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La Asamblea Nacional Ciudadana (ANCA) es la forma que asumimos diversos grupos que en 2009 promov... La Asamblea Nacional Ciudadana (ANCA) es la forma que asumimos diversos grupos que en 2009 promovimos el voto nulo en México. Somos un movimiento abierto, plural, apartidista, horizontal, deliberativo e independiente. (Leer más)
La revolución de Internet para Todos
Por Asamblea Nacional Ciudadana
21 de febrero, 2011
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Por: Óscar Mondragón  (@omondra)

Últimamente las luchas por el espectro radioeléctrico han estado en boca de todos aunque nadie pueda reconocerlo.

Primero que nada, siendo el espectro un algo intangible es difícil incluirlo en alguna historia de prensa. Las narrativas son acerca de personas y acontecimientos, no de fenómenos físicos sobre los que no podemos hablar salvo a través de metáforas o por los efectos tangibles que éstos producen.

En segundo lugar, el espectro no es mencionado porque constituye una de las áreas más veladas de la discusión pública en México. En el reciente affaire Aristegui se habló sobre el tema de libertad de expresión, sobre la proclividad de la administración de Calderón a errar en todas las cosas que hace, sobre que si los Vargas actuaron por libre albedrío o por órdenes “superiores”, etcétera. Pero en la mayor parte de los artículos de prensa el asunto de los litigios entre gobierno y Grupo MVS por la banda de 2.5 Ghz apenas fue brevemente destacado, si acaso.

La prensa se ha acostumbrado a actuar con un extraño sentido de pudor ante las cuestiones más espinosas a nuestro alrededor. Nunca he leído, por ejemplo, que alguien se cuestione la desincorporación de Telmex como inconstitucional -debido a que fue privatizada como monopolio- contradiciendo frontalmente la letra del artículo 28 del máximo ordenamiento jurídico del país. Quizá algún jurista explicaría que aún los delitos contra la Constitución prescriben y nada puede hacerse ya, pero es de todos modos curioso que la fortuna más grande del mundo tenga su origen en una violación explícita de nuestra Carta Magna y nadie susurra siquiera sobre la presencia del elefante en la cocina.

Con el manejo que el Estado ha dado al espectro pasa algo similar. Cinco familias controlan las bandas de radio en todo el país (los Vargas, una de ellas), dos las de televisión y apenas cuatro compañías controlan las bandas de telefonía celular. Por lo demás, Salinas Pliego controla uno de los cuatro grupos celulares y uno de los televisivos. Azcárraga por su parte controla uno de los radiofónicos y uno de los dos de televisión. Dos compañías extranjeras “compiten” en el espacio celular. De modo que todo el espectro radioeléctrico aprovechable para las telecomunicaciones es controlado por tan sólo siete grupos nacionales y dos extranjeros.

Si todas las tierras agrícolas del país fueran poseídas por nueve familias, muy probablemente habríamos entrado ya en otro proceso revolucionario, a cañonazos. Si todo el espacio urbano fuera propiedad de nueve personas quizás sucedería lo mismo. Y si todos comprendiéramos la importancia del espectro, ya tendríamos en curso una revolución tuitera.

Para comprender qué tan importante es el espectro y la finitud del mismo, echemos un vistazo a la factura de nuestro celular. Constantemente se repite el concepto ‘tiempo aire’ acompañado de su respectivo cobro. En contraparte, en la factura de los hoteles, por poner un ejemplo, se listan los servicios que nos han proporcionado, las propiedades que les hemos rentado y los bienes que les hemos consumido.  ¿No es extraño que las compañías celulares no cobren por el uso de sus equipos, por el personal que opera o por los servicios que nos prestan sino por algo tan abstracto como es ‘tiempo aire’?

Cada vez que pagamos por este concepto estamos desembolsando nuestro dinero por el uso del espectro. Tiempo aire quiere decir el tiempo que ocupamos un conjunto de frecuencias para llevar a cabo nuestra llamada.

