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Democracia: la nunca bien ponderada
Por más que se encuentre en una profunda crisis, la democracia no deja de ser un esquema en el cual podemos ejercer derechos, defender aquellos que se encuentran en riesgo, luchar por ampliar los existentes o por incluir los faltantes, y promulgar porque las políticas públicas tengan como resultado el goce de dichos derechos.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
16 de octubre, 2015
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Por: Miguel de la Vega (@mig_delavega)

En días recientes se ha comentado en diferentes medios acerca del desencanto de los mexicanos con nuestra frágil democracia; la medición más reciente apunta a que solo el 19% se encuentra satisfecho con ella. Si bien cualquier observador medianamente informado tiene razones de sobra para estar inconforme con la manera cómo se ha conducido la democracia en nuestro país, es importante diferenciar dos aspectos fundamentales que inciden directamente en su valoración.

El primer aspecto es diferenciar la democracia electoral con la democracia como forma de gobierno. Es cierto que nuestro Instituto Nacional Electoral (INE) lejos está de aquellos días cuando era presidido por José Woldenberg, quien conducía un instituto ciudadano que garantizó lo más posible –si bien nunca exento de la influencia regresiva de partidos políticos– elecciones imparciales y equitativas. El IFE de aquel entonces fue capaz de generar procesos electorales exitosos y poco cuestionables. En la actualidad a pesar de valiosos esfuerzos dentro del INE, en particular en temas de educación y algunos procesos electorales, está lejos de poder garantizar el ejercicio de los derechos políticos.

El segundo aspecto es considerar a la democracia en su otra dimensión, como forma de gobierno. Dimensión en mi opinión, mucho más amplia y que ha resultado aún más decepcionante para el caso mexicano o, como el mismo Woldenberg señalara, ha derivado de un sistema de control absoluto a una “Germinal Democracia”. La democracia –en palabras de Enrique Suárez-Íñiguez– no tiene que ver con quién ejerce el poder sino a quiénes beneficia el poder. Si, como es nuestro caso, el uso del poder históricamente ha beneficiado a grupos minoritarios con el consecuente menoscabo de los derechos de la mayoría, es entendible que estemos insatisfechos con el cómo se ha conducido esta democracia.

No obstante la democracia en sí, como forma de gobierno imperfecta, pretende garantizar una serie de derechos ciudadanos que van más allá de los derechos políticos fundamentales de votar y ser votados. Uno de esos derechos es la participación ciudadana que constitucionalmente, como señalé en este espacio, encuentra sustento en la libertad de asociación, la cual a su vez se expresa en los miles de colectivos, movimientos y organizaciones de la sociedad civil existentes en el país que son fruto del interés y la acción ciudadana por el bienestar público.

La democracia por tanto, por más que se encuentre en una profunda crisis, no deja de ser un esquema en el cual podemos ejercer derechos, defender aquellos que se encuentran en riesgo, luchar por ampliar los existentes o por incluir los faltantes, y promulgar porque las políticas públicas tengan como resultado el goce de dichos derechos y no se conviertan en simples herramientas para medición cuantitativa de uso de recursos o, peor aún, en herramientas para perpetuar el clientelismo. Permanente tentación en el cual el Estado otorga prebendas –en vez de garantizar derechos– y el ciudadano se alinea con aquel que le regala migajas de vez en vez a costa de sus libertades.

Para ser justos con la valoración, me parece que tenemos que diferenciar la lamentable conducción de la clase política en contraposición con los ideales que representa la democracia. Es gracias a ella que la sociedad civil puede ejercer denuncias ciudadanas para poner en el ojo público y en la agenda política graves casos de corrupción e impunidad; también en democracia es posible gozar de libertad de reunión y de manifestación pública; en democracia es posible la libertad de expresión, que si bien está siendo acotada y violentada en muchos espacios, siguen existiendo numerosos medios y mensajes que se transmiten de manera libre. No podía decirse lo mismo bajo el esquema de Partido-Estado priista que primó en la mayor parte del siglo pasado. Sin democracia no existirían las posibilidades de tener iniciativas ciudadanas de ley o genuinos candidatos ciudadanos como el caso de Pedro Kumamoto en Guadalajara.

Durante décadas, en América Latina diversas sociedades que sufrieron gobiernos militares lucharon por vivir en democracia, porque entendieron que un sistema de gobierno basado en la supresión de libertades no era una sociedad que permitiera vivir con justicia y con un ejercicio pleno de derechos ciudadanos. Cuando las democracias, con sus diferentes calidades, finalmente llegaron, los resultados han sido igualmente diversos. No se pasó de manera automática al goce de todos derechos, pero si se comenzó a vivir de nuevo como ciudadanos y paulatinamente a recuperar libertades. La lucha ahora es por mejorar las democracias y el acceso pleno así como combatir las inequidades que se generan a pesar de ella.

La invitación entonces es a reconsiderar nuestra insatisfacción. Por mi parte me encuentro igualmente insatisfecho y profundamente preocupado con la manera en la cual este y anteriores gobiernos han ejercido esta forma de gobierno, sin embargo no cambiaría la democracia por ninguna otra forma de ejercer dicho gobierno porque implicaría renunciar a la esperanza de vivir en libertad de asociarme como ciudadano y luchar porque todos tengamos acceso a los mismos derechos.

Gracias a la democracia es que hoy puedes leer estas palabras.

 

@DHPMexico

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