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México, Cuba y Estados Unidos: las oportunidades perdidas
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
17 de abril, 2015
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Por: Erik E. Gutiérrez Muñoz (@MausterChief)

El 17 de diciembre de 2014 los presidentes de Cuba y Estados Unidos, Raúl Castro y Barack Obama, tomaron al mundo por sorpresa al declarar de forma simultánea que, después de 54 años de alejamiento, ambos gobiernos tenían la intención de restablecer relaciones diplomáticas. El anuncio se dio luego de 18 meses de negociaciones secretas apoyadas por el Papa Francisco y el gobierno de Canadá, cuyas gestiones no dejaron de ser reconocidas en los discursos de ambos mandatarios.

Desde entonces y hasta ahora, el camino hacia la normalización de las relaciones sigue su marcha. El 11 de abril, durante la VII Cumbre de las Américas, se suscitó el histórico encuentro entre un presidente de los Estados Unidos y su homólogo cubano. Días después, el 14 de abril, Obama envió la documentación necesaria para retirar a Cuba de la lista de los países que apoyan al terrorismo, acción que no será efectiva sino después de un periodo de revisión de 45 días.

La historia, entonces, se escribe frente a nuestros azorados ojos y también, frente a los del gobierno mexicano, que se ha limitado a ser un simple espectador. Para muestra, un botón: el 10 de abril el presidente Enrique Peña Nieto dijo a la prensa internacional que México había “externado su disposición para contribuir con el proceso de normalización, si se considera conveniente”. Leyendo la letra fina de la diplomacia, el mensaje es claro: ninguno de los dos mandatarios expresó auténtico interés por el ofrecimiento del presidente mexicano.

Más aún, en su discurso de la Cumbre de las Américas, Peña Nieto dijo que México se “asume aliado del proceso de diálogo y entendimiento” entre Cuba y Estados Unidos. El mandatario repitió esta misma idea antes de abordar el avión presidencial de regreso a México. En este caso el verbo es clave: se “asume” lo que nadie ha confirmado. México tiene que asumirse a sí mismo como aliado e impulsor, porque nadie se lo ha pedido.

La negativa es comprensible. Por un lado, México pretende sumarse a un proceso que, después de más de un año y medio de negociaciones de alto nivel, rinde frutos de altísimo impacto político, histórico y mediático. La lógica es simple: si el proceso funcionó y funciona sin México, no hay razón para incluirlo, ni para hacerle partícipe del capital político que esto conlleva.

Por otro lado, es imposible dejar de lado que desde 1988, México ha seguido una política de paulatino alejamiento con Cuba. El clímax de la misma se dio el 22 de abril de 2002, cuando Fidel Castro hizo pública una grabación en la cual el entonces presidente mexicano, Vicente Fox, le pedía evitar atacar a Estados Unidos y retirarse rápidamente de la Cumbre de Monterrey, a fin de que Castro no estuviera presente al arribo del presidente George W. Bush. Después del vergonzante episodio conocido como “comes y te vas” —del cual Jorge Castañeda y Rubén Aguilar pretenden situar como autor intelectual a Kofi Annan— la relación entre México y Cuba nunca se recuperó.

Ahora, si bien la historia reciente no posicionaba a México como un aliado en el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos, los tiempos actuales y los factores que los rodean no podían escapar a la vista del servicio exterior mexicano. Esa instancia debió de recomendar previamente al Ejecutivo un acercamiento a Cuba en términos que superaran los meramente económicos. El no haberlo hecho resulta incomprensible; máxime cuando Barack Obama había hecho público desde hace años su interés por re-evaluar la relación de su país con Cuba.

La ley de inversión extranjera cubana de 2014 y la creación de la Zona Especial de Desarrollo de Bahía de Mariel debieron de encender los focos de alerta de la diplomacia mexicana. La cancillería debió de generar un análisis que indicara que la gradual apertura económica de Cuba hace más rentable políticamente un acercamiento ente la isla y Estados Unidos. Además, la potencial incursión al mercado cubano es un incentivo que los empresarios estadounidenses y sus lobbies en el Congreso no pueden pasar por alto.

Sin embargo, pareciera que nada de esto llamó la atención de la diplomacia mexicana, concentrada en acallar todas las voces que indiquen que México pasa por una profunda crisis de derechos humanos. Debido a esta miopía, se dejó escapar un triunfo diplomático que hubiera dado a propios y extraños, por fin, una razón por la cual aplaudir.

 

* Erik E. Gutiérrez Muñoz es Internacionalista por la UNAM e integrante del Frente por la Libertad de Expresión.

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