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Por Dejemos de Hacernos Pendejos
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"México ha tenido muchas noches tristes"
"Escribí La Noche Más Triste porque en el caso de Iguala y Ayotzinapa teníamos muchísimas versiones y todas en conflicto. Había versiones descabelladas (...) y algunos periodistas se escudaban en lo que decía el gobierno (...) Entonces me quedé pensando que necesitábamos una versión de los hechos más trabajada, y que buscara (...) qué se podía comprobar y qué no. Entonces, con toda la información que tenía disponible (...) traté de juntar todo lo que se pudiera confirmar, para poder armar un libro. Este libro es la búsqueda de lo que se pudo saber hasta ahora": Esteban Illades en entrevista con DHP México.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
7 de septiembre, 2015
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Por: Guillermo Fajardo

Comienza la entrevista cuando Esteban Illades llega y se acomoda en una silla y habla y lo saluda. Quizá no comienza ahí sino mucho tiempo atrás –la entrevista es un acto de la memoria pero también una disrupción en una vida–, cuando Illades –después de las leyes– se decantó por el periodismo, iniciando, como muchos antes que él –Guillermo Fajardo cree que el periodismo surge de la convicción íntima, obviamente, pero también social, de descubrir historias o ángulos o certezas a veces inconmensurables– un camino en el cual abrir el pasado o lo opaco no es necesariamente una forma de la verdad sino la iluminación de un pedazo de la misma. Si la literatura fabula para completar, el periodismo investiga para exponer. Illades estudió una maestría en periodismo en Columbia, trabajó en el Miami Herald, en el periódico Reforma y actualmente en la Revista Nexos. Coordinó la parte de seguridad y justicia del periódico Reforma, durante el sexenio de Felipe Calderón. Acaba de publicar La noche más triste (Grijalbo, 2015), uno de esos recuentos de los hechos que la historia nos reclama: la desaparición de 43 estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa.

(Este entrevistador lo interrumpe) ¿Tu experiencia en la nota roja facilitó la escritura de este libro?

Sí y no -contesta Illades- ya tenía cierta experiencia pero éste es un tema bastante fuerte, cuando tú cubres nota roja día a día o te vuelves muy cínico –que es algo que no me gustó– como muchos reporteros que conocí, o comienzas con insomnio, pesadillas: son las consecuencias de ver cadáveres todos los días. (Este entrevistador recordó en ese momento que Ernesto Sabato dijo algo sobre la nota roja. ¿Qué había sido?) La última semana de septiembre desaparecen los 43 estudiantes, específicamente la noche del 26 de septiembre y aquí en México nos enteramos uno o dos días después, y en los primeros momentos ni siquiera se decía que eran 43… sino 57 desaparecidos. Estábamos tratando de entender qué es lo que estaba pasando y de pronto nos dimos cuenta que no podíamos explicar qué era Iguala, qué había pasado allí, qué había pasado antes, quiénes eran los estudiantes y por qué habían desaparecido. (Se escucha el ronroneo de una motocicleta.) Entonces yo comencé a irme para atrás: a tratar de investigar qué era Iguala, y más que eso, qué es lo que estaba pasando ahí. Iguala es una ciudad de 110,000 habitantes, una ciudad grande, es la tercera ciudad de Guerrero. Te empiezas a ir para atrás y comienzas a ver que era un lugar realmente espantoso en el que el presidente municipal y su esposa, José Luis Abarca y María de los Ángeles Pineda, ya tenían todo un expediente detrás. Cuatro de los hermanos de ésta última estaban acusados de narcotráfico: dos de ellos murieron por órdenes de los Beltrán Leyva. Aparecieron encajuelados. A uno de ellos los secuestró La Familia Michoacana, no volvió a aparecer. Otro de ellos está prófugo.

¿José Luis Abarca? (Para el habitante de la ciudad de México escuchar el sonido de las alarmas no significa una interrupción de su monotonía: los sonidos, en su metástasis, invaden todo, como en este momento en que el ruido no parece molestar a Illades).

