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Lo que Peña Nieto tendría que aprender de Murdoch
El poder se convierte en un aparato infructuoso cuando carece de una crítica que señale sus simas y le tienda la mano para rehacer caminos pedregosos: de nada le sirve a Enrique Peña Nieto un partido obediente que mira pasmado cómo las encuestas de aprobación no le alcanzan ni para sacar la cabeza.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
29 de diciembre, 2014
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Por: Guillermo Fajardo (@GJFajardoS)

El gobierno de Enrique Peña Nieto sigue sin admitir la crisis política en la que se ve inmerso, en parte porque la verticalidad del PRI impide un reconocimiento explícito del escándalo. Se ha dicho que la oposición, encabezada por el PAN y el PRD, es en parte responsable de la impunidad presidencial y de sus allegados, pero también la falta de una mitad candente dentro del propio PRI que busque señalar los errores del Presidente. El poder se convierte en un aparato infructuoso cuando carece de una crítica que señale sus simas y le tienda la mano para rehacer caminos pedregosos: de nada le sirve al Presidente un partido obediente que mira pasmado cómo las encuestas de aprobación no le alcanzan ni para sacar la cabeza.

The Economist acaba de publicar un artículo en el que se explica la razón primordial por la que Rupert Murdoch, el magnate que posee medios de comunicación alrededor del mundo, salió airoso después del escándalo de espionaje en 2011: dividió su imperio. Al igual que esta lección aprendida por el millonario, Peña Nieto tiene mucho que imitar, empezando por dividir su gobierno en uno incluyente en donde todas las fuerzas políticas estén representadas. La idea no es descabellada, especialmente porque Peña Nieto ha probado ser un presidente extraordinario –para bien y para mal-: la serie de reformas con la que inició su mandato demostraron empuje y energía que después se desplomaron en un abismo incierto de corrupción, ineptitud y escándalo. Ahora la oportunidad está puesta para que el Presidente haga algo inédito que resultaría beneficioso para su gobierno, al menos para volver a levantarse: coalición gubernamental expresada en puestos públicos para poderes disímbolos o, al menos, diferenciados. Es hora de armar un gobierno con políticos de todo el espectro partidista.

El gesto no sería menor: en primer lugar podría mitigar esta imagen de gobierno rapaz que afecta intereses públicos para fortalecer fortunas privadas, empezando por la del Presidente. En segundo lugar Peña Nieto tiene que valorar si mantener a Luis Videgaray como secretario de Hacienda es un costo que está dispuesto a asumir: el priismo es tan obediente que las cadenas de corrupción también se respetan. Si el Presidente lo hace, entonces también sus subordinados. Angélica Rivera es ahora también una cadena pesadísima para Peña Nieto, empezando porque fue este quien la mandó a justificar una operación inmobiliaria que luce turbia y poco y mal explicada: la esposa del Presidente es una extensión del escándalo porque indigna, y es que a la clase media de este país parece molestarle más el aprovechamiento privado que la ineptitud pública.

Este gobierno sigue estático, demasiado confiado en el inicio de año como comienzo nuevo cuando no es sino la continuación de una política enclenque, sucia y anticuada. El PRI de las revistas internacionales es una burda caricatura que nadie se ha encargado en desmentir.

Al igual que Murdoch y su imperio dividido, el PRI tiene que comenzar a improvisar con algunas medidas que lo ayuden a bruñir el brillo perdido. Lo cierto, sin embargo, es que este gobierno está perdido: a Peña Nieto y a Videgaray les queda la opción de sujetarse a una investigación seria o enfrentar las consecuencias de su opacidad, que no es más que llevar a México de la mano para entregar el país pacíficamente, sin demasiados compromisos, sin demasiadas crisis, sin demasiados cambios. El discurso de los dos funcionarios más importantes del gobierno sonará falso, hueco y no hará más que confirmar que habrá que esperar hasta 2018 para que la ciudadanía pueda tener su revancha. Por gobiernos como este, abatidos desde el principio por hoyos que no consiguen tapar, la idea de tener periodos presidenciales de cuatro años no suena, tampoco, descabellada.

El hecho de contar con un Presidente envuelto en escándalos, viviendo en la realidad palaciega de obras públicas y fotografías, con una familia presidencial que no quiere rendirle cuentas a nadie, con un secretario de Hacienda también envuelto en este circo de impunidades, y con un panorama de mediocridad económica y política, hace pensar que a México le espera más de lo mismo: crisis continuada, política convencional, poder diluido, nula autoridad moral, oposición vuelta complicidad, reformas empobrecidas, gabinete presidencial alelado, esposa comprometida: democracia para después.

 

 

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