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Hitler en México
Aquellos que quieren eliminar la pasión y las discusiones de la política para buscar mayorías y consensos absolutos se enfrentan a un problema mayor: el hecho de encontrar pactos a toda costa parece marginar las diferencias. Cuando todo es igual entonces viene la ausencia: estamos ante un agujero susceptible de ser llenado por otra clase de formas más siniestras, más retorcidas, inclinadas hacia la exclusión.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
1 de julio, 2014
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Por: Guillermo Fajardo (@bosh_89)

La democracia se ha convertido en un bostezo. Los políticos parecen ser, en el mejor de los casos, unos simuladores: especialistas al servicio de la palabrería. Se debate en las Cámaras sin ningún resultado concreto, se ralentizan los sufragios democráticos gracias a opciones cada vez más similares, no existe una clara frontera –excepto en los discursos y en las formas de aglomeración y convocatorias ciudadanas- entre la izquierda y la derecha: es como si el espectro político se convirtiese en una tabla en donde las astillas y los recovecos es lo único diferenciable de un objeto que ha devenido homogéneo. La política, a fin de cuentas, se conforma por una palabra: nosotros.

La aparición del Movimiento Nacional Mexicano del Trabajo, organización neonazi integrada por jóvenes panistas, no es algo que deberíamos tomar a la ligera. Más allá de las críticas y del repudio hacia un movimiento–el nazismo- que aún parece chapotear en algunas aguas del mundo, esta tendencia representa la respuesta a un fenómeno que la politóloga belga Chantal Mouffe había advertido: la falta de un verdadero antagonismo democrático cuya pulpa le genere al elector un sentimiento de pertenencia a determinado partido político. Las opciones partidistas de hoy en día representan una anemia compartida de flaquezas sin ideas.

Este nuevo fenómeno, que aparece en las ultra derechas europeas modernas con un tufo de xenofobia, parece reaccionar ante el lema que dictamina que el consenso y el modelo neoliberal es la única alternativa viable en este mundo. Por eso, explica Mouffe, otras formas de identificación han surgido en el horizonte: parece como si el electorado, horrorizado ante la homogeneización de las opciones políticas, buscase en la ultra derecha populista un mensaje de redención político que hurgue desesperado, entre las montañas de lo igual, el encuentro de una potente voz, de una gran política, de un mensaje nuevo o un discurso que no predique las mismas metas, las mismas fórmulas bajo las mismas voces.

Aquellos que quieren eliminar la pasión y las discusiones de la política para buscar mayorías y consensos absolutos se enfrentan a un problema mayor: el hecho de encontrar pactos a toda costa parece marginar las diferencias. Cuando todo es igual entonces viene la ausencia: estamos ante un agujero susceptible de ser llenado por otra clase de formas más siniestras, más retorcidas, inclinadas hacia la exclusión. Es decir: en política el desacuerdo es necesario. Cuando se borran las diferencias entre “ellos” y “nosotros” surge la necesidad por otras opciones que nos vengan a recordar que la política sigue siendo confrontación de opciones.

Al PAN no le ha ido bien en las últimas semanas: por un lado, la Comisión del Senador José María Martínez parece ser, más bien, una última ofensiva conservadora para volver a poner en la mesa ciertos temas que lucen cadavéricos.El conservadurismo no debería ser un ancla sino una pregunta: moderación, comedimiento, reservas. No hay que avanzar sin antes palpar. Por otro lado, la aparición de este movimiento de jóvenes parece adivinar un conflicto que, tarde o temprano, el PAN tendrá que enfrentar: la depuración de esta clase de cuadros no va con la impronta de humanismo y sacrificio político que parece atado a sus raíces. El PAN parece ir perdiendo la herencia cultural que le dejó ser oposición.

Hannah Arendt se sorprendió por el hecho de que las razones de Eichmann ante el exterminio judío, eran, a lo sumo, banales. Esta simplificación del mal, encarnada en la burocracia, perpetuada por una firma, establecida en un sello, compartida en un oficio, representa la transgresión más absoluta hacia la crítica y sus consecuencias. Es por eso que la pluralidad y la democracia tienen que ir acompañadas de resonancias, ecos y vozarrones que la mantengan viva. Lo que propone Mouffe no es la exterminación del consenso sino su crítica: llenar espacios de pasiones políticas para impedir el acomodo de ideologías comprometidas con el exterminio. La pluralidad es un escudo.

La democracia es un sistema que no funciona en el silencio. Mejor una algarabía a un pacto de mudos: la fórmula para impedir que ciertas ideologías secuestren el espacio político es comenzar a disentir, otra vez, entre nosotros.

El debate también es una opción política.

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