Él era un comerciante de origen humilde que inexplicablemente comienza a invertir y a comprar centros joyeros y se convierte en el hombre más rico de la ciudad. Abre un centro comercial que se llama “Galerías Tamarindos” y consigue que la Secretaría de la Defensa Nacional le done un terreno. Consigue, asimismo, inversión privada. Él invierte alrededor de 20 millones de pesos. Decide meterse a la política. Nadie sabe mucho de él, de dónde sale o de dónde viene. Negocia con todos los partidos: con el PRI, con el PAN, con el PRD. Es el partido de la izquierda el que lo postula, a pesar de que las encuestas no lo favorecían internamente.

Es decir: Iguala, como tú lo escribiste, era un polvorín. Nadie se dio cuenta de ello.

No solo eso: a las pocas semanas de ganar la presidencia municipal, uno de los candidatos que compitió contra él aparece muerto. Más adelante Abarca tiene problemas con Arturo Hernández Cardona, un líder de una organización política local: la UP (Unidad Popular). Después de un encuentro particularmente fuerte, en el que la esposa de Abarca le dice a Hernández Cardona, “no sabes con quién te estás metiendo”, Cardona desaparece. Días después un testigo va y declara ante la Fiscalía Estatal de Guerrero que él había visto como el presidente municipal, José Luis Abarca, lo había matado.

¿Cuánto tiempo antes de Ayotzinapa ocurrió esto?

Un año antes. Se abre una investigación, primero local, después la PGR se entera de lo que está sucediendo. No pasa nada. José Luis Abarca sigue como presidente municipal. Tiene a toda su familia metida ahí. Hay once familiares de Abarca trabajando en el municipio. Es en este punto cuando te das cuenta que sí había toda una situación alarmante que nadie había visto… o que nadie había querido ver. Si a esto le sumas la situación en la que vivían los estudiantes, la situación en el estado de Guerrero, el problema del narcotráfico, tienes un polvorín que explotó de la peor forma posible.

México ha tenido muchas noches tristes, como lo mencionas en tu libro: la del Casino Royale, la matanza de los 72 migrantes en Tamaulipas, la tragedia de la Guardería ABC… ¿te parece que el papel del periodismo en un país como México no solo tiene que sacar a la luz todos estos hechos sino también actuar como una forma de la memoria, de la Historia?

Por supuesto. Una frase famosa dice que el periodismo es el primer borrador de la Historia. Sin duda hay que hacer esto, el problema es que hay una constelación de problemas. A nivel local hay muchísimos periodistas que tienen problemas para ejercer su profesión. Piensa en Veracruz: periodistas que son amenazados por el gobierno o por el narcotráfico, o periodistas que están metidos con el narcotráfico. Es una situación muy difícil. A nivel nacional sucede otra cosa. El periodismo se educó de una forma muy extraña: es decir, el periodismo en México se formó con el PRI. Es un periodismo acostumbrado a cubrir al partido, a reportar lo que dice el partido, y a salirse de esa línea solo excepcionalmente. Cuando llega la transición en el 2000 nadie sabe cómo adaptarse, cómo ser independiente, cómo comenzar a hacer cosas que no orbiten alrededor del gobierno. Hasta la fecha es algo contra lo que se sigue luchando. Hay una crisis de identidad. Entonces hay una discusión muy interesante con una pregunta central: ¿qué clase de periodismo queremos en México? Ves muchas coberturas que son muy pobres, que no cuestionan; por otro lado hay un periodismo muy militante que cuestiona por cuestionar, y de repente tienes casos de excelente periodismo como el del equipo de Aristegui.

(Este entrevistador agarra el libro y lo zarandea, como si quisiera revivir a un animal). Es decir: ¿escribiste este libro porque te parecía que hacía falta un periodismo de datos duros, objetivo, coherente?

Escribí este libro porque en el caso de Iguala y Ayotzinapa teníamos muchísimas versiones y todas en conflicto. Había versiones descabelladas: un periodista afirmó que se estaba negociando por los estudiantes, que los estudiantes estaban vivos. Obviamente esto no sucedió y el periodista nunca se desdijo, nunca aclaró de dónde había venido la información. Por otro lado, algunos periodistas se escudaban en lo que decía el gobierno, estaban del lado oficial y repetían tal cual lo que decía el gobierno. Entonces me quedé pensando que necesitábamos una versión de los hechos más trabajada, y que buscara –dentro de todo lo que había– qué se podía comprobar y qué no. Entonces, con toda la información que tenía disponible, con toda la información que teníamos de los estudiantes, traté de juntar todo lo que se pudiera confirmar, para poder armar un libro. Este libro es la búsqueda de lo que se pudo saber hasta ahora.

