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Por Dejemos de Hacernos Pendejos
DHP* nace a partir de un estado de ánimo, una sensación de hartazgo, de cansancio y frustració... DHP* nace a partir de un estado de ánimo, una sensación de hartazgo, de cansancio y frustración. El objetivo es convertirlo en una actitud positiva hacia la vida. Nuestra misión es construir un movimiento social que nos responsabilice y organice como ciudadanos, con el poder individual y colectivo para transformarnos los unos a otros y desde el interior de nosotros mismos, en una sociedad más feliz que trabaja cada día por un país más justo. (Leer más)
Génesis viene-vienero
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
14 de enero, 2011
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Por: Rebecca Flores (@Becxs)
Viene-viene m. Dícese colectivamente del personaje mexicano que se caracteriza por traer consigo siempre en la mano una franela roja y que se pasa el día entero en la calle moviéndola, para hacerse del pan de cada día.
Todos lo hemos visto, todos hemos interactuado con él. Le hemos agradecido un espacio de estacionamiento o mentado la madre por acapararlo. Pero sobre todo, TODOS le hemos dado dinero. ¿Alguna vez te has preguntado por qué?
Imagino la primera vez.
Imagino una calle de la colonia Roma hace treinta años. Imagino a Juan, un automovilista, buscando lugar para estacionarse. Lleva mucha prisa y anda estrenando coche. De pronto, divisa un ajustado espacio donde podría dejarlo y se dirige a él. Coincidentemente, a unos metros del lugar, se encuentra Esteban, el portero de un edificio de departamentos. Esteban, desocupado por unos minutos de sus labores cotidianas, observa divertido a Juan que ya lleva varios intentos de maniobrar para meter su coche en el apretado hueco, sin lograrlo. Entonces Esteban, acomedido y servicial por naturaleza y, acostumbrado a auxiliar a los inquilinos en el estacionamiento techado del edificio, se acerca a ayudar a Juan y le empieza a “echar aguas”. Primero con golpecitos suaves sobre la cajuela para avanzar y luego con uno fuerte para detenerse. Le hace indicaciones de hacia qué dirección mover el volante para entrar correctamente de reversa y luego para enderezarlo, hasta que Juan logra meter su auto intacto dentro del ajustado espacio.
Juan, feliz y triunfante, se baja del auto tan agradecido con el señor que se tomó la molestia de ayudarle que urga en su bolsillo derecho en busca de unas monedas. Así, mientras extiende la mano para darle unos pesos, le dice “¿Le echas un ojo? No me tardo nada.”
Juan se aleja y Esteban, sorprendido por la propina, regresa a su puesto con tremenda sonrisota en la cara, concluyendo en su cabeza que lo acomedido, paga.
Una semana después, Juan regresa a la misma calle por el mismo asunto, que además, pinta para volverse recurrente. Juan, lleva todavía más prisa y va manejando su mismo carrito nuevo. Pero esta vez, no ve espacios libres para dejar su coche. En cambio, ‘el atento señor de la otra vez’ está ahí. Ya va tarde a su cita y en un arranque de desesperada confianza, se acerca a Esteban (que inmediatamente lo reconoce) y después de intercambiar un cortés saludo, le dice: “Oiga, ¿le puedo encargar mi coche tantito? Mire, le dejo las llaves y cuando se libere un espacio, lo mueve, ¿va? Le juro que no me tardo”. Esteban gustoso acepta y no tiene más que esperar unos minutos dentro del coche, para moverlo a un espacio recién liberado en la calle.
Una hora después, Juan regresa y al ver su coche perfectamente estacionado e intacto, incrementa gustoso la cuota de agradecimiento. Esteban con la propina en mano, y con el afán de corresponder propiamente a sus servicios, se anima a decirle que “si va a seguir viniendo cada semana, si quiere, le aparto su lugar pa’ que esté listo pa’ cuando usté llegue.”
A partir de este punto en la historia, dejo de imaginarme cosas y te cedo el honor. Te invito a divertirte imaginando el cómo Esteban se hace de su franela y de cómo llegó a descubrir que necesitaba un bote de pintura, para apartarle el lugar a Juan. Cómo, mágicamente, nadie se acercaba a quitarlo de la calle y permanecía intacto sin importar cuanta horas pasara ahí.
Imagina también cómo, con el paso de los días, Esteban repite sus servicios a cuanto automovilista torpe intenta estacionar su coche cerca de su banqueta. Cómo empieza a ofrecer sus servicios de aparta-lugares a los visitantes regulares, o como les dice él “sus clientes”. Imagina a Esteban asimilando la sonrisa agradecida como una constante en la cara de los conductores. Pero, descubriendo en cambio, que las monedas son todavía una recompensa variable. Imagina cómo así, por iniciativa propia y sin ser solicitado, empieza a estirar la mano cada vez más seguido antes de despedir a los clientes y descubre, que nadie lo deja con la mano vacía una vez extendida hacia ellos. “No es limosna”, se dice Esteban a sí mismo, “es el pago por echarles una manita y un ojito a sus coches, que nada me cuesta, ya que de todas formas tengo que estar aquí parado todo el día.” Imagina finalmente cómo, de pronto, Esteban extiende sus servicios a la banqueta de enfrente y un día, bajo propuesta de otro automovilista, ya también lava coches.
Así, querido lector, nace el oficio del viene-viene, que treinta años después, gracias al alimento monetario del ciudadano flojo y comodino, es el gigantesco monstruo dueño y señor de la calles de esta ciudad.
Y si, tranquilamente ya saltaste a la conclusión de que la culpa fue del huevón de Juan y de sus prisas para llegar a su cita ese día en la colonia Roma, y que ya no hay nada que hacer al respecto porque así son ahora las cosas, te invito cordialmente a DHP y de darle otra leída a este texto.
El viene-viene fue engendrado de ti y de todos nosotros. De nuestra falta de responsabilidad y cultura cívica. No es sólo culpa del gobierno. Haz conciencia y edúcate en el tema, porque sólo así podrán ser eliminados. La calle es de todos. DHP y actúa.
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