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Por Dejemos de Hacernos Pendejos
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La guerra por los ciudadanos
¿Por qué si el espacio público tiene tan mala reputación todos parecen tener electores que lo llenan?
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
17 de julio, 2014
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Por: Guillermo Fajardo (@bosh_89)

El parto de tres nuevos partidos políticos en México nos habla de una democracia fragmentada y predispuesta a encontrar simpatizantes donde no los había y proyectos donde antes escaseaban. La democracia luce dispareja en este país: mientras que los tres principales partidos políticos parecen cada vez más homogéneos, se suponía que estas tres nuevas agrupaciones irían a matizar un poco este secuestro ideológico. Un doble fenómeno parece apuntalar las decisiones ciudadanas de crear nuevos rostros, nuevos poderes, nuevas oportunidades: por un lado, la falta de interés hacia la política seduce a unos cuantos para presentar proyectos alternativos –que ahora sí darán el campanazo- sin darse cuenta que estos nuevos grupos lucen cansados desde el principio. ¿Por qué si el espacio público tiene tan mala reputación todos parecen tener electores que lo llenan?

La fricción política que estos partidos van a provocar en las elecciones intermedias es síntoma de un sistema dadivoso y flexible. En México, la democracia es un regalo abocado a las tentaciones: apenas conseguido el registro, dos de estos nuevos partidos -Encuentro Social y Partido Humanista- ya tenían dos procedimientos por irregularidades.

MORENA es la conclusión de un proyecto personal, faraónico y paranoide. AMLO sigue representando –a mucha menor escala- a una víctima: ¿por qué seguimos perpetuando a un personaje que ha hecho de la política un encuentro inevitable con la actuación? La cúpula que es AMLO lo ha llevado al absurdo de ser el único político que perdiendo gana a una serie de adeptos que confían en su redención. AMLO no quiere ganar porque eso trastrocaría su fórmula de manera definitiva: del político que señala pasaría a ser el funcionario que explica. Eso no va con su carácter. López Obrador quiere seguir perdiendo lo necesario para continuar azuzando a los otros lo suficiente. El lenguaje –ya muy manido- usado para explicar este fenómeno se acerca más a la devoción religiosa que a la discusión pública. A López Obrador solamente puede tratársele como beato.

El Partido Encuentro Social demuestra que el conservadurismo mal entendido sigue haciendo mella en la mente de muchos: el matrimonio homosexual y el aborto deberían ser temas de interés exclusivo de los historiadores. Preocupados por seguir una línea de restricciones absurdas y de un decálogo anticuado, el dirigente de Encuentro Social, Hugo Éric Flores Cervantes, insiste, en su confusión política y santidad velada, que “…hay muchos ciudadanos que profesamos esta religión, pero que por cierto hoy somos minoría en esta organización política (…) No somos un partido religioso, al contrario, somos un partido liberal”. Habría que decirle que un partido verdaderamente liberal no se metería en la bragueta y en la ropa interior de sus ciudadanos: defendería las decisiones de cada uno y combatiría para que la organización estatal no se meta en la vida privada de sus habitantes. La caldera del pecado se disfraza de liberalismo para montar un espectáculo bastante mal organizado de expresiones rancias que huelen a viejo. La tradición pretende seguir imponiéndose por arriba de las decisiones personalísimas que deberían pertenecer a cada uno. Hay temas más importantes que la estabilización de las tradiciones: a quien amar y cómo y cuándo procrear no es un asunto de Estado. Vaya política pública la que invierte dinero público para inquirir, castigar y exponer decisiones privadas.

El Partido Humanista busca, como lo dijo uno de sus dirigentes, Irys Salomón, “tener un partido para tener voz, el movimiento campesino está subordinado a la clase política y necesitamos un instrumento electoral; la partidocracia se reparte el presupuesto social en la cámara y no le queda nada al movimiento campesino”. Sus propuestas y estatutos brincan de un lado a otro, sin una formación o aglomeración del rumbo que los comprometa frente a la ciudadanía. Caen en la misma trampa de muchos porque piensan que subir las penas de prisión sin una actividad judicial responsable, con una policía de investigación infantil, mirándose el ombligo y castigada en las mazmorras y con tasas de impunidad como castillos, ayudará a combatir la corrupción: “Vamos a promover que todo funcionario público al que se le comprueben actos ilícitos se le inhabilite de por vida, y en el caso de ministerios públicos, agentes de seguridad pública o jueces ligados al crimen organizado que se les dicte cadena perpetua, como ejemplo serio de la impartición de justicia”. Al que delinque no le importa lo que la ley establezca sino cómo se aplica.

Estos tres partidos políticos no son nuevos. Mientras que uno es la continuación de un estampa ya conocida –AMLO-, otro parece querer continuar con la ofensiva conservadora que no ceja en su intento por querer controlar decisiones que no le corresponden, y otro más con la certeza de que la legislación estática, puesta en letras de oro, es el mejor monumento contra la corrupción.

Otra vez las autoridades ganaron la partida. Se ha vuelto demasiado fácil aprovecharse de un nombre, hacer eco en los abismos, comenzar a imprimir volantes y constituir un partido político. La decisión de mantenerlos atados al dinero público ya no está en nosotros sino en qué tan bien cabildeen para torcer otra vez el sistema y amoldar los requisitos a sus intereses.

Buen provecho.

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