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La revuelta de la corona
Los Legionarios han creado una generación de ricos que piensan que la opulencia es una virtud por sí misma: estamos ante una prole de jóvenes cuyo desprecio se extiende a su propio dinero, pues lo dan por sentado. Se han vuelto tan frívolos y se han colocado en una esfera tan alejada de la realidad, que piensan que el desprecio de las masas es una cuestión de envidia y no de innovación empresarial u oportunidades educativas perdidas. En lugar de irse a Harvard o a Yale, prefieren quedarse en Las Lomas.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
8 de abril, 2015
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Por: Guillermo Fajardo (@GJFajardoS)

Los Legionarios de Cristo son una organización secreta y con una jerarquía tan extendida y pública del valor del mismo, que sorprende que su estricta burocracia no haya cedido a la tentación de sabotear cualquier intento de admonición. De alguna forma los Legionarios han admitido sus errores cuyas consecuencias parecen no tener eco en los oídos de sus alumnos. Miembros de familias privilegiadas –este adjetivo en México posee un matiz peyorativo a pesar de las consecuencias positivas que podría conllevar- se han visto asediados por análisis sesudos aunque primerizos (ahí está el excelente libro de Ricardo Raphael), por olas de indignación en redes social –que cada vez se parecen más a una especie de salvajismo vacuo- y por críticas que, francamente, no atacan el corazón del problema porque suponen que las élites temen perder el respeto que la ciudadanía les tiene –o tenía.- Basta ver el llamado moral, necesario, qué duda cabe, que Ariel Rodríguez Kuri hace en este artículo para darnos cuenta que necesitamos encontrar otro tipo de recoveco que a les ayude a entender a las élites que su papel modernizador y de liderazgo no es únicamente un contrato vano de promesas al futuro con ecos moralizantes que no pueden entender. Han vivido demasiado tiempo en el privilegio como para darse cuenta que el honor es un arma que los fortalece.

México se encuentra hundido en la mediocridad económica y política que nos apuntala como nación en parte porque sus élites no han sabido diversificar sus opciones. Parte del problema es que los Legionarios de Cristo se han encargado de crear un crisol sumamente potente y superior –o eso creen ellos- de jóvenes que piensan que pertenecer a ellos es ya, desde ese momento, un signo distintivo de algo que los demás no podemos ver.

El reciente video de los estudiantes del Cumbres nos hace ver el empeño que tienen estos jóvenes en demostrar una virilidad material –el del año pasado- o una masculinidad heredada que permite calificar, como en un circo, los actos más o menos graciosos de mujeres que aspiran a pertenecer a una clase social o quizá a un entorno que por el momento no poseen. Signos catastróficos e invisibles de una sociedad que se los ha permitido. De nuevo: los Legionarios de Cristo se encuentran en el corazón de este problema. La principal defensa que he escuchado respecto a lo que hacen o dejan de hacer estos jóvenes es que dicen, una y otra vez, que es su dinero y que pueden hacer con él lo que quieran. Esto es cierto, ¡faltaba que les dijéramos que para tener una pizca de honor necesitan donarlo o hacer cosas útiles con él! Pero también lo es que cada vez más nos damos cuenta que los actos privados tienen consecuencias públicas. Ahí está La Casa Blanca de Enrique Peña Nieto o el despido de Carmen Aristegui. No se les pide que renuncien a sus privilegios o viajes sino que se asuman élites. Los argumentos moralizantes de responsabilidad ciudadana no apelan a la conciencia de nadie y menos a un montón de machos de cantina, imberbes y algo frágiles. Los Legionarios han creado una generación de ricos que piensan que la opulencia es una virtud por sí misma: estamos ante una prole de jóvenes cuyo desprecio se extiende a su propio dinero, pues lo dan por sentado. Se han vuelto tan frívolos y se han colocado en una esfera tan alejada de la realidad, que piensan que el desprecio de las masas es una cuestión de envidia y no de innovación empresarial u oportunidades educativas perdidas. En lugar de irse a Harvard o a Yale, prefieren quedarse en Las Lomas.

De seguir el mismo camino, estos muchachos perderán rápidamente ante otros más sacrificados, talentosos y competitivos. Creer que pertenecer a la Anáhuac o al sistema de los Legionarios de Cristo lo aparta a uno del mundo globalizado y feroz que tenemos, es equivocado. Hasta el Dios católico tiene que competir ante otros. Es más cómodo para los Legionario y sus directores hacerles creer a sus estudiantes que son especiales simplemente por estar ahí. Pertenecer a una red de privilegiados es su característica más atractiva. La pose, el acento que alarga las palabras: características rastreables a un modo de vida que más que escapar del México en el que viven pretenden extraer, a través de marcas o escapadas espontáneas, sentirse ciudadano de otro país sin posibilidad de pertenecer a él. Hablar de París o Madrid con naturalidad se ha vuelto la marca indeleble del fraseo del dinero.

A estos jóvenes hay que hacerles ver que si no adoptan el papel que les corresponde serán reemplazados por otros con más talento, más ganas y más innovación. Es por su bien. Si el Mirreynato pretende seguir ungiéndose la corona, más vale que entiendan que los lujos también tienen que defenderse y justificarse. Decir que no es justo que hayan nacido privilegiados es caer en una trampa retórica y en un hecho inmodificable. Hacerles ver que pueden y deben ser reemplazados por élites más responsables que traigan beneficios es lo importante. En el momento en que México destruya los cuellos de botella económicos que nos aprisionan, en ese momento los consumidores se darán cuenta de las ventajas de un mercado y un gobierno abierto, democrático, exitoso. En ese momento estos jóvenes sucumbirán ante empresarios que se preocuparon por innovar, crear y transmitir ese esfuerzo y ese liderazgo hacia otros.

El mirrey se ha vuelto tan fláccido y macilento que le cuesta ponerse la corona. Esa será la consecuencia más inmediata de su ostentación y su carácter estático. No se le va a caer: se la van a quitar.

Y no falta mucho.

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