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Capitulación
La fuga de Joaquín “El Chapo” Guzmán no representa lo peor de este gobierno sino lo que es normal. Este escape no es el efecto final de una serie de errores sino la continuación normal de los mismos: provincialismo presidencial, amateurismo político, improvisación gubernamental.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
20 de julio, 2015
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Por: Guillermo Fajardo.

La inmovilidad presidencial es la pátina permanente de este gobierno: los errores crónicos de esta administración no dejan lugar a dudas acerca de la capacidad perenne que tienen para sorprender al electorado. Los miembros del gabinete parecen encontrarse agazapados, a la espera de alguna señal que los logre sacar de las trincheras en las que se encuentran: no solamente nadie sale a defender el proyecto del Presidente sino que nadie se anima a defender el suyo. Peña Nieto no está solo: se tiene a sí mismo. 2018 representa para muchos de los miembros del gabinete presidencial una oportunidad decorosa para irse sin demasiado escándalo: este será el primer gobierno priista que parece no concederle importancia al pináculo de su poder: el Presidente.

La fuga de Joaquín “El Chapo” Guzmán no representa lo peor de este Gobierno sino lo que es normal. Este escape no es el efecto final de una serie de errores sino la continuación normal de los mismos: provincialismo presidencial, amateurismo político, improvisación gubernamental. Encerrado por muros de gente, Peña Nieto se regodea entre la luz que le proporciona su esposa cada vez que sale en alguna revista o en las órdenes que dicta y que sus subordinados escuchan: este es el priismo de la imagen, pero no de la ejecución; de la administración -en todo el sentido de la palabra- pero no de la creatividad; de la función graciosa de los eventos públicos pero no del fondo político que busque un arreglo social y político diferente. Quiero pensar que el plan sexenal de Peña Nieto era la implementación de las reformas y su actualización constante a través del margen que le iban a proporcionar: ese margen se ha estrechado, limitado y oscurecido.

Hay quien dice que México no va tan mal y está en lo cierto. El país ha mejorado en muchísimos rubros y lo sigue haciendo. Las reformas han empezado a funcionar como lo consigna Héctor Aguilar Camín en este artículo. También es cierto, como escribió Roger Bartra en el Letras Libres de este mes, que “La democracia parece estar siempre acosada por la crisis. Es despreciada por ser incapaz de solucionar los grandes problemas que nos aquejan”. Arrinconadas por soluciones que urgen, nuestras democracias a veces parecen embarcaciones frágiles en medio de tormentas imposibles: gobernar parece, a ratos, la administración de los problemas y cada vez menos el apuntalamiento de las decisiones.

Los escándalos de la Casa Blanca y ahora el de “El Chapo” Guzmán traban cualquier aspiración almacenada en el mínimo capital gubernamental de Peña Nieto. Los depósitos políticos del Presidente se circunscriben a la firma ocasional de documentos importantísimos, eventos públicos con la carga inevitable de aplausos, y viajes al extranjero con el apabullante séquito que transporta la finísima representación de una actriz, un Presidente rosa y una familia presidencial de ensueño.

La imagen es elocuente: Arely Gómez, Procuradora General de la República, enfundada con un suéter abotonado azul marino busca la proximidad de las miradas de los reporteros. Se equivoca en unas cuantas palabras, ignoro si por nerviosismo o porque no las había leído antes. El mensaje es claro: la PGR ofrece 60 millones de pesos para recapturar a “El Chapo”. La imagen, además de elocuente, es irreal: a la Procuradora se le ve cansada, sosteniendo la imagen de “El Chapo” Guzmán de lejos, como si se tratara de un tabú y no de frente, como si se tratara de un problema. Otro simbolismo bastante práctico de este Gobierno. La política tubular de estar erguidos y muy formales pero carentes de estrategias.

El Secretario de Gobernación, Osorio Chong, con la cara endurecida, es un político que parece experimentado -igual que su jefe- pero que más bien aparece apurado, poco lúcido, sin fondo: en la conferencia de prensa se dedicó a hacer un listado bastante patético -porque revela que el problema que está en sus narices no lo puede ver- de las características del penal en el que “El Chapo” se encontraba. El mensaje también es descarado: conforme la lista de dispositivos de seguridad del penal -internos y externos- avanza, al espectador no le queda de otra más que agachar la cabeza: ¿no se dará cuenta el Secretario que si “El Chapo” Guzmán pudo escapar no es por la ingente cantidad de vallas metálicas, controles de seguridad, muros de piedra? ¿Habrá pensado el Secretario que más bien es la corrupción, el carácter espontáneo de sus decisiones, la falta de control al interior del penal, la nula credibilidad moral del Presidente, la frugalidad convertida en inacción lo que provocó la fuga? La jauría de problemas que muerden a este Gobierno lo han dotado de unos barrotes que han venido a convertirse en prisión: no hay escape hacia el pasado porque eso significa recordar la Casa Blanca, tampoco hacia el presente porque el Presidente prefiere esconderse en Francia, ni tampoco hacia el futuro porque no parece que Peña Nieto tenga algún plan. Atascado política y temporalmente, Peña Nieto cumple su función de Presidente nada más estando ahí. Siendo.

El mensaje es también -otra vez-un reflejo de esta administración: a las bravas, todo a medias. Osorio Chong, para rematar, no deja lugar a dudas: dice que no habrá impunidad.

El mensaje es, obviamente, irrisorio.

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