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El blog de Causa en Común
Por Causa en Común
Causa en Común es una ONG multidisciplinaria de mexicanos trabajando por México que pretende se... Causa en Común es una ONG multidisciplinaria de mexicanos trabajando por México que pretende ser al mismo tiempo incómoda y propositiva. Es presidida por María Elena Morera y se dedica a la construcción de ciudadanía, la promoción del Estado de Derecho y a exigir una mayor rendición de cuentas por parte de las autoridades. Síguela en Twitter: @causaencomun. (Leer más)
Crónica de una detención
"Hoy es 19 de julio, han pasado más de veinte días desde que ocurrieron los eventos que aquí he narrado. No entiendo aún el motivo y la saña de mi detención. Tengo fe en que recuperaré pronto mi libertad pues mi defensa cuenta con muchas pruebas, que en conjunto pueden demostrar contundentemente mi inocencia. Quede este testimonio como otra prueba más de la vulnerabilidad del ciudadano frente al atropello, la incapacidad y la inquina de unas autoridades que en teoría deberían de protegernos y en vez de eso nos vejan": Rogelio Ramos Alcántar.
Por Causa en Común
15 de octubre, 2014
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Durante la última visita que realice a Michoacán para analizar el problema de la seguridad pública, conocí el caso de Rogelio Ramos Alcántar. Las inconsistencias de su caso me llevaron a pedirle que escribiera con el objetivo que más ciudadanos conozcan su historia. Aquí les comparto integra.

María Elena Morera.

 

 

(Escrito entre el 3 y el 19 de julio de 2014desde el Centro de Readaptación Social “Francisco J. Mújica”, Morelia, Michoacán)

 

ANTECENDENTE

Conocí a José Manuel Mireles Valverde hace unos treinta años, durante el sexenio de Cuauhtémoc Cárdenas como gobernador de Michoacán. En ese entonces Mireles era director del hospital de Tepalcatepec y yo funcionario de la Secretaría de Educación en el Estado. Desde aquel entonces, pasaron muchos años para volvernos a ver; el encuentro fue hace año y medio más o menos, en la ciudad de Morelia, donde coincidimos en un café. Para ese momento yo tenía ya varios años trabajando en la iniciativa privada como asesor financiero de una institución bancaria, ocupación que hasta hace unos días desempeñaba.

Mi trabajo me había llevado más de una vez a la región de la costa y de la Tierra Caliente en Michoacán, tengo unos clientes allá cuya atención me exigía visitarlos con alguna frecuencia. En los últimos años, mi cartera de clientes en la zona creció, lo que aumentó por consecuencia la periodicidad de mis viajes. A fuerza de contacto con esa zona, también mi conocimiento y posterior simpatía por las causas de Mireles y sus partidarios crecieron. Él empezaba un movimiento civil armado y yo veía que mucha gente lo seguía. Desde entonces, es decir, desde hace como un año más o menos, un poco por simpatía y un poco por interés, pues sus opiniones sobre la situación de la región llegan a servir para tomar decisiones sobre los negocios de mis clientes, mantuve un esporádico contacto con él. Algunas veces llegamos a acordar reuniones, y otras fueron fortuitos los encuentros, cuando coincidíamos por lo regular en alguna cabecera municipal o punto de paso importante y nos tomábamos un refresco o un taco juntos.

LA DETENCIÓN

Es pues el caso que el día viernes 27 de junio de 2014, yo salí de Morelia alrededor de las 14:00 horas, debía estar en la población de Huahua, municipio de Aquila, pues como cada ocho días había ya sido prevista una reunión con empresarios de la zona. Hice el viaje acompañado por la maestra Estela Díaz Campos, quien forma parte de una de las sociedades a las que les doy mis servicios. En el trayecto, otro de los socios, el ingeniero Roberto Solana Bustos, me llamó para decirme que estaba en La Mira, tenencia de Lázaro Cárdenas, que por ahí andaba Mireles y que iba a reunirse con él. Escuchado lo anterior decidimos encontrarlos allá y comer todos juntos, como más de una vez lo habíamos hecho. Se trataba de reuniones de carácter informal, Mireles nos platicaba las nuevas de la región y sus puntos de vista. A nosotros, en cuanto jugadores de la economía estatal, nos interesaban sus apreciaciones pues la situación en la región es sumamente compleja y siempre ayuda el contar con el mayor número de perspectivas posibles para hacer negocios, por lo que las palabras del doctor Mireles nos resultaban invariablemente de interés.

