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Causa en Común es una ONG multidisciplinaria de mexicanos trabajando por México que pretende se... Causa en Común es una ONG multidisciplinaria de mexicanos trabajando por México que pretende ser al mismo tiempo incómoda y propositiva. Es presidida por María Elena Morera y se dedica a la construcción de ciudadanía, la promoción del Estado de Derecho y a exigir una mayor rendición de cuentas por parte de las autoridades. Síguela en Twitter: @causaencomun. (Leer más)
La tolerancia a la corrupción ¿nos hace cómplices?
La diferencia que existe entre las democracias exitosas y la nuestra es el nivel de tolerancia social a la corrupción. En aquéllas se señala, se rechaza, se investiga y se sanciona. En la nuestra se expone, pero con pocas consecuencias. La impunidad se convierte en regla general y la tolerancia a la impunidad, en parte de nuestra cultura.
Por Causa en Común
21 de mayo, 2015
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Por: Max Kaiser

Es común leer en un diario extranjero “Político alemán renuncia por acusaciones de corrupción” o bien, “gobernador de un estado de la Unión Americana se separa del cargo, señalado por conflicto de intereses”.

Y también es muy común leer en diarios mexicanos “Político mexicano niega las acusaciones en su contra, asegura que se trata de una guerra sucia y que no renunciará”.

La enorme diferencia que existe entre las democracias exitosas y la nuestra es el nivel de tolerancia social a la corrupción.

En las democracias exitosas, un servidor público señalado por actos de corrupción es asediado, perseguido y acosado por las autoridades, los medios de comunicación y la sociedad, hasta que suceda una de dos cosas: se pruebe claramente que no es responsable, o se establezca una consecuencia jurídica en su contra.

Pero además, la renuncia es siempre el primer paso, por dos motivos: primero, porque la sociedad sólo cree que puede existir una investigación seria, si el servidor público no tiene poder para manipularla; y segundo, porque se aprecia como algo muy valioso el prestigio y la capacidad de actuación de la institución pública a la que pertenece.

La renuncia es entonces un signo de la intolerancia a la corrupción, y una vacuna a tiempo, que permite investigar el caso y cuidar lo que le quede del prestigio de la institución.

En México, la respuesta común de un servidor público acusado de corrupción es negar su responsabilidad. “Me deslindo”, “Que se investigue, caiga quien caiga”, “Es una guerra sucia en mi contra” son las reacciones públicas más utilizadas por los servidores públicos señalados, que rara vez dejan el cargo.

Como conocen el nivel de tolerancia a la corrupción de los medios de comunicación y de la sociedad, así como la incapacidad de las autoridades para investigar y después fincar responsabilidades concretas, negar la acusación es lo único que tienen que hacer. No importa la investigación, y menos el prestigio de la institución a la que pertenecen.

Se trata de aguantar unos cuantos días para que surja el nuevo escándalo que le quitará al señalado el reflector social, para así seguir con sus funciones (o seguir con sus actos ilegales).

La dinámica suele convertirse incluso en una especie de “vacuna”: fui señalado, lo negué, acusé ser la víctima de una persecución injusta, pasó el tiempo y no pudieron probar nada. Estoy limpio.

La frustración social en el momento del escándalo mediático es enorme, pero se diluye rápidamente cuando el escándalo se convierte en un proceso legal lento, farragoso, largo y casi siempre ineficaz.

La impunidad se convierte en regla general y la tolerancia a la impunidad en parte de nuestra cultura.

La creación del Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) en la Constitución, y la creación de las normas secundarias que le darán forma y capacidad, deben tener en cuenta esta dinámica.

Prevenir, Investigar y Sancionar son los tres pilares fundamentales que deben crearse en este sistema.

Prevenir

Desde la llegada de la democracia a México, se pervirtió el debate sobre la corrupción. Se caricaturizó como un fenómeno entre “buenos del presente” contra “malos del pasado” que tenía en el centro un elemento moral.

Los “malos del pasado” la tuvieron muy fácil. Sólo requirieron encontrar algunos casos en los que los “buenos del presente” fueran también corruptos, para poder alegar así “todos somos iguales”.

Pero en el argumento de uniformidad corrupta se sumó un complemento. Todos son corruptos, o pueden serlo, pero algunos por lo menos son eficaces. Hacen que las cosas sucedan. Mueven a la economía. Generan reformas modernizadoras. Crean riqueza y modernidad. La eficacia se convirtió en un buen pretexto, en un buen motivo para ser corrupto.

Así, le dejaron a la población una disyuntiva: corruptos eficaces, o corruptos ineficaces.

