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Bandera desgarrada
¿No es verdaderamente insultante que tengamos que multar a una cantante extranjera para fingir que en México se respeta –no digamos ya el Estado de Derecho- sino siquiera la idea de su concepción como país?
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
23 de septiembre, 2014
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Por: Guillermo Fajardo

Resultan irónicas las afrentas que se le pueden hacer a la Bandera Nacional. Como símbolo, no es más que la afluencia de ciertos colores a los que les damos cierto significado –conclusión histórica de un pasado- , de cierta generación –que pasó su vida luchando por obtener ciertas libertades- y de cierto sentimiento –que vemos renovado o reciclado cada año a escala nacional. Es decir: los símbolos bajo los que un país se conforma no le dan corporeidad a lo que una nación representa y ni siquiera prioridad para entender el pasado de algún modo determinado. Un símbolo, me parece, antes que representación, sugiere memoria; antes que fiesta, es tradición; antes que estandarte, significa idea.

La reciente multa a Miley Cyrus, la otrora virginal, sencilla y cándida actriz de Disney, por restregarse la bandera mexicana en el culo durante uno de sus conciertos es sencillamente irrisoria. No porque la ley diga que debemos multar a la cantante se zanja la discusión bajo la bóveda jurídica: a veces parece que la ley no permite hablar más allá de lo que sus propias letras dicen con la subsecuente retahíla de bostezos. Lo importante de la multa no es ver que el Gobierno tiene sus formas para hacerse presente, sino hacernos entender que los sainetes gubernamentales tienen una dosis de cinismo que el sentido común admite al menos como sospechosa.

Y es que los verdaderos insultos a la Bandera Nacional (poner en mayúsculas cualquier palabra le otorga verdaderas concesiones en cualquier lectura) no son los que la SEGOB impone cada cierto tiempo a quien zahiere a los símbolos patrios, sino la impunidad con la que determinados actores –cobijados por el Gobierno- operan.

¿No es un insulto tener a Carlos Romero Deschamps como senador, premiando su carrera de dueño de PEMEX como si hubiese sido luminaria petrolera, santo patrón del sindicato, modesto héroe nacional? ¿No es un insulto saber que Humberto Moreira –que antes hacía ruido hasta cuando dormía y que hoy se espanta ante el sonido de una cigarra- vive cómodamente en España? ¿No son verdaderos insultos el tener que admitir que hay millones de jóvenes en México que no van a la Universidad? ¿No son insultos el saber que hay millones de mexicanos viviendo en Estados Unidos porque a su país no le alcanza para crear puestos de trabajo? ¿No es un insulto la ineficiencia policial, el carácter simulado de la justicia en México, el número de delitos que se resuelven con el culpable equivocado? ¿No es verdaderamente insultante que tengamos que multar a una cantante extranjera para fingir que en México se respeta –no digamos ya el Estado de Derecho- sino siquiera la idea de su concepción como país?

El acervo de ofensas que día a día se actualiza en el Congreso y que podemos compactar en una unidad podrida y siniestra basta para superar las ofensas que Cyrus hace en sus conciertos. Con esto se confirma que el cinismo opera mejor cuando la autoridad finge aplicar la ley bajo las excepciones que la propia autoridad se impone. La simulación es el portento político mediante el cual se pretende actuar en un futuro cercano y con todas las posibilidades que la ley ofrece: es el milagro del burócrata.

Así como multar a Cyrus por usar la bandera como papel de baño es un insulto, también lo es el mantener la impunidad como servicio normal de la patria. Es absurdo sentirse vejado por un acto tan efímero como el de la cantante, y no ponerse siquiera a elucubrar acerca del salivazo continuado de una república que premia a sus agresores y a sus violadores, que no homicidas, porque de una República muerta no podrían extraer absolutamente nada. La ordeña solamente funciona si el animal está vivo.

Seguimos pensando en las ofensas como rituales verbales o demostraciones físicas que hieren sentimientos. Creo que ha llegado el momento de representar las afrentas como extensiones diarias de conductas reprochables. Lo que Cyrus hizo no es digno de encomio, pero tampoco lo que hemos permitido. Los insultos pueden volverse tan cotidianos que terminan por parecer invisibles: es momento de ir a palparlos.

¿Bastarán nuestras manos?

 

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