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Después de las balas
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
28 de abril, 2015
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Por: Guillermo Fajardo          

Sergio González Rodríguez nos ha mostrado, a lo largo de una serie de tres ensayos que van de lo macabro Huesos en el desierto (2002) a lo sorprendente El hombre sin cabeza (2009) a lo expansivo Campo de guerra (2014), una riada de sinsentidos en donde lo moderno juega un papel preponderante como agente debilitador de la razón humana.

Mientras que en los primeros dos ensayos González Rodríguez retrata la violencia –especialmente la mexicana-, en el último México es más bien un rompecabezas de un mapa geopolítico y estratégico colosal que no somos capaces de otear, en parte porque no poseemos la cosmovisión de una superpotencia, y en parte porque la domesticidad de nuestros problemas nos convoca a reunirnos –una y otra vez- alrededor de altares que nos aturden y maltratan: crisis económicas producidas por ineptitudes políticas, corrupción rampante, estancos socioeconómicos cada vez más marcados. Estos tres ensayos de González Rodríguez hablan de las formas en que la violencia pavimenta sus caminos y los allana.

Esta travesía de ecos perversos que narra González Rodríguez tienen un lugar en este mundo en donde el ser humano ha optado por obtener del otro –este es el síntoma de la Historia- lo que no le pertenece. La diferencia en este caso es que la tecnología logra trastrocar nuestras relaciones y la de nuestros victimarios: a través de ella podemos imaginar nuevas formas de tortura, compartirla con facilidad y reproducirla con libertad.

Y en medio de esta serie de ideas que castigan nuestra supuesta modernidad, surge un importante concepto para entender nuestro mundo: la noción de mapa. ¿Qué es un mapa? Una expresión visual de un territorio señoreado: desde la altura podemos advertir sus peligros. Estados Unidos es una máquina de guerra imparable, corresponsable del orbe vigilado en el que nos encontramos. Ha hecho del mundo un campo de guerra: Un campo de guerra en particular expresa el tránsito del conflicto internacional a la interiorización de éste en las fronteras, litorales o tierra adentro de un país. Y refleja un rechazo a las normas y las instituciones que las sostienen. Un campo de guerra ultracontemporáneo es continuo, plano, simultáneo, ubicuo, sistémico y productivo e incide en mar, aire, tierra, espacio y ciberespacio. Los frentes se multiplican, también las amenazas; es por eso que la noción de campo de guerra no está basada únicamente en las balas que despiden las armas sino en el efecto psicológico que provocan o el desgarramiento social que atañe a las víctimas.

Campo de guerra es un ensayo que busca explicar las razones de la creciente vigilancia y paranoia estadounidense, empezando por México y los motivos de este exilio pacífico en el que nos encontramos. La premisa de González Rodríguez es que Estados Unidos encontró en la violencia mexicana la explicación necesaria de su muralla fronteriza sumada a una vigilancia inusitada. No solo eso: “… el gobierno estadounidense, a través de la CIA, lleva adelante “actividades” (operaciones encubiertas) para estimular focos de desestabilización institucional en el territorio mexicano mediante acciones con el crimen organizado, lo que permite escenarios reales de combate y adiestramiento de las fuerzas armadas contra grupos antiinstitucionales”. El panorama resulta desolador, no solamente porque los grupos armados cuentan con tecnología cada vez más avanzada sino porque “Nunca había sido más inseguro México que ahora, cuando dispone de mayores recursos humanos y materiales contra la violencia criminal que en toda su historia”. A la par de este derramamiento armamentista un proceso de degradación institucional lo acompaña.

González Rodríguez explica el trauma de la víctima en espacios bélicos que se han convertido en auténticas trincheras. Debido a la fragilidad institucional mexicana, la herida de la víctima nunca es del todo cerrada y espacios públicos que antes creaban comunidad ahora son atormentados por criminales que los toman como sus feudos. El campo de guerra se ha trasladado a un entorno vecinal: “Una zona bélica es un mandato de desposesión absoluta. En el extrañamiento de la experiencia, las víctimas se enfrentan al riesgo de la situación, el episodio anómalo o traumático”.

Todos estos espacios de fractura humanos tienen como extensión la tecnología creada y reproducida a un ritmo cada vez mayor. Esta trilogía de ensayos nos muestra la cara deforme de máquinas cuyo ciclo de vida se ve abocado a una destrucción anunciada. Campo de guerra prologa la asunción de una nueva forma de temerle al cosmos.

Estamos ante un mapa de mapas, una serie de redes interconectadas que no quieren dejar resquicios. Un mundo que se conoce cada vez más a sí mismo puede anunciar comarcas cada vez más seguras o concepciones de libertad y movimiento que apenas podemos imaginar.

El mapa nos coloca como amos del territorio pero también como víctimas de quien lo vigila.

 

 

@DHPMexico

 

González Rodríguez Sergio, Campo de Guerra, Editorial Anagrama, España, 2014, pág 11.

González Rodríguez Sergio, Campo de Guerra, Editorial Anagrama, España, 2014, pág 24.

Ibid, pág 93.

Ibid, pág 84.

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