El argumento es perverso por falso. Según la OCDE, en su nuevo estudio llamado “Consecuencias de la Corrupción a nivel sector y las implicaciones en el crecimiento económico y desarrollo”, recién presentado en nuestro país, la corrupción no puede generar eficacia en la acción de gobierno. En el informe se afirma:

La Corrupción tiene un impacto específico directo en el costo de un proyecto, tanto para las empresas como para el sector público. El estudio demuestra que la corrupción induce a la elevación de los precios en todos los sectores.(…)

Sin embargo, la corrupción también tiene consecuencias indirectas: daña las instituciones públicas, menoscaba la confianza de los ciudadanos en su gobierno, disminuye los incentivos para la innovación y provoca mayores desigualdades. (…)

La corrupción impone una carga a los agentes del mercado al agregar un impuesto imprevisible a sus operaciones.

Así, esta disyuntiva no puede ser parte del debate, ni la única alternativa.

Para crear eficacia en el gobierno se requiere de instituciones sólidas, congruentes, bien diseñadas, pero que además tengan la capacidad de revisarse y controlarse a sí mismas, y de adaptarse a lo que se requiere de ellas.

La ética de un servidor público sí puede ser un factor definitivo cuando éste se encuentra frente a la decisión de cometer un acto ilegal, o no. Pero para que esa disyuntiva se presente, el contexto es más importante.

La corrupción sucede por normas vagas o ambiguas, por exceso o falta de éstas; se da por estructuras mal diseñadas que generan monopolios en la decisión y ausencia de vigilancia o control; se da por incentivos equivocados o inversos; se da por malas prácticas y ausencia de mecanismos para corregirlas.

Todo ese contexto se genera en torno a las leyes que darán forma al SNA, y por eso es fundamental armonizar el diseño general del Estado.

Investigación

Identificar para poder investigar, es la primera clave. Un aparato de investigación sólo se mueve cuando tiene algo qué investigar. Parece una obviedad, pero no lo es. Es una de las grandes carencias de nuestro sistema actual.

Las autoridades sólo investigan aquello que conocen, y lo que llega a su puerta suele ser poco y malo. Y la puerta suele ser estrecha y a veces hasta peligrosa.

Así, la primera necesidad del nuevo SNA es la capacidad de captar denuncias. De hacerse de casos.

El primer gran error a evitar es creer que la mayor parte de la población quiere y puede ser un héroe en el combate a la corrupción, y esta dispuesta a correr riesgos físicos, sociales, políticos o económicos para denunciar.

El diseño debe partir más bien de la idea de que el ciudadano común cumplirá su tarea social de denunciar si esto es fácil, seguro, pero sobre todo, si su denuncia sirve de algo.

De ahí el segundo elemento. Una vez creada la puerta de entrada de los casos, el elemento básico es la capacidad de investigar. Las nuevas autoridades deben tener la capacidad de entrar a todas las oficinas, de abrir todos los cajones, de pedir cualquier documento, de entrar a cualquier sistema y de tomar cualquier medida de seguridad que requieran.

De lo contrario, sólo llegarán a las autoridades encargadas de emitir la sanción casos menores en los que se pretenda responsabilizar a funcionarios menores.

Si esto sucede, la confianza de la gente se perderá de inmediato, y con ella su responsabilidad para denunciar.

Sanción

Todo aquello que no se pudo prevenir, y que fue debidamente investigado, debe tener una consecuencia. Hago énfasis en la palabra “todo”.

Si la pretensión es recobrar la confianza de la sociedad en el sistema democrático, para disminuir poco a poco su tolerancia a la corrupción, la impunidad es el primer enemigo.

No debe haber espacios para casos sin sanción, ni corruptos sin consecuencias. Cada caso debe ser exhaustivamente investigado y todos los responsables deben tener una consecuencia.

Se trata de crear un sistema sin chivos expiatorios, sin márgenes de negociación política, sin espacios de tolerancia, un sistema que no tome en cuenta cargos, niveles jerárquicos o procedencia política, y que sólo tome decisiones en torno a los elementos del caso.

Regreso así a la pregunta que da título a este texto. La tolerancia a la corrupción nos hace cómplices cuando decidimos que no hay remedio. Cuando argumentamos que “así somos los mexicanos y nada lo va a cambiar”.

Cuando preferimos tolerarla porque nos encontramos en el grupo que gana algo con ella, aunque sólo sea pasajero el beneficio.

Somos cómplices cuando creemos que es nuestro destino.

El camino aún es muy largo, y seguro no será siempre en sentido ascendente. Pero las bases están creadas y la construcción requiere de muchas mentes y de muchas manos. Somos muchos más los que queremos un México diferente, y creemos que ese es nuestro destino.

 

* Max Kaiser es catedrático del ITAM.

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