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La sonrisa de la corte presidencial
El problema con las buenas noticias es que tienen que cumplirse. Este Gobierno parece tenerlas, pero no las sabe implementar.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
16 de junio, 2014
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Por: Guillermo Fajardo (@bosh_89)

Después de una campaña de tensa calma y de extenuante confrontación con ciertos sectores de la sociedad, el Presidente Enrique Peña Nieto se encuentra obsesionado con ser visto como un reformador. Los platos rotos que provocó el serio aterrizaje de la campaña de Peña a Los Pinos confirmaron que el Presidente está preocupado por moverse de los pantanos de la contienda electoral a la estabilización de su puesto como líder nacional. La política es el encuentro entre una figura y una idea. Peña Nieto ha sabido construir la imagen, pero no trastrocar el fondo.

No es que el Presidente sufra de golpes mediáticos que lo desdibujen –estamos ante un sexenio de crítica apagada, constante pero agripada: pareciere que los enojos se expresan entre estornudos-, sino que parece que el huésped de Los Pinos está frente a una ola de optimismo autoimpuesto. Ejemplo de ellos son las apuradas cifras de crecimiento económico que cada determinado tiempo tiene que desmentir, la ambigüedad michoacana respecto a las autodefensas y la reforma energética como una alberca de concreto que ya tiene trampolín y hasta nadadores. El problema con las buenas noticias es que tienen que cumplirse. Este Gobierno parece tenerlas, pero no las sabe implementar.

No es ningún error que un Gobierno aplauda sus logros y los presuma, sino que los modifique a marchas forzadas. Si el principal error de comunicación en el gobierno del Presidente Felipe Calderón fue el de no saber transmitir lo que el Gobierno hacía, en el de Peña parece ser no saber comunicar a tiempo lo que la administración ha puesto en una sola cubeta, desgarbada y apelotonada: muchas promesas, inmoderado impulso, desbordante vigor. La vitalidad de la imagen de Peña Nieto contrasta con los resultados de su Gobierno. Pienso que estamos ante el primer sexenio de un Presidente que todavía no sabe que lo es: el maniquí sigue igual, solo que sentado en una silla distinta.

Por un lado, la aparición del Presidente en las portadas del Time y de Roling Stones provocan, hacia afuera, una imagen positiva: es decir, la de un jefe en funciones, con salud –basta leer En el poder y en la enfermedad de David Owen y publicado recientemente en Siruela para darse cuenta que un Presidente, un Jefe de Estado o un Primer Ministro enfermo suele ser un tema bastante delicado-, y con aspiraciones de cambio. Hacia dentro, por otro lado, y en el caso específico de México como un país con medios cada vez más abiertos y una especie de descontrol virtual a la hora de publicar malas noticias, Peña Nieto parece un bufón malbaratando los votos de la clase media y “comprando” vía Pacto por México a nuestra exangüe clase política. Esta combinación de factores provoca que al Presidente se le vea como alguien que busca adormecer a sus contrapartes políticas a la vez que guarecerse de cualquier insulto con su cara plasmada en determinadas portadas. Aluvión político por un lado, aplauso mediático por el otro.

Creo que el reto principal del Presidente en cuanto a la imagen que proyecta radica, no en su bufonería, filias políticas o la comezón autoritaria que algunos insisten en no perdonar, sino en que luce demasiado vital, demasiado joven y con demasiadas ansias. Irónicamente, el papel del transformador le queda grande cuando insiste en ponerse el traje del actor: es un error salir en las portadas de revistas relatando, con efectos especiales, profecías de cambio político y económico, cuando es sabido que el anunciar revoluciones no provoca inmediatamente la implementación de todas las mudas, todos los pactos y todas las pieles.

El Presidente Peña Nieto tiene que quitarse las luces de la cara y empezar a transformarse, desde adentro de Los Pinos, con seriedad: firmar papeles, convencer a líderes, dejar de actuar. Si bien es cierto que a Peña se le ve cómodo en el puesto –Calderón aparentaba ser más Presidente, pero también más burócrata- su imagen parece demasiado chocante y lujosa: la moda presidencial de la despreocupación, el descorche y el confeti. Haría bien Peña Nieto en ponerse corbata negra, apagar la sonrisa e iniciar el descenso.

La imagen presidencial también pasa por los silencios.

 

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