Cuando llegamos al lugar del encuentro, El Pollo Feliz de la población de La Mira, ya pasadas las 17:00 hrs, saludamos a Roberto y al doctor Mireles, que ya estaban comiendo pollo, así como a Francisco Cortés Vélez, un chofer de nuestra empresa que los acompañaba. La orden de comida que tenían sobre la mesa estaba prácticamente consumida, quedarían solamente un par de piezas de pollo. Nos disponíamos por tanto a pedir una nueva orden cuando intempestivamente entraron entre veinte y treinta hombres armados, la mayoría fornidos, casi todos vestidos en tonos obscuros y encapuchados. Nos encañonaron de inmediato, alguien gritó: “al suelo hijos de su puta madre, se los cargó la chingada”, alcancé a ver como le jalaron la camisa al doctor Mireles hasta arrancársela. Uno de los hombres que lo sujetaba le dijo: “se te acabó tu cuento hijo de la chingada”, y ya sin camisa, lo levantaron de otro violento jalón. Prácticamente al mismo tiempo, un elemento de la Policía Federal se me acercó y me dio sin más un cachazo de pistola que me abrió al instante la frente, la sangre me empezó a brotar de manera profusa, casi de inmediato me cubrió el rostro y de manera simultánea escuché un “al suelo cabrón”, entre la confusión me arrodillé, comencé a inclinarme para tirarme al piso pero una patada en el pecho interrumpió violentamente el movimiento, caí de espaldas, el mismo que me dio la patada me gritó: “boca abajo cabrón, no te hagas pendejo”, al voltearme para hacer lo que me indicaba me lanzó una nueva patada, esta vez me impactó en el costado derecho. Nuevos gritos me indicaron que debía poner las manos atrás al tiempo que otra patada impactaba mi espalda por encima de los riñones, esta vez el dolor fue muy intenso. El encapuchado procedió entonces a ponerme esposas metálicas en las muñecas, que apretó hasta calar fuerte en el hueso. Acto seguido me arrancó el teléfono celular que portaba en el lado derecho a la altura de la cintura, me metió luego las manos a las bolsas del pantalón, de la del lado izquierdo extrajo siete mil quinientos pesos que traía para gastos, pues planeaba permanecer en la zona durante todo el fin de semana, así como para cubrir el pago quincenal de un par de trabajadores eventuales. De la del lado derecho sacó algunas monedas, tomó las únicas dos de diez de pesos que había y las demás me las arrojó riéndose, “mira, todavía te sobra dinero, perro”.

No entendía qué estaba pasando, creí que se trataba de un grupo de la delincuencia organizada que venía por Mireles. De lo que ocurría a mi alrededor en ese momento poco pude percatarme, después de los golpes ya no vi a las personas que me acompañaban. Me dejaron tirado por un minuto o dos más, los oí alejarse, salir, y luego entrar de nuevo. Una voz dijo entonces “éste es el último”, y me levantaron de los brazos dos hombres corpulentos, uno de ellos me dio un empujón en la nuca acompañado de un “agacha la cabeza perro”. Caminamos unos veinte metros, me obligaron a abordar la caja de una camioneta pickup blanca, tenía el rostro y la camisa cubiertos de sangre, ahí había tres personas amarradas tiradas en la caja de la unidad, uno de ellos era el chofer de la empresa, Francisco Cortés, que nos acompañaba en la mesa del restaurante minutos antes, sobre él me arrojaron de un empujón, y su camiseta, blanca, no tardó en mancharse también con la sangre de mi herida. “La cabeza al piso, cabrón” gritó uno que custodiaba la camioneta. No eran narcotraficantes, eran oficiales de policía y soldados.