Este libro, a pesar de presentar datos duros, de ser una cascada de hechos, también lo leí como un reclamo, un regaño, una suerte de explicación para con nosotros mismos. Me sorprendió mucho. ¿Qué fue lo que más te impresionó a ti?

A mí lo que más me impresionó de hacer este libro son todas las noches tristes que ha habido antes. Recuerdo que una señora me llegó a decir que para ella la noche más triste fue la de Casino Royale. Las noches tristes se multiplican. Cuando juntas todo esto vas recordando todas estas tragedias y ves cómo han ido desapareciendo porque las han ido tapando otras tragedias. A veces, incluso, por pura salud mental o por pura cordura uno decide olvidarlos. Lo que yo quise hacer en este libro es intentar nunca olvidar lo que sucedió. Hay que tomar en cuenta que esta noche es el resultado de otros eventos, de tomas de decisiones, del Estado de Guerrero, de cómo está el narcotráfico en el país…

¿De la política?

Por supuesto. Y también de cómo las normales rurales están en el olvido, los estudiantes viven con 30 pesos al día, viven en condiciones miserables. Todo esto tiene un origen. Entonces sí tenemos que discutir todo esto, pues es resultado de una política, de una situación particular. Todo esto va a seguir en la medida en que sigamos tratando las cosas de igual forma, en que nos sigamos conformando con las explicaciones y dejemos de investigar los hechos.

Recientemente David Runciman publicó su libro Política, en el que decía que la política era responsable de lo mal que le está yendo a Siria y de lo bien que le va a, por ejemplo, Dinamarca. ¿Te parece que la política es responsable de lo que sucede en México?

La política es una herramienta, todo depende del fin que se le dé. Como dices: en Dinamarca pueden beneficiarse del buen uso de la política. Todo depende realmente del fin que se le quiera dar. Yo no quiero caer en el extremo de decir que la corrupción es cultural pero sin duda hay factores dentro de esta sociedad que dan pie a que en México haya índices de corrupción mucho más altos que en Dinamarca, por ejemplo.

¿Qué opinión te merece el que el Presidente no haya ido todavía a Ayotzinapa?

Lo entiendo como cálculo político. Si el Presidente va a Iguala o a Ayotzinapa va a encontrar un rechazo como el que se encontró Felipe Calderón cuando fue a Villas de Salvárcar en el sexenio pasado. El Presidente dijo en esa ocasión que los muertos eran criminales. Cuando visita Ciudad Juárez la madre de dos de los jóvenes asesinados le dice que él no es bienvenido ahí. Yo creo que ese fue el momento más duro de su presidencia: que lo enfrentaran, que lo encararan. Lo que sí hizo Peña Nieto fue recibir a los familiares, los cuales le preguntaron acerca de lo que se estaba haciendo para resolver el caso. El hecho de que el Presidente no haya ido a Guerrero sí te da un mensaje político muy claro, en el sentido de que no puede ir a un estado del país por cuestiones de seguridad y porque no sabe cómo va a ser recibido.

Si comparamos el sexenio de Calderón con el de Peña Nieto, en términos de cómo los medios cubrían la violencia, ¿qué es lo que ha cambiado? En el sexenio del primero teníamos unos medios que cubrían, puntillosos, la sangre, también eran estridentes; en el del segundo, en cambio, las noticias de violencia ya no están en las primeras planas.

Sí, la situación cambió. El Gobierno de Felipe Calderón tenía un interés muy grande en enviar comunicados y tarjetas informativas a los medios que informaban que habían sido abatidos quince sicarios, por ejemplo. Es decir, de alguna forma ellos hacían el trabajo del periodista para dar a conocer los resultados de su estrategia. Con Enrique Peña Nieto sucede exactamente lo opuesto. (Otra vez el rumor de una motocicleta se interpone entre las palabras). Dejan de llegar estas tarjetas informativas a los medios. Cuando presentan a Joaquín “El Chapo” Guzmán lo presentan como de refilón. Lo están llevando en helicóptero y ya no lo tienen en una plataforma enfrente de todos los medios. Lo que todo esto provoca, en un país en el que los medios están acostumbrados a recibir la información directamente del Gobierno y en donde hacer reportajes de estos temas es cada día más inseguro, es que dejan de salir reportes y noticias acerca de seguridad. Tienes ahora puras primeras planas que se enfocan en las reformas estructurales. Entonces cuando sucede lo de Ayotzinapa, cuando sucede lo de Tlataya, cuando sucede lo de Tanhuato todo mundo se sorprende de que haya violencia en el país. Esto es falso: la violencia estaba ahí… solo que no se estaba cubriendo.

