Los signos de la pólvora - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
El blog de DHP*
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
DHP* nace a partir de un estado de ánimo, una sensación de hartazgo, de cansancio y frustració... DHP* nace a partir de un estado de ánimo, una sensación de hartazgo, de cansancio y frustración. El objetivo es convertirlo en una actitud positiva hacia la vida. Nuestra misión es construir un movimiento social que nos responsabilice y organice como ciudadanos, con el poder individual y colectivo para transformarnos los unos a otros y desde el interior de nosotros mismos, en una sociedad más feliz que trabaja cada día por un país más justo. (Leer más)
Los signos de la pólvora
Los republicanos claman por su derecho a portar armas como si estuviesen en medio de una guerra civil sin precedentes. Los demócratas se instalan en el discurso -que ya se está volviendo cínico- del control armamentista. El miedo es el gran olvidado de esta narrativa.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
13 de octubre, 2015
Comparte

Por: Guillermo Fajardo

Cada vez se trata menos de las víctimas. Es como si la mención de sus nombres -repetidos, incansablemente, como la respiración del tren que avanza inexorable en las vías- los hiciera cada vez más espectrales, fantasmales, adormecidos. A los tiradores, en cambio, se les recuerda con horror y fascinación. Siempre es lo mismo: el vecino que declara atónito que el tirador era un buen chico, que era algo distraído, raro, solitario, religioso, conservador, etcétera. Las víctimas no son dejadas de lado sino más bien exacerbadas al punto que se encuentran excluidas del discurso: en las cada vez más comunes masacres americanas, en donde un fulano se mete a cualquier lugar a disparar, los nombres de las víctimas son recordatorios -de algo- pero no mucho más. La memoria de su muerte está ensombrecida por la violencia -aparentemente vaciada de racionalidad- ambigua del tirador. Ellos están en función de él y no viceversa: el asesino los instrumentalizó para sus fines y, por ello, son víctimas sin sentido.

¿Cómo asignarles un espacio de rebelión, de redención, de humanización? Es irónico cómo es que la sociedad estadounidense se polariza entre aquellos que piden un control más estricto de las armas y otros que piden un control más estricto de las personas. No hay término medio. Los republicanos claman por su derecho a portar armas como si estuviesen en medio de una guerra civil sin precedentes. Los demócratas se instalan en el discurso -que ya se está volviendo cínico- del control armamentista. El miedo es el gran olvidado de esta narrativa. La visión que los estadounidenses tienen del mundo que los rodea está llena de teorías conspiratorias -a veces auspiciadas desde Hollywood, series de televisión, etcétera- cuyo plan divino consiste en planear continuamente la perdición americana y/o el vecino amable que de pronto se convierte en un ser violento.

¿Por qué precisamente en Estados Unidos ocurren estas matanzas? Por supuesto, porque conseguir armas es fácil pero, ¿qué más? Los abusos en la infancia, la violencia en la adolescencia, el retraimiento emocional, la búsqueda de identidad, la carencia de modelos adultos, visiones religiosas trasnochadas, ideologías raciales venenosas, una política del miedo extendida: etcétera. La constelación de opciones a elegir es inconmensurable. Por supuesto, la violencia varía de sociedad en sociedad. En Estados Unidos cobra vida a través de hombres que cruzan una puerta y sueltan ráfagas a quienes se les pongan enfrente.

El universo de signos que conforman al tirador puede explicarse desde la sociología, la psicología y desde muchas otros dispositivos. Pero, ¿qué hay de la cultura? ¿Pueden ser los tiradores una afirmación americana de lo que esta sociedad es?

Recordemos a Slavoj Žižek:

Abu Ghraib no fue simplemente un caso de la arrogancia americana hacia las personas que pertenecen al Tercer Mundo: al ser sujetos a torturas humillantes, los prisioneros iraquíes fueron efectivamente iniciados en la cultura Americana. (…) Lo que estamos recibiendo cuando vemos las fotos de los iraquíes humillados en nuestras pantallas y primeras planas es precisamente una visión directa de los valores americanos, en el centro del obsceno entretenimiento que sostiene la vida americana.

