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La política al revés
A pesar de este discurso moralizante a veces, cursi otras, Layda Sansores y Gerardo Fernández Noroña nos recuerdan que la política debería ser precisamente eso: un espacio afirmativo de pasiones que chocan, de encuentros discursivos que prendan fuego, de ideas que se desparramen. A este Gobierno le hace falta eso: algún funcionario sagaz, capaz, que saque la cabeza por el Presidente, que venga a defender un proyecto.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
2 de diciembre, 2014
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Por: Guillermo Fajardo (@GJFajardoS)

Tiene el mismo lenguaje político que Gerardo Fernández Noroña cuando fue diputado. El discurso de la senadora Layda Sansores es un recurrente signo de interrogación: preguntas hechas al aire, vehementes, afiebradas, apuradas por desenmascarar lo que la crisis en turno promueva. A algunos les puede parecer ofensivo, intimidante y poco institucional. A otros les puede parecer demasiado poco, y es que el discurso incendiario a veces parece más una táctica expiatoria para el orador que una revuelta concreta para los cambios que necesitamos. A pesar de sus yerros y aciertos, ambos legisladores comparten una característica que a este Gobierno parece faltarle: la indignación.

Ignoro si tanto Fernández Noroña como Layda Sansores creen objetivamente en lo que predican. No sé si su estrategia sea pararse en la tribuna y señalar, mediante un lenguaje de pecho hacia afuera, lengua desenrollada y desnudo de apelativos institucionales, las carencias del poder, la ineptitud política de los funcionarios o el despojo continuo a una sociedad crispada y escaldada nada más porque eso les abona decencia y decoro político. Mientras que Fernández Noroña se dedicó a atacar al PAN Gobierno recordando en cada uno de sus discursos la presidencia robada, la senadora Sansores va por el mismo camino –y uno bueno-: no pierde oportunidad para volverse incómoda y recordarle al PRI que su innegable estupidez proviene de un inquilino que, como Presidente, sigue sonriendo porque no ha dejado de ser una marca, y como funcionario sigue pasmado porque ha sido demasiado negligente como para acabar con los privilegios, empezando por su propio cuento de hadas.

Ambos nos recuerdan que la política debería ser precisamente eso: un espacio afirmativo de pasiones que chocan, de encuentros discursivos que prendan fuego, de ideas que se desparramen. A este Gobierno le hace falta eso: algún funcionario sagaz, capaz, que saque la cabeza por el Presidente, que venga a defender un proyecto. A pesar de este discurso moralizante a veces, cursi otras, lo cierto es que estos dos legisladores insisten en temas que, extrañamente, luego se nos olvidan: los millones de pobres, la nula recaudación fiscal en los estados, la corrupción gubernamental, los jóvenes sin universidad ni trabajo, los grandes empresarios que no pagan –en su opinión- suficientes impuestos, etcétera. La política provecta de estos dos legisladores recluta creyentes porque están haciendo bien su trabajo: el PAN ha dejado de ser oposición y el PRD necesita de un gran cambio para volver a serlo. No es que dirigirse con decoro a los funcionarios no abone a un diálogo (Fernández Noroña siempre se refirió a los secretarios del ex presidente Felipe Calderón como “empleados”) sino que cierto grado de afrenta es necesario para avivar esta política de baja resolución, tirándole al gris, apaciguada, resfriada, reservada: cobarde. A los senadores priistas les parece demasiado ofensivo el lenguaje de Sansores así como a los panistas les parecía demasiado directas las palabras de Noroña.

Parece que se ha olvidado que la política no es diálogo civilizado sino más bien una conversación entre contrincantes: esta lambisconería legislativa de palabras suaves en las comparecencias no representa el ritmo agitado que debería ser la política. Lo que Noroña y Sansores quieren –me parece- no es tanto denunciar como encontrar adversarios: su principal producto político es envalentonar a esta duermevela en la que el Congreso y el Gobierno parecen estar; les indigna más ese territorio de veladores de tumbas en el que se ha convertido nuestra política que cualquier otra cosa.

El desgano presidencial combinado con un discurso más o menos autoritario y que vacila entre la abulia y el sojuzgamiento, contrasta con la fiereza con la que Sansores y Noroña denuncian. Nos pueden parecer incómodos, prematuros en sus juicios, parciales y sesgados, pero no innecesarios. La política no es, como parece pensar Peña Nieto, un premio: es un padecimiento.

 

@DHPMexico

 

 

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