Más tarde llegaron otros agentes con otras cuatro personas; nos las aventaron encima. Estábamos bajo el rayo del sol, el sol de la costa es abrasador, luego de algunos minutos el calor era insoportable. Yo tenía la rodilla pegada a la plataforma caliente de la camioneta, el ardor era muy fuerte. Los tres hombres de abajo a un cierto punto comenzaron a gritar, la lámina los estaba quemando. Mi compañero, el chofer que estaba abajo mío, un hombre de complexión gruesa, no se veía bien. Me dirigí a un oficial, le dije que se les podía infartar, lo conozco y sé que ya tuvo un infarto precedentemente. El oficial me preguntó a quién me refería, le indiqué con la cabeza que se trataba del que estaba debajo de mí, entonces le ordenó: “gordo, muévete”, el gordo contestó que no podía, a lo que el oficial le dijo a un compañero que se subiera a ayudarlo, lo tomaron entre los dos de un brazo, luego empezaron a acomodar: “a ver tu cabrón, muévete”, “tú, hazte para allá”, “a ver tú, enderézate”, sacaron al gordo y en su lugar me colocaron a mí, pero uno de los dos dijo: “no cabrón, ése no porque está madreado y va a llenar a los otros de sangre, mira, pon a éste”, y pusieron a otra de las personas. Al mismo tiempo otro más de los amarrados les dijo que se le estaba quemando la cara, le arrojaron encima algo, uno de los oficiales le dijo al otro “mira, ponle ese trapo abajo del hocico”, y “mira ese otro, güey, ya está bien colorado de la cara, ponle ese asiento encima”, una especie de cojín.

Hasta ahí llevaríamos algo así como una hora bajo el sol, finalmente uno de los oficiales dijo “a ver siéntenlos”. Primero nos hicieron ponernos de pie, rodearon a su vez la camioneta unos seis policías, nos iban ordenando sentarnos uno a uno. “Primero a este”, dijeron refiriéndose a mí, “…para que no lo vean, mira como está sangrando”, ahí se me acercó un oficial, sacó un pedazo de papel de baño de su bolsa derecha y me lo puso en la frente tratando de pararme el flujo de sangre. Cuando el papel estuvo completamente mojado sacó un nuevo pedazo y me lo colocó otra vez en la frente, “mira, ya sale solo poquita”, le dije que estaba bien, le di las gracias y le pedí me hiciera favor de quitarme la sangre del ojo derecho, así lo hizo. Unos diez minutos más tarde el mismo oficial regresó, me volvió a limpiar y se retiró. Poco después se me acercó un soldado y me preguntó: “¿quién le pegó?”, le respondí que un oficial, “hijos de su puta madre”, murmuró. Aproveché su presencia para decirle que yo era empresario, le expliqué que estaba ahí porque venía a una cita de trabajo. El soldado me escuchó, se retiró y regresó casi de inmediato con otro al que le dijo “mire capitán, él es empresario, no debe estar aquí”, en el instante se acercó un agente de la Policía que les dijo “No, ahí está bien, ahí déjenlo, allá la gente de arriba que decida”, el capitán se disculpó conmigo y se fue.

Pasaba el tiempo y seguíamos amarrados en la camioneta, nos decían continuamente que agacháramos la cabeza, luego alguien dijo: “oyes, mira como están, el sol los está chingando gacho, córrete para atrás a la sombra”. El que estaba al volante encendió el motor y movió la unidad a la sombra. Allí permanecimos unos quince minutos más, oímos como golpeaban algunos vehículos, al parecer con el objeto de abrirlos, se escucharon lo que parecían ser detonaciones de armas, cesaron de inmediato los golpes, parece que lograron su finalidad. Alcanzo en ese momento a levantar un poco la cabeza, vi muchos soldados y policías federales, marinos e incluso a algunos estatales. Alrededor había muchas personas observando, en su mayoría mujeres y niños, muchos de los cuales, hoy entiendo, iban a una reunión que habían convocado horas antes a través de altavoces.