Existen formas de aprovechar eficientemente el espectro, varios usuarios pueden usar simultáneamente la misma frecuencia en el transcurso de una llamada. Pero al final las leyes de la física determinan que existe un máximo número de llamadas que pueden ejecutarse simultáneamente sobre una determinada frecuencia que le ha sido asignada a un operador. Así que, estando éste plenamente consciente de la finitud del espectro, nos cobra por aquello que vale más que todos sus equipos, su personal, sus oficinas y su publicidad: el espectro.

México ha hecho al hombre más rico del mundo y mantiene boyante a una compañía estancada durante 40 años produciendo la misma programación televisiva por la simple virtud de que les hemos permitido controlar el espectro. Para acceder a éste, como es imperativo para estar comunicados en nuestro siglo, debemos cubrir las alcabalas que dichas familias nos imponen. La potestad del Estado para tener el monopolio del cobro de impuestos no existe y por ello quizá sea que en verdad el Estado en conjunto cada vez sea más una ficción en la que queremos creer y no una realidad bajo la cual nos sintamos amparados.

Revertir este estado de cosas requiere de una verdadera revolución. Pero esperemos que no sea una de esas revueltas de antaño con cañonazos, muertos y pérdidas materiales por doquier. La actual podría ser una revolución 100 por ciento digital y su objetivo debería ser recuperar el espectro para todos los mexicanos y no sólo para nueve grupos altamente privilegiados.

Esta revolución se llama “Internet para Todos” y trata de que todos los habitantes del país tengamos uso permanente de una porción del espectro radioeléctrico como un derecho por el cual no debamos pagarle a nadie, puesto que el espectro es un bien público, como lo es el aire que respiramos.

Los detalles de la propuesta están en este vínculo, pero se trata de que el Estado provea acceso inalámbrico por medio de las frecuencias que aún están bajo su control a todo mundo que cuente con un aparato capaz de acceder a estas frecuencias, sin restricciones, y que posteriormente use la infraestructura de telecomunicaciones de CFE que aún no se ha concesionado para transportar las comunicaciones de la ciudadanía a lo largo y ancho del territorio nacional.

Esta red operaría bajo protocolo de Internet (IP) y, de entrada, no contendría ningún servicio intrínseco. Es decir, la red como tal no proporcionaría otro servicio que otorgarle al usuario una dirección de IP. De modo similar al cual los proveedores actuales de Internet no hacen más que darnos una conexión que luego usamos para acceder a los servicios de compañías como Google, Skype, YouTube, etcétera, la red de Internet para Todos nos permitiría escoger entre una multitud de proveedores los servicios de telefonía, televisión, radio, contenido y cualquier otro que sea posible acceder por protocolo de Internet.

Al romper la posibilidad de que nos cobren por ‘tiempo aire’, estaríamos orillando a las compañías actuales y las miles nuevas que se interconectarían a la red de Internet para Todos a concentrarse en nosotros, los consumidores: a que trataran de servirnos con la mayor calidad al menor precio.

Las posibilidades para que nuevos emprendimientos puedan retar de “tú a tú” a quienes hoy vemos como colosos invencibles, nos hacen imaginar una épica cuya narrativa llenará las conversaciones del mañana y los libros de historia de pasado mañana. México comenzará a moverse hacia adelante una vez que haya Internet para Todos.

Si todo mexicano se hace de una parcela de espectro por virtud de un simple decreto, ya que no se requiere cambiar ley alguna para que ocurra, viviremos una revolución contundente de alcances quizá mayores a la de 1910.

Este horizonte está hoy a la vuelta de un plumazo. Si no lo aprovecha la clase política de hoy, México habrá de abrirlo de todos modos: con marchas y manifestaciones  al estilo Egipto o a francos cañonazos, como tanto parece gustarnos.

La bola está en el campo de la clase política. Aprovéchenla.

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