros, y más tarde o más temprano, los nuevos vecinos que han comprado propiedades en el límite de la legalidad, pero a las cuales sin duda no pretenden renunciar junto con sus privilegios.

Se han sabido acercar nuestros colonos a gente tan emproblemada (subalterna) como ellos, mediante acciones de intercambio o trueque de alimentos y buenas palabras (a veces recurriendo simplemente a un tratamiento respetuoso de la diferencia del otro u otra, en el caso de las capataces mujeres trans), pues saben que los brazos instrumentales de la compañía son gente de trabajo como ellos. Sin mentiras, distinguiéndose de las conductas de la constructora, la cual alegó que el agua que dejaban correr y perderse era tóxica; afortunadamente expertos de la UNAM declararían el agua como buena, tal cual lo demuestra cada día el manantial que sigue fluyendo, así como los pequeños vivientes dándose cita a su alrededor, y esperemos que dentro de muy poco, regrese la compañera garza a asegurarnos que hay porvenir para algunos territorios libres de nuestra ciudad. Seguramente vendrá en cuanto le llegue la voz de la escuelita que la Gente del Manantial ha echado a andar. Los territorios vienen acompañados de saberes y de modalidades de aprendizaje colectivo, de estar y hacer juntas y juntos. En la escuela del manantial se aprende de leyes no en exclusiva para ganar el litigio, sino para redistribuir saberes que nuestra sociedad capitalista considera propiedad de los expertos, en menoscabo de los excluidos. Por el camino, es decir a través de estos procesos otros de aprendizaje entre todos y todas, se practica la solidaridad, más importante para el mundo humano que los modos de argumentar, de publicitar, de demandar y rehacer las vidas rotas por la voracidad de las constructoras.

En reuniones comunitarias el colectivo se pregunta: “¿Dónde está el enemigo? ¿El gobierno de Mancera y su obvio apoyo al cártel inmobiliario, la inmobiliaria de la familia Shabot, los nuevos habitantes, los trabajadores? De manera sagaz se han dado cuenta que al enemigo se lo puede tratar sin violencia; su lucha no violenta y no partidista es por la ciudad y su porvenir, y por un buen vivir para todos y todas.

¿Cómo interpretar lo que está pasando? ¿Qué va a pasar con las formas de organización? Las respuestas a estas preguntas son igualmente colectivas y han quedado abiertas para que muchos grupos se unan para detener este atentado a la vida. ¡Hay mucha experiencia y memoria de lo humano en la Asamblea de pueblos, barrios, colonias y pedregales de Coyoacán junto con sensibilidades para la conversación, incluyendo el conversar y debatir con el argumento contrario! Y otras conversaciones por igual encuentran su lugar y su tiempo propios en la Escuela Popular Piedra y Manantial, los viernes, y en la calle; son testimonios y tomas de la palabra de las más y los más viejos, quienes saben escuchar la voz diversa del manantial. A la par de estas memorias testimoniales la gente ha elaborado una memoria de sus luchas para el porvenir de las demandas populares y su defensa de la ciudad otra, ni gentrificada ni excluyente, que generosamente hacen saber a otros colectivos en similares circunstancias a las propias.

Si la clausura de Aztecas 215 llegara a revisarse y fuera rescindida por el gobierno de la ciudad, quedarían las memorias de la lucha por el agua y por las nuevas territorialidades que suman y cruzan intercambios generosos, reinvenciones de usos y de las lenguas con las cuales se conversa con los vecinos y se construye la justicia otra, se aprende generosidad y se la practica con todas las formas de biodiversidad y de diversidad cultural.

El día de hoy, estamos a la espera de la llegada de una segunda y aguerrida garza ―o pato―aterrizando sobre una ciudad nuestra que vuelva imposible la exclusión de la Gente del Manantial y sus compañeros y compañeras de lucha.

 

* Ana María Martínez de la Escalera es Coordinadora del Seminario Alteridad y exclusiones de la Facultad de Filosofía y Letras.

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