Se oyó una orden: “vámonos”, se encendieron varios motores, la camioneta que nos transportaba seguía a una unidad de policías federales. Nos pidieron que nos tapáramos la cabeza con las camisas, “para no salir en la tele”, decían. Mi camisa no me alcanzó para hacerlo. En la camioneta iban con nosotros dos guardias, llevaban sus pies apoyados sobre los que estaban sentados en la última fila. Pude ver que íbamos hacia Lázaro Cárdenas. En una loma alcancé a levantar de nuevo la mirada y observar unas cincuenta unidades, todas en fila y con las luces encendidas. Unos veinte minutos después vi que estábamos entrando a Lázaro. Nos detuvimos frente a las instalaciones de la Policía Municipal, conocidas entre la gente del lugar como “la borracha”. Nos bajaron uno a uno, camioneta por camioneta, y luego esposados nos formaron a todos volteados contra la pared. Cuando me tocó entrar pude ver que ya había unos treinta aprehendidos, me ordenaron caminar rápido, cojeaba visiblemente y me veía ensangrentado no obstante la limpieza con el pedazo del papel del oficial. Como caminaba lento ordenaron a los de atrás rebasarme en la fila, cuando finalmente llegué a la cola apoyé la cabeza en la pared, sufría un intenso dolor en el plexo solar, el mismo que me obligaba a doblar la pierna derecha. Pasó una mujer oficial que me dijo “párate bien cabrón”, le respondí que tenía una lesión y que me dolía mucho, “pues aguántate” me dijo.

Seguimos todos formados por un rato, muy pegados unos a los otros pues así lo ordenaban. Empezaron a hablar entonces entre los detenidos, el de al lado mío me preguntó si nos irían a quitar todas las cosas, le respondí que seguramente sí, él me dijo “oiga, yo traigo el dinero que me pagaron del mango”, le pregunté cuánto era, “45 mil pesos”, respondió, le pregunté que dónde los traía, “en la bolsa”, contestó. En ese momento ya venían unos policías por la fila quitando a todos las esposas y los cintillos de plástico con que habían amarrado a varios, nos gritaban que nos calláramos. Le quitaron a mi compañero de fila las amarras, luego a mí, me vi la inflamación de las manos, las sobé un poco. “Las manos atrás” me gritó una voz y obedecí. El de al lado mío volvió al tema “oiga ¿qué hago para que estos cabrones no me quiten el dinero?”, le dije que se lo sacara discretamente y se lo metiera en la parte de enfrente del calzón. Con una mano temblorosa se guardó el manojo de billetes en donde le dije.

Volteé luego a ver a mi compañero de fila en el lado contrario, le vi las manos ensangrentadas, le pregunté qué le había pasado, “me hirieron los pinches plásticos que me pusieron estos hijos de su puta madre”, respondió. Podía oír otras conversaciones, muchos hablaban de cómo ocultar el dinero, casi todos terminaron por hacer lo de guardárselo en los calzones. Otros más mentaban al gobierno, hablaban de una traición del comisionado Castillo. Empezó entonces el pase de lista, los estatales en un tono imperativo nos preguntaban uno por uno: “¿Cómo te llamas?”, “¿Qué edad tienes?”, “¿En qué año naciste?”, lo mismo hicieron luego elementos de la Federal y del Ejército.

Eran casi las nueve de la noche, llevábamos parados al menos un par de horas cuando oímos el arribo de varias camionetas pickup, nos empezaron a colocar en las partes traseras de las mismas, uno a uno. A mí me tuvieron que ayudar pues el dolor de las lesiones en la espalda no cedía y no me permitía hacerlo solo. Un oficial me tomó por el brazo, subí de rodillas, como pude me incorporé y caminé a sentarme en el espacio que me indicaban. Al volante de la camioneta estaba una mujer, policía del Estado, tenía una apariencia tosca y un talante vulgar. Observaba la llanta trasera de la camioneta y le dijo a otros oficiales que la llanta estaba baja, que le subieran únicamente cuatro personas, y sólo cuatro nos quedamos en la caja, sentados y a pierna tirante. Se subieron luego dos oficiales de la policía del Estado, se sentaron uno en cada esquina, vestían uniformes negros, estaban bien armados. Salimos finalmente de las instalaciones de “la borracha”. En la calle había muchas personas viendo el desarrollo del operativo que llamaba ostensiblemente la atención, había por lo menos unos trescientos uniformados entre soldados, policías estatales, municipales y al parecer marinos.