¿Qué papel tiene que adoptar la sociedad, Esteban? Parece que cuando hablamos de Gobierno y medios de comunicación es más fácil señalar los vicios y las taras que arrastran desde hace muchos años. Cuando hablamos de sociedad, sin embargo, es mucho más complejo, ¿qué te parece que tenemos que hacer?

Primero hay que definir lo que es sociedad. En nuestro círculo reducido a veces creemos que los demás piensan como uno. Algunas personas en el Distrito Federal pueden pensar que el país entero está preparado para anular su voto, pero de repente descubres una encuesta en El Universal en donde se le pregunta al público por quién votaría si se repitiera la elección del 2012. Esto es después de Ayotzinapa y después de la Casa Blanca. Resulta que los porcentajes salen igual: Enrique Peña Nieto sigue ganándole a López Obrador por seis puntos. Esto es un balde de agua fría. (Ahora es un helicóptero el que se interpone entre Illades, sus palabras y Fajardo. El ruido estremece. Después se va). Entre las personas que están en desacuerdo y que han protestado hay desorganización, no hay cohesión dentro de los movimientos. Pienso en las manifestaciones posteriores a lo de Aytozinapa. Me acuerdo muy bien de la del 20 de noviembre –yo estuve ahí–. Eran 100,000 personas recorriendo las calles del Distrito Federal. Después de esa manifestación ya no se dio el siguiente pasó. Es decir: “Fue el Estado”, pero, ¿qué queremos con eso? ¿Qué queremos pedirle? ¿Qué queremos que cambie?

No hay un discurso articulado…

Sí, no se articuló ningún discurso. Cuando fueron disminuyendo las manifestaciones, ya no hubo nada más. No hemos logrado pasar de este discurso de señalar lo que está mal. ¿Nosotros qué proponemos?

Mirando hacia el futuro, ¿qué ves?

Nada muy alentador. Yo creo que la noche de Iguala se puede repetir mientras no haya cambios en Guerrero. Ese estado tiene dos de las tres ciudades más violentas del país: Acapulco y Chilpancingo. A pesar de tener al Ejército y a la Policía Federal los índices de violencia no han bajado. Mientras no se replantee nada las cosas van a seguir igual. Hoy justo se acaba de decir que no hay conflicto de interés en el tema de la Casa Blanca. Con esta decisión el Gobierno está dando pie a que muchas personas actúen como quieran porque saben que no habrá ningún castigo. Aunque las cosas se pongan peor el país sigue funcionando. La gente sigue yendo a trabajar, la gente sigue haciendo sus cosas.

Acabas de mencionar una idea que Runciman también advierte en su libro. Dice que no solamente no sabemos qué aspecto tendrá el fracaso en nuestras democracias sino que pareciera que hay que fracasar estrepitosamente para que las cosas cambien…

Claro, ¿hasta qué punto tenemos que llegar para considerar esto un fracaso? Durante el sexenio de Felipe Calderón se comenzó a hablar de estados fallidos porque había ciertos estados del país que eran ingobernables y que lo siguen siendo. ¿Qué tiene que suceder? Hasta que no se toquen ciertas burbujas yo creo que las cosas no van a cambiar.

La entrevista acaba –o este entrevistador cree que acaba– cuando Illades se levanta y se va y se despide. Quizá la vida diaria es una serie de conversaciones que buscan empalagarse con el otro para que nos revele su timón, su proa y su destino. Este entrevistador se queda con el libro y con la certeza –que de pronto le cae como una roca– de que las cosas que cambian también merecen un apartado, aunque sea para no olvidarlas. En ese mismo momento o quizá unos segundos más tarde recuerda lo que dijo Ernesto Sabato acerca de la nota roja. Se lamenta.

Ya será en otra ocasión.

 

 

@DHPMexico

 

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