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La oposición en México: dejar ir
El Presidente Enrique Peña Nieto hace lo mínimo –y lo mismo- porque la oposición se lo ha permitido. Estamos ante un sexenio de sonrisa fácil, palmas abiertas y muchas reformas. ¿Será que han dejado la política para después?
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
29 de septiembre, 2014
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Por: Guillermo Fajardo (@bosh_89)

El gobierno de Enrique Peña Nieto no dejó pasar el tiempo y se abocó a lo urgente: construir consensos que le permitieron avanzar reformas importantes. En política no se entienden las concesiones a menos que los resultados sean compartidos. En este reparto mediático, ola de optimismo, valle de felicidad, fue el PRI el que consiguió las mejores cerezas del pastel. Si bien el PAN y el PRD no se convirtieron en comparsas empozadas o en escaparates políticos, tampoco se perfilaron como los grandes artistas de las reformas.

Una vez cedido el terreno queda la pregunta –especialmente para las dirigencias nacionales de la oposición- de cuándo, cómo y dónde comenzar a bregar por espacios políticos y votos. Si bien es cierto que algún tipo de concordancia política y hasta de afinidad legislativa ayuda a construir una imagen positiva, es momento de pensar hasta cuándo una alianza de amplio espectro ayudará a encontrar votantes. La política es, a fin de cuentas, una idea desmenuzada por las ideas de los demás: el consenso no radica, entonces, en dejar pasar cualquier esfuerzo legislativo o político sino en rasurarlo para después regularlo.

Las dirigencias nacionales de oposición necesitan comenzar a alzar la voz. Lucen apagados, indolentes y, antes que nada, cómplices. Coadyuvan al bienestar de Peña Nieto y del PRI; auxilian a formar tranquilidad en la cúpula del partido oficial; continúan haciendo del debate legislativo y político el monólogo preferido del Gobierno: el silencio. Ni el PRD ni el PAN han encontrado la manera de desdecir al Presidente porque continúan leyendo el guion que la administración les manda: son enemigos amistosos que conjugan un color distinto con una actitud lastimosa.

El caso del PAN es especialmente preocupante: la renuncia de Juan Ignacio Zavala, el rumbo ignoto de Gustavo Madero, los escándalos del partido de derecha. Si la historia del PAN es una de sacrificio político y de poder liminar ahora es de auto secuestro y de poder real aunque limitado a unas palabras, quizá a algunas objeciones, probablemente a algunos desplantes. El PAN ha logrado otorgar lo que el PRI nunca quiso ceder durante el gobierno de Calderón: no digo que las revanchas políticas requieran de un tiempo sagrado de cumplimiento pero sí, quizá, de una actitud más enérgica de regaños, críticas u opiniones distintas.

Mientras que a Peña Nieto se le permita seguir recibiendo premios en el extranjero, su estrategia mediática permanecerá incólume: el no hacer nada. El Presidente hace lo mínimo –y lo mismo- porque sus adversarios se lo han permitido. Estamos ante un sexenio de sonrisa fácil, palmas abiertas y muchas reformas. ¿Será que han dejado la política para después? El PAN necesita hacerle ver a Gustavo Madero que la frecuencia y la intensidad de los reclamos necesitan ir en aumento: el PAN perderá el rumbo no porque su base esté podrida sino porque su dirigencia, más que adormilada, luce satisfecha. No hay peor mal en política que perdonar a destiempo a los adversarios. Gustavo Madero necesita entender que los fantasmas no votan: no basta repetirle al electorado que el PAN tiene tal o cual historia, que representó la única oposición verdaderamente leal a un partido monstruoso durante muchos años, y tampoco que representan una opción distinta al PRI.

Es hora de ponerse los guantes. El Senado puede iniciar dicha oposición desde la exigua trinchera calderonista. Los ex funcionarios federales tienen los conocimientos y la tribuna –aunque lamentablemente no el liderazgo- para empezar a minar el campo político que el Presidente y su Gabinete continúa pisando con increíble facilidad. Peña Nieto ha demostrado que su habilidad para crear acuerdos va a acompañada de un talento inaudito para secuestrar voces.

Peña Nieto es un mandatario atípico, juguetón y escurridizo. Lo ha hecho tan bien que no ha necesitado, en lo que va del sexenio, recordarle a nadie –quizá ni a él mismo- que él es, a fin de cuentas, el Presidente.

 

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