Habíamos avanzado unos treinta metros cuando la unidad se detuvo y un oficial de aproximadamente treinta y dos años nos ordenó bajar pues según decía, el estado mecánico de la camioneta no garantizaba la llegada. Mientras bajábamos nos ordenaron de nuevo agachar la cabeza, nos dijeron que nos iban a cambiar de unidad, se nos unieron otros prisioneros, éramos alrededor de unos cuarenta. Nos custodiaban unos diez elementos, nos ordenaron caminar en fila hacia una dirección sujetando a nuestro compañero de enfrente del pantalón sin soltarlo. Yo caminaba de nuevo muy despacio y con un dolor intenso e ininterrumpido, lo que a un cierto punto me obligó a soltar a mi compañero, de inmediato se acercó uno de los oficiales, pensé que me iba a pegar pero para mi sorpresa me auxilió. Caminamos entonces en línea como elefantes de circo tomados por la cola, avanzamos unos cincuenta metros, ahí nos esperaba un “Renó” a decir de una persona vestida de civil que nos conducía. Solo que al llegar al vehículo alguien dijo que ya no había espacio y nos ordenaron entonces dar media vuelta y volver. Muchas personas seguían observando. Finalmente nos subieron a unas camionetas, en su mayoría de color blanco. Serían algo así como las 21:30, éramos otra vez cuatro en la nueva unidad, de nuevo custodiados por dos policías estatales y dos mas que iban en la cabina.

A la hora de partir nos quitaron las esposas que nos habían colocado para salir de “la borracha”. Salíamos de Lázaro Cárdenas, al parecer rumbo a Morelia. Antes de cruzar el río Balsas nos detuvimos en la gasolinera para abastecer combustible. Se me acercó en ese momento el que me pegó y me robó el dinero, ahí me dijo: “oiga, invítenos un litro de agua de aquí del oxxo, ¿no?” No dije nada. Lo cierto es que también se les veía deshidratados, igual que nosotros.

Luego de unos diez minutos siguió su marcha el convoy entero, después de un rato de carretera llegamos a la caseta de Santa Casilda, dejando atrás la Tierra Caliente, ahí empezó a llover y arreció pocos kilómetros adelante, así continuó por un tramo de unos 80kms, casi hasta pasando la última caseta a la altura deZirahuén, donde aminoró la lluvia. Más tarde llegamos a Morelia, nos internaron en las instalaciones de la Procuraduría General de Justicia. Con el frío del trayecto mis dolencias se agudizaron. Ahí nos encerraron a ochenta y tres personas en un cuarto de unos 15x18m, custodiados por una partida de policías. No estaba con nosotros Mireles. Teníamos encerrados no más de cinco minutos cuando nos ordenaron pasar de cinco en cinco a una estancia contigua, ahí nos obligaron uno a uno quitarnos la ropa dejándonos únicamente los calzones. Nos ordenaron sacudir calcetines y zapatos mientras nos los quitábamos, así como a deshacernos de nuestras pertenencias restantes, cinturón, agujetas, tarjetas, llaves, cartera, etc. A los muchachos que hasta entonces habían conseguido conservar su dinero ahí se los quitaron, se perpetró así un segundo atraco, ahí les descubrieron el dinero de las cosechas. Por lo que oí después, habrían sido algo así como cien mil pesos entre lo que le quitaron a todos. Una vez que nos despojaron, nos vestimos nuevamente.

El cuadro del grupo era en su mayoría de gente joven, casi todos de huarache o bota de campo, la mayoría de ellos peones de cosecha de mango y limón. Pasaban de las 3:30 am cuando nos ofrecieron alimentos, casi todos los consumieron, yo decidí no tomar nada, eran tortas malenvueltas, se veían muy manipuladas. Al terminar de comer casi todos se acostaron en el piso y con la ropa aún mojada, estábamos muertos de cansancio. En cuestión de instantes la mayoría dormía, muy juntos uno del otro, no había espacio. Era un cuarto sin baño y se respiraba un ambiente condensado, sucio. Una puerta estaba medio abierta, era custodiada por cuatro hombres armados de la policía estatal, uno de ellos se percató de mi condición y me proporcionó una silla pues ya no podía sentarme, no pude dormir. Tres veces pedí atención médica durante el resto de la noche, la respuesta fue siempre la misma: “no hay médico”.

A las siete de la mañana nos ordenaron ponernos de pie para el pase de lista. Dos menores de edad no se levantaban, fatigaban para despertarse, dos compañeros los levantaron aún en duermevela, dijeron “presente” y continuaron durmiendo. Un policía dijo entonces “a ver, hagan una fila los que van a miar”, uno de los detenidos dijo “oiga yo no quiero mear, yo quiero…” lo interrumpió el policía: “primero estos y luego los que van a cagar”. Me acerqué entonces al oficial y le pedí abrieran las ventanas, el humor del cuarto se había vuelto insoportable. Me dijo: “déjame ver si lo autorizan”. Una hora después abrieron las tres ventanas que había, me acerqué a una de ellas para respirar un poco de aire fresco, mientras tanto continuaba aún el desfile de muchachos que iban uno por uno al baño, que estaba a unos quince metros de nuestra celda, siempre custodiados por un agente que les permitía lavarse las manos luego de usar los retretes.

