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El quiebre del gobierno de Peña
El que el Presidente haya tenido la necesidad de compartir un diálogo privado con un joven que le aconsejaba -en un momento tan tenso para México- el no escuchar las críticas, habla de un político que requiere de cualquier tipo de palmadita para ser readmitido en el ánimo ciudadano, y de un joven que parece no estar enterado de las súplicas ciudadanas por una política más higiénica, menos opaca, más creíble.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
18 de agosto, 2015
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Por: Guillermo Fajardo

Qué difícil es extrapolar un gesto y convertirlo en presagio funesto. Más aún cuando la política se entromete. Más aún cuando se trata de una declaración que no admite otra complicidad más que con la estupidez, el desgano o el puro desinterés. Enrique Peña Nieto se empeña en seguir tocando las fibras que lo desmoronan. Es un político que parece deliberadamente alelado y amateur. En la entrega más reciente del Premio Nacional de Juventud, el Presidente recibió una Biblia de uno de los premiados, Tito Quiroz. El joven no se limitó a eso: le dijo que no hiciera caso de las críticas. Lea el desocupado lector la elocuencia presidencial:

Tito me entregó una Biblia y me dijo, y si me permite lo voy a compartir con ustedes. Me dijo: ‘Presidente, es un gusto saludarle’. Me entregó una Biblia y me dijo: ‘Después de leerla entendí muy bien, por qué no importan las críticas sino realmente el afán que todo mundo debe de tener por servir y seguir sirviendo en todo momento’. Me dijo: ‘No haga caso de las críticas. Lea lo que le estoy entregando y encontrará una razón para siempre servir”.

 

Los gestos importan porque nos conducen a interpretaciones. Las palabras a veces sufren de ambigüedades que las indeterminan y de vaguedades que terminan imponiéndose. No en este caso: el que el Presidente haya tenido la necesidad de compartir un diálogo privado con un joven que le aconsejaba -en un momento tan tenso para México- el no escuchar las críticas habla de un político que requiere de cualquier tipo de palmadita para ser readmitido en el ánimo ciudadano, y de un joven que parece no estar enterado de las súplicas ciudadanas por una política más higiénica, menos opaca, más creíble.

Si por un lado Peña Nieto vive en una realidad -que más bien parece coraza- adormecida, el galardonado parece vivir en un país distinto. ¿Qué sacar de esta declaración que parece zurcida desde el ánimo alicaído del Presidente y la ingenuidad de un joven que ha recibido un premio nacional? Porque si ese -qué difícil es construir patrones a partir de un solo comportamiento- perfil de los premiados -ingenuidad, inocencia, torpeza- es el que el Estado mexicano prefiere para convertirlo en prototipo de algo, no quiero imaginarme el estupor de Tito Quiroz ante la avalancha de críticas que recibió. El Presidente -tan necesitado de una etiqueta distinta a la Casa Blanca y a sus constantes pifias- se encuentra en un estado comatoso y de incertidumbre. El sexenio se acabó prematuramente desde que Peña Nieto se convirtió en un Presidente que no inspira confianza, y cuya relación con la intelectualidad es nula y, por ende, con esa crítica que le permitiría adquirir balance, perspectiva, equilibrio.

David Runciman, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Cambridge, en su libro Política desliza una idea interesante: el problema con nuestras democracias occidentales en pleno siglo XXI es que no sabemos qué aspecto tendrá el fracaso. Lo que revela lo que le dijo el joven al Presidente es un desinterés absoluto por la vida pública, una excesiva necesidad de Peña Nieto por una buena noticia o una piedad extrema por nuestro mandatario. Si el Estado mexicano está premiando a jóvenes que le aconsejen al Presidente cerrar los sentidos a las críticas, más vale que nos vayamos atrincherando ante el pesaroso estado de la derrota de la cual Runciman ignora su envoltorio.

Es cierto -y que el lector no me amoneste por velar de más por la subjetividad de mi crítica: quizá el premiado no quería generar polémica y el Presidente no tuvo que haber dicho nada. El problema está, sin embargo -qué difícil es extraer de una declaración toda una estructura que nos permita generar una idea- precisamente en eso: en los errores de un político nublado y en las de un joven políticamente inactivo. Esa combinación puede llevarnos al fracaso que Runciman advierte. Quizá ya estemos viviendo en él.

La urgencia por las grandes transformaciones no es proporcional a aquella por los pequeños cambios: renqueando por una política anémica y rezando por la rentabilidad de las reformas, México padece eso que escribió Santiago Ramón y Cajal:

Los débiles sucumben, no por ser débiles, sino por ignorar que lo son. Lo mismo les sucede a las naciones.

La pregunta no es si estamos avanzando sino si avanzar -como lo hacemos- no es otra forma de esa silenciosa, sibilina y lenta forma de perder.

 

@DHPMexico

 

 

Cfr Runciman David, Política, Turner, España, 2014.

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