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Los sucios rincones de la política
Al nuevo PRI no le importa parecerse más a su electorado o siquiera hurgar en sus modos de vida. Esta nueva política no es ya la del marketing televisivo sino la del brillo frecuente, el lujo inmerecido y el patrimonio mal habido.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
26 de enero, 2015
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Por: Guillermo Fajardo (@GJFajardoS)

Las formas del PRI de presentarse ante la sociedad ya no buscan mimetizarse para adquirir un relumbrón que los acerque a los votantes, sino más bien que los aleje de un posible tono gris que a nadie atraiga. El caso más paradigmático de esta manera de salir a relucir es Manuel Velasco y la corte televisiva que lo circunda, aunque sea a nivel local. El marbete del político que aspira a la Presidencia de la República y que inunda las calles de otros estados (el Distrito Federal asediado por la cara del político chiapaneco fue una premonición terrible de un futuro dado a repetirse) insta a verlo como una decoración política insuficiente y quebradiza que aun así tiene posibilidades de ganar. En México se ha vuelto demasiado fácil destilar seguridad política, amabilidad para con el elector y una buena dosis de adrenalina cada vez que aparecen en televisión.

A los políticos de esta estirpe les urge establecer una ilustre prosapia mercadotécnica que va de la pobreza de Chiapas con el frágil Manuel Velasco hasta el violento Nuevo León con el pasmado Rodrigo Medina. La descendencia de Enrique Peña Nieto no solamente abarca un próspero imperio inmobiliario (con la conveniente prórroga por parte de la justicia mexicana para investigar algún conflicto de interés) sino un abundante y robusto sistema de reproducción televisivo. A este nuevo PRI no le importa parecerse más a su electorado o siquiera hurgar en sus modos de vida. Esta nueva política no es ya esa del marketing televisivo sino la del brillo frecuente, el lujo inmerecido y el patrimonio mal habido.

Esta urgencia por el abrazo, la sonrisa en regla y las posesiones materiales se parecen demasiado a los excesos del narcotráfico, solo que avalados por un sistema político disfuncional y renegrido. A los grandes capos ya no les hace falta esconderse. Este maridaje –perverso, inútil, ventajoso- entre la televisión, el dinero y el poder ha dado vida a un nuevo tipo de político: una criatura obsesionada por ostentar, adolescentes con poder y con olor a menta, síntoma de un entorno político áurico y museográfico porque no se toca nada y se tiene que ver todo. La actitud de adolescentes jugando a ser mayores es la característica primordial de Peña Nieto y Manuel Velasco. Ya sabemos que no son muñecos porque saben moverse. Recuerdan, más bien, a la forma de hacer negocios de los decadentes Legionarios de Cristo: el aspecto privado de sus decisiones, la imagen de linaje con apellidos compuestos, el nulo compromiso social hacia una República paralizada.

Los recientes escándalos inmobiliarios del adolescente Peña Nieto y el bofetón del nervioso Manuel Velasco muestran el músculo de la ostentación: acostumbrados a la impunidad, ambos han confiado demasiado en sus redes de poder. Este modo de vida le está saliendo muy caro a Peña Nieto, que parece no tener prisa por recuperar el terreno perdido. Y ahora, demasiado asustado como para ni siquiera abrir la ventana, al Presidente se le encerrará más en la comilona de abrazos, recepciones de premios y en una agenda presidencial anonadada por la crisis que él mismo se encargó de empezar.

Tan apurado estaba el fértil Peña Nieto que no encontró mejor momento para empezar a hacerse de propiedades. En un país necesitado de ideas políticas y soluciones a largo plazo tenemos una caterva de empresarios (el Secretario de Hacienda ya se unió al club) hechos políticos cuyo mayor acierto ha sido conseguir buenos precios por propiedades exageradas. A los mexicanos nos queda verlos, que es lo que quieren.

La nostalgia por un presente distinto y un sexenio tirado a la basura es lo que nos ofrecen. No mucho más.

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