Casi todos pedimos hacer una llamada, la respuesta fue siempre la misma: “no hay teléfonos”. Yo a mi vez insistía en la petición de servicio médico, de nuevo la misma respuesta. Sin embargo, durante la espera en los separos hubo un momento en el que un individuo se me acercó y me dijo: “Jefe, ya están haciendo el reporte de los detenidos en La Mira, ¿quiere que metamos las manos?”, yo le pregunté a qué se refería, “es el papel donde dice lo que usted hizo”, me respondió. Yo le dije que no había hecho nada, que sólo llegué a comer al lugar donde nos detuvieron. “Uy no, eso no sirve jefecito, sólo sirve lo que estos cabrones dicen que usted hizo”. Le pregunté entonces qué es lo que ellos decían que hice. “Pues mire, ya tienen la lista de todas las armas, y como cuando son grupos grandes luego van a hacer la de los detenidos, y pues como caiga”. “¿Cómo caiga qué’”, le pregunté. “Mire, es que varias armas son de las que alcanzan libertad bajo fianza, y pos allí hay varias de esas jefe y si usted me da una lana yo le digo al que escribe que a usted le ponga una de esas, ¿cómo ve?” Le digo que entiendo, y le pregunto entonces quién es, cuál es su nombre. “Mire, yo nomás vine por si usted quiere, aquí nadie maneja nombres, pero eso sí le digo, no fallamos, mire le damos 50 al que escribe y 50 para mí, le sale baratísimo, imagínese nomás cuanto le va a salir la fianza por arma de fuego de uso exclusivo del ejército, y en cambio así como le digo usted sale libre con una fianza de unos cinco o seis”. “¿Entonces tu me cobras cien mil pesos?”, le pregunté. “Si jefe, pero eso es en caliente, ya ahorita, que le traigan la lana en una hora porque después ya no se puede hacer nada”. Le dije que era imposible juntar tanto dinero en una hora. “Pídalos prestados jefe, es asunto de ya, mire yo voy a ver cómo está el asunto y regreso, pero ya para resolver si usted quiere”. Le dije que ni siquiera había podido llamar a mi familia por teléfono, que nadie sabía que estaba ahí. “Mire jefe, voy y vengo, yo le presto mi teléfono para que hable, le cobro cien pesos”. Le dije entonces que se fuera pues, que ya vería yo si podía hacer algo. Luego de una hora regresó, ahí le dije que no era posible que pudieran inculparme si nunca había siquiera disparado un arma. “Mire jefe, eso no le vale a usted, ya lo tienen aquí y a estos les vale una chingada, le conviene lo que yo le digo, mire, aquí tiene el teléfono, llame a su familia”. Le respondí que cómo iba a confiar en él si ni siquiera sabía su nombre, que mejor así lo dejáramos. “Pues como usted quiera oiga, pero eso sí le digo, en el reporte a usted le tocó un arma larga y cartuchos, con eso estos güeyes lo chingan”. Le agradecí entonces su gesto, pero le dije que prefería esperar.

