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¿Digna embajadora de los huicholes?
Por Asamblea Nacional Ciudadana
13 de septiembre, 2011
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Por Antonio Hayuaneme García*

 

Peyote: cactus con sustancias alcaloides como la mezcalina. Hikuri: legado de los ancestros para los sucesores, conocimiento para cuidar el mundo que crearon, y medio de comunicación con ellos.

Venado: animal perteneciente a los mamíferos rumiantes. Tamatsi Kauyumarie: nuestro hermano mayor.

Maíz: planta perteneciente a las gramíneas. Tatei Niwetsika: nuestra madre.

Tamatsi Kauyumarie, Hikuri y Tatei Niwetsika son lo mismo y no se puede concebir el mundo sin ellos para el pueblo wixárika.

Los Juegos Panamericanos del 2011 son animados por tres mascotas. Una de ellas es Huichi, “digna embajadora de los huicholes”, según Emilio González y la publicidad del Comité Organizador del evento. Para caricaturizar un elemento sagrado no sólo no se les ocurrió que habría que consultar antes al pueblo wixárika, sino que desestimaron los reclamos y propuestas formales que se les hicieron una vez que Huichi ya era pública. Mientras tanto, otro panorama es invisible: sus sitios sagrados están negociándose con compañías mieras transnacionales y están siendo ofertadas a empresas turísticas; la pobreza  del pueblo va en aumento, y muchos wixáritari se ven orillados a migrar a la ciudad, donde enfrentan también marginación y discriminación.

Rumiante o hermano mayor. Cactus o fuente sagrada de conocimiento. Gramínea a nuestra madre. Unas son concepciones fundadas en la ciencia; otras, en una compleja mitología que explica el origen del mundo desde una cosmovisión indígena. Ideas como éstas suelen verse como primitivas: el que pervivan solo se explica como consecuencia del atraso, de la falta de educación. La continuidad de los “usos y costumbres” se percibe como efecto de la enajenación. Considerar que los pueblos que detentan estas visiones carecen de todo avance ha sido el motivo histórico para verterles las “bondades” que ofrece la modernidad, sin detenerse a considerar formas de vida cavernarias, de incierta viabilidad económica, que no encajan en las pautas globales de desarrollo a las cuales hay que alinearse. Es así como hasta la fecha, se siguen pensando y justificando las políticas públicas en materia de desarrollo de los pueblos indígenas.

El hecho es que hoy en día prevalece el “yeiyari” en la Sierra Wixárika; es decir, los wixáritari cumplen las responsabilidades que se les han venido delegando desde los primeros ancestros para la continuidad de la vida. Esta visión sagrada de la “madre tierra”, que persiste gracias a la relativa autonomía política y social, explica que continúe el respeto por la naturaleza del territorio que habitan, así como por sus sitios sagrados. Pero en el contexto de la economía dominante, las nuevas necesidades no se satisfacen con el modo de vida comunitario tradicional. Esta pobreza orilla a los comuneros a buscar educación, trabajo y salud en las ciudades, y explica el abrupto desinterés de gran parte de los jóvenes por “el caminar de la cultura”.

Se suele atribuir la pobreza al ser mismo de los indígenas, sin considerar el panorama general: el estudio Percepción de la imagen indígena en México, Diagnóstico Cualitativo y

Cuantitativo realizado en 2006 por la CDI, encontró que “la tendencia a homogeneizar culturas y patrones de conducta, más que promover el desarrollo, ha dado origen a la exclusión de los pueblos indígenas (…) Además, el común de la gente considera que la diferencia cultural es motivo de pobreza y atraso. Esto es, a la diferencia se le culpa del atraso y no a los diferentes modelos e intereses económicos y políticos que lo generan.”

¿Cuáles son estos “diferentes modelos”, y cómo se expresa su colisión? Este ha sido un año desastroso para el campo. En la Sierra Wixárika, para muchos no habrá cosecha de maíz debido a la falta de lluvias. Una comunera de la región de Tateikié estima que sólo ¼ de la siembra total tiene posibilidad de dar maíz, en tanto que los mara’akate (sabios curanderos) en sus diálogos con Tamaatsi Kauyumarie, obtienen como respuesta que hacen falta ofrendas de todas las comunidades en los sitios sagrados, donde los ancestros las exigen. Un fenómeno de gravedad similar ocurrió en Sinaloa, donde más de 800 mil hectáreas de granos y hortalizas fueron dañadas por las temperaturas bajo cero en los primeros meses del año. En Guasave, donde se afectaron aproximadamente 160 mil hectáreas, el presidente municipal Ramón Barajas dijo: “Nunca estamos preparados para una situación tan grave que no había pasado desde hace 50 años”. El estado de Sinaloa es una de los principales productores agrícolas del país. Sin embargo, según Carlos Ramírez “Pese a problemas por escasez de agua para la producción agrícola y heladas que han destruido zonas de producción de alimentos”, se han recortado los presupuestos a las Secretarías y programas que deberían atender la situación.

Reconocer la magnitud y la naturaleza de la crisis que nos sobrepasan y explicarse por qué las estrategias para enfrentarlas son fallidas, implica no limitarse a una visión occidental, puesto que este territorio, este país, es habitado, gestionado y significado también por los pueblos indígenas. Pensamos en el fracasado Plan Huicot en el sexenio de Luis Echeverría, en la desastrosa política agrícola en los últimos decenios, en los planes para instalar la mina en San Luis Potosí, con sus devastadoras consecuencias culturales, ecológicas, económicas y políticas…

A la luz de esto, nos preguntamos, ¿qué significado pudo haber tenido el Pacto de Hauxamanaka, firmado en 2008 por el gobernador de Jalisco Emilio González y sus homólogos de Durango, Zacatecas y San Luis Potosí, con Felipe Calderón como testigo, para “preservar y difundir los sitios sagrados del pueblo wixárika”? Es en este contexto de desencuentro profundo que nos indignamos de que los organizadores de los Panamericanos sientan que reivindican la cultura wixárika al incluir un venado entre sus mascotas – en un desdén absoluto de lo que tengamos que decir al respecto.

No importa si Tamaatsi Kauyumarie es el hermano mayor de los wixáritari, si él es lo mismo que el Hikuri y  que Tatei Niwetsika, si todos ellos viven en los sitios sagrados o si estos peligran. Qué más da, si los huicholes son sólo un grupo aborigen sin certidumbre de permanecer en el futuro. Estos asuntos pueden hacerse de lado en nombre del desarrollo; después de todo, los Juegos Panamericanos son de todos los mexicanos.

Mientras no hagamos frente a nuestra historia y a nuestro presente, al hecho de que en México coexistimos diferentes grupos, culturas y saberes; mientras no aprendamos a hablar con nosotros mismos, con nuestra propia otredad, como dice Octavio Paz en su Postdata (refiriéndose, por cierto, no a indígenas, sino a negros, chicanos y jóvenes) no lograremos la concordia ni un rumbo que nos lleve al bienestar.

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