Los tiradores son una expresión tardía de una identidad que no encuentran. Llegar a los Estados Unidos es darse cuenta que la hospitalidad es marca de la casa pero siempre bajo la condición de tu homogeneización, de tu americanización forzada. El multiculturalismo es, en el fondo, un mito: aquí todos son uno mismo. Los tiradores también. Su extrañeza proviene de un ambiente cultural que no permite el contacto con el otro. El individualismo extremo, este capitalismo de competencia sin freno, esta economía sin fronteras que no para: en el centro del torbellino occidental se encuentra un individuo a la intemperie, solo, marginado, igual. No hay afirmación individual posible a pesar de que el individuo es, irónicamente, el impulso de este sistema económico que no es posible contener. La persona es machacada, triturada y regurgitada por la escalada mediática que no deja de producir famosos, inventos, costumbres, leyendas. No hay espacio para pensarnos.

¿Es verdad de Perogrullo afirmar que la invisibilidad que produce este sistema en determinados individuos los lleva a querer los reflectores por medio de esta violencia sin control? ¿Representa el tirador una expectativa castrada de reconocimiento social, mediático? Algo así escribió Mary Ann Weaver en el periódico The New York Times, al preguntarse por qué tantos jóvenes europeos han comenzado a engrosar las filas del Estado Islámico:

Obama no sabe lo que un gerente de 25 años Primark hace, pero si él va a Siria y se involucra con el Estado Islámico, él pasa de ser el gerente de una tienda de ropa de segunda mano a ser alguien que le da dolores de cabeza al Presidente de los Estados Unidos.

El talento que se desperdicia o que no existe, las oportunidades laborales cortadas por un sistema que premia el ingenio, la innovación, el aprendizaje, la información (valores que no todos poseen) logra que miles de jóvenes no sean tomados en cuenta y que, por ende, no encuentren un rumbo cultural que los afirme y que les demuestre que son valiosos. En el centro de la pólvora se encuentra una identidad fracturada y deseosa de ser recuperada. Por supuesto, este no es el único factor que contribuye a la alienación y consecuente explosión violenta del individuo sino más bien uno que a menudo olvidamos.

Los obituarios de las víctimas dirán que sus vidas fueron súbitamente cortadas por un acto sinsentido. ¿Cómo darles a ellas, que ya no hablan, lengua y habla? Es necesario articular un discurso para recuperarlas del vacío en el que cayeron. No sucede así con los soldados norteamericanos que murieron por el país, pues el sentido de su muerte les da cierta racionalidad a sus acciones, a su destino, a su proyecto de vida. Alguna institución los recuerda y hasta los monetariza. Los muertos por estas masacres obviamente no dieron su vida por el tirador, no lo conocían, no sabían que dentro de su comunidad existía la posibilidad de una venganza espontánea, súbita, disfrazada. ¿Cómo hablar de sus vidas sin hacer referencia a ese momento que los marcó o al menos de explicárnoslas sin ese final?

La gran tragedia de las víctimas que mueren con el tirador -pues aunque viva ya agotó sus recursos para recuperar su identidad, que sigue siendo invisible, ya que no entendemos sus motivaciones- es que se encuentran sentadas detrás del homicida: el morbo americano por la sangre ha llevado a este país a la hipérbole sinsentido de proteger la propiedad privada (¿es universal la imagen del texano que sale con su escopeta a ver quién se metió a sus terrenos?) o la integridad personal de esos monstruos sanguinarios que, irónicamente, ellos mismos crean. La circularidad es terrible, pues se anuncia cuando las masacres ya han ocurrido y cuando se alimentan con el miedo conservador al Otro y la hipocresía liberal de las palabras y la indignación presidencial que no produce otra cosa más que los compasivos y lambiscones aplausos de los que ven al Presidente llorar y afirmar que “ya es suficiente”.

Esto ya no es pesadilla: es espectáculo.

 

@DHPMexico

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.

close
Información verificada del COVID-19 #CoronavirusFacts