Pasadas las 16:00 hrs. tuve una visita afortunada, un señor conocido mío que desempeña algún puesto ahí en la procuraduría iba pasando cuando se asomó y me reconoció, se llama Rogelio Arredondo. No ocultó su extrañeza al verme “¿cómo es que estás aquí tocayo?”, me preguntó. “Pues ya ves”, le contesté. Me preguntó qué me había pasado, le dije que me habían golpeado los policías. “¿Pues que te les pusiste al pedo?”, me preguntó. Le contesté que no y le dije que la herida de la frente era un cachazo mientras que los golpes en la espalda me los había propinado estando yo en el piso. Me dijo entonces: “déjame mandarte al servicio médico”. Minutos más tarde me trasladaron en una camioneta pick up hacia el hospital civil de Morelia. Me condujeron a la sala de emergencias, una hora después me tomaron placas, luego pasó una hora más y hasta el lugar en donde me encontraba custodiado por dos policías llegó un joven médico, se dijo traumatólogo, traía en sus manos las radiografías. Me dijo que las placas reflejaban golpes en el pecho, una inflamación fuerte en el bajo lumbar, en la parte baja del pulmón derecho. “Me imagino te duele mucho”, me dijo, a lo que le respondí que sí. “Tienes una protuberancia grande en el lado izquierdo” parece una vieja lesión. Lo es. Llegó entonces un segundo médico, me dijo: “te vamos a dar de alta, no podemos hospitalizarte, no tenemos camas y hay personas mucho más mal que tú”. Le pedí entonces me diera una certificación de las lesiones, volteó a ver a mis custodios y me dijo que no me podía dar nada. Eran casi las 21:30 cuando salí del hospital y me llevaron de nuevo a las instalaciones donde nos tenían recluidos.

Apenas llegando me ordenaron apurarme pues decían me esperaba el agente del Ministerio Público, así que antes de pisar la estancia-celda donde estuve antes me llevaron a declarar. Les dije “oigan, pero no me han dejado hablar con nadie, no tengo abogado”, me dijeron que iban a ver, que de todos modos había órdenes de que se me tomara la declaración. Me llevaron pues ante un agente del Ministerio Público Federal, que de inmediato me cuestionó “¿Usted es fulano, verdad?”, sí, le respondí. “Bueno, voy a tomarle su declaración”, me dice, a lo que respondí que no podía hacerlo pues no sabía si quiera de qué se me acusaba y tampoco tenía abogado. En ese momento un hombre fornido me intimidó “el jefe dice que tienes que declarar”, le respondí que sí, siempre y cuando dejaran entrar a mi abogado. Me mandaron entonces a una licenciada de nombre Miriam, que es abogada de oficio, se identificó, me leyó mis derechos, entre los que se encontraba el de abstenerme de declarar. Al final me decidí a hacerlo. Serían algo así como las 22:00 hrs del 28 de junio cuando comencé mi declaración.

La acusación me resulta inverosímil, me imputan haber llegado al lugar de mi detención en una camioneta Frontier de color gris, acompañado de otras cuatro personas, todos cargando armas de las llamadas R-15 que supuestamente transportábamos en la parte trasera del vehículo junto a más de mil cartuchos útiles. Todo es falso, yo nunca en mi vida he tenido en mis manos un arma y así lo declaré, les dije que soy trabajador de la iniciativa privada y que llegué al lugar circunstancialmente, lugar en el que por cierto varias veces he estado pues se encuentra en la ruta que recorro de manera regular. Declaré que yo no tengo ni he tenido nunca una camioneta Frontier, ni en mi casa ni en la empresa, les dije que lo cierto es que yo manejaba un carro rojo marca chevrolet Sonic modelo 2012, que es propiedad de la sociedad para la que trabajo y en él llegué al lugar, donde tenía muy pocos minutos de haber llegado antes de que me sometieran a golpes. Eran más o menos las 23:30 cuando acabé de declarar, no recibí copia de mi declaración, pues no me podían dar nada según me dijeron. Me llevaron entonces de nuevo con mis compañeros, quienes ya dormían, se veían sumamente cansados, sospeché incluso que estaban narcotizados pues no obstante las condiciones del lugar y el piso frío sobre el que estaban dormían profundamente. Por la mañana hubo a quienes les costó trabajo despertar.

Más tarde nos informaron que ya iban a trasladarnos, nadie nos dijo a donde. Nos hicieron salir de la celda y nos subieron a un camión con muy pocos asientos, todos íbamos esposados de nuevo. Nos ordenaron sentarnos en filas de cinco, con la cabeza agachada, “para no salir en la tele”, decían los policías. Ninguno pudimos hacer llamada alguna, desde el arresto estuvimos incomunicados y prácticamente sin alimentos. El traslado empezó como a las 17:00 del día 29 de junio. De los ochenta y tres que ingresamos liberaron a cinco menores de edad, entre ellos a un jovencito de solo catorce años. De los setenta y ocho restantes, a cincuenta y cinco nos trasladaron al viejo penal de Morelia, al resto, según escuchamos, al de la carretera Mil Cumbres.

Llegados al penal, nos instalaron en la galera número 15, nos ofrecieron alimentos que la mayoría consumimos. En la galera encontramos veinticinco colchonetas con forro de plástico, a algunos nos trajeron cobijas los familiares que habían podido de algún u otro modo enterarse de nuestra detención, se había corrido la voz y algunos pudieron seguirnos hasta donde nos encontrábamos. Una vez en el penal, ofrecieron dinero a los guardias para poder pasar los envíos. Recibimos seis bolsas con distintas piezas de ropa, papel de baño y algunos jabones.

EN LA PRISIÓN

La galera es un cuarto grande con muchos agujeros, tendrá unos veinte metros de largo por unos cinco de frente. Hay dos ventanales en alto, tan largos como todo el cuarto, que seguramente alguna vez tuvieron vidrios pues aún cuelgan algunos pedazos. El domingo seis de julio llovió por la noche, fue una lluvia con ventisca, nos entró agua por todos lados, los muchachos se levantaron sosteniendo colchonetas y cobijas en la mano y así permanecieron para no mojarse. Como a las 12:30 de la noche dejó de llover, nos pusimos entonces a secar con lo que pudimos, nos dormimos ya entradas las 3:00am, después de batallar con el agua.

En la crujía los muchachos me nombraron coordinador. Cuando entré por primera vez al cuarto de baños el espectáculo fue indecible, funesto, todo el cuarto está pintado de rojo, incluidas las dos tasas de baño, una de las cuales estaba siendo “arreglada” por dos sujetos. Todo está lleno de mierda, las paredes y el suelo, incluso el techo. El baño también tiene dos lavabos, uno apenas sujeto a la pared y que se mueve bastante, el segundo está trozado a la mitad. De los dos escusados disponibles uno es de uso imposible, le falta un pedazo a la tasa. Desde nuestra llegada hemos tenido que destapar todos los días las tuberías de tasas y lavabos pues se tapan. Ayer, día 7 de julio, amanecimos como siempre sin agua, solo que además, a eso de las cuatro de la mañana, el flujo de los baños de otras galeras empezó a salir por los baños de la nuestra inundándolo de inmediato con agua podrida llena de deshechos fecales. La galera entera se llenó de un olor infecto y nauseabundo, algunos empezaron a vomitar, otros nos pusimos a gritar en la puerta sin conseguir respuesta. Unas cuatros horas más tarde llegaron los guardias a pasar lista y les planteamos la necesidad urgente de que mandaran a los servicios a destapar el drenaje. Poco después llegaron, quitaron una tasa de baño y metieron algunos alambres gruesos como cables de alta tensión. Al día de hoy, 8 de julio, no han vuelto a colocar la tasa pues dicen que no hay recurso.

Hoy es 19 de julio, han pasado más de veinte días desde que ocurrieron los eventos que aquí he narrado. No entiendo aún el motivo y la saña de mi detención. Tengo fe en que recuperaré pronto mi libertad pues mi defensa cuenta con muchas pruebas, desde dactiloscópicas, testimoniales e incluso hay los videos de las casetas de autopista por donde pasé ése día para llegar al lugar, que en conjunto pueden demostrar contundentemente mi inocencia. Los que me vieron llegar aquel viernes al Pollo Feliz de La Mira, saben que lo hice en el auto rojo que describí en mi declaración, que por cierto, aberrantemente, se encuentra también asegurado por las autoridades. Estas últimas en cambio, cuentan con un parte policial como prueba angular de mi acusación, documento que por cierto, uno de los propios policías, supuestos signatarios del mismo, niega haber firmado y desconocer lo que en él se relata.

Doy a conocer esta historia pues he decidido que mi reclusión, injusta como es, debe de servir al menos para un fin social. Las autoridades de este país hablan constantemente de pasos hacia adelante, de avances. Quede este testimonio como prueba de que en materia de justicia no es así, como otra prueba más de la vulnerabilidad del ciudadano frente al atropello, la incapacidad y la inquina de unas autoridades que en teoría deberían de protegernos y en vez de eso nos vejan. Mi historia, desde luego, no es ni por asomo la única ni la peor, es solo una de las muchas, muchísimas, tan terribles como indignantes, que he venido a conocer en este lugar.

 

Rogelio Ramos Alcántar

 

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