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Normalizar, luego informar
La plataforma educativa de los hombres de mi generación no abría la posibilidad de informar sobre prácticas y tecnologías para evitar la transmisión del VIH, ni muchos menos cómo reaccionar ante un resultado positivo. Desgraciadamente, todavía el discurso estigmatiza el tema y estereotipa el estilo de vida homosexual como principal causa de riesgo.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
1 de julio, 2015
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Por: José García (@JoooseGe

Cuando tenía dieciséis años, creí haberme contagiado de VIH. Decidí que no quería hacerme una prueba pues implicaba enfrentar lo que veía como un destino final y fatal. En vez de eso, viví atormentándome con una terrible culpa, sintiéndome irresponsable, inmoral y asumiendo como única salida una compulsión sexual que, inevitablemente, terminaría con mi suicidio. Trágico y dramático, como siempre he sido, me acostumbré a vivir constantemente con un hoyo en el estómago que me cerraba la garganta cada vez que alguien hablaba del tema. La palabra SIDA me aterraba, pensar en exámenes y pruebas me ahogaba y, por supuesto, cada gripa y gastritis era el infalible anuncio de lo que más temía. Cuando se abrió la posibilidad de empezar una nueva relación, se hizo inevitable el momento, no podía mentir. Después de seis años, me hice una prueba: No Reactivo.

¿Por qué pasé por todo eso cuando, afortunadamente, existen opciones para asesorarme, cuidarme y ayudarme, sobre todo siendo un habitante de la Ciudad de México? ¿Qué fue lo que pasó? Encontré un culpable: mi educación sexual. Crecí aprendiendo que el VIH-SIDA era un estigma, un signo de promiscuidad, de inmoralidad y un foco de contagio en movimiento del que todos debíamos huir. Que aquel que lleva el virus está infectado por la enfermedad del ostracismo social. Pues, como dijo una maestra en una plática sobre VIH, “imagínense si están en el laboratorio de química y alguien con SIDA se corta con el matraz, siempre hay que tener mucho cuidado con los infectados”.

Crecí sin poder preguntar, sin tener otra alternativa que aprender de un sistema educativo heterocentrista, que no comprende -porque no quiere hacerlo- la realidad de los Hombres que tienen Sexo con otros Hombres (HSH). Como escribió Octavio Paz: “Una hipocresía que sí es una tendencia del pensamiento, pues consiste en la negación de todos aquellos aspectos de la realidad que nos parecen desagradables, irracionales o repugnantes”.

La plataforma educativa de los hombres de mi generación no abría la posibilidad de informar sobre prácticas y tecnologías para evitar la transmisión del VIH, ni muchos menos cómo reaccionar ante un resultado positivo. Desgraciadamente, todavía el discurso estigmatiza el tema y estereotipa el estilo de vida homosexual como principal causa de riesgo. Los condones son la única alternativa y no hay lugar para preguntas. ¿Y si por alguna razón hubo sexo sin protección? Pues la bendición y a buscarlo en Google.

La visión heterocentrista de la educación sexual informa inadecuadamente acerca de los métodos preventivos y sobre cómo reaccionar ante un posible riesgo de infección. Se trata más de alarmar que de educar. La educación sexual, como el discurso socializado del sexo, necesita fortalecer y enfrentar la realidad de los HSM. Citando a Omar Feliciano activista, psicólogo social y artista alternativo, “necesitamos todas las estrategias, todos los enfoques, todas las herramientas”; necesitamos partir de bases reales y partir de querer que se comprenda el problema y el contexto. No sólo se trata de normalizar el discurso, sino atrevernos a entender la sexualidad de los HSH, a quitar el estigma de la enfermedad, el status seropositivo y los casos de discriminación y abuso de derechos humanos. Ampliar nuestro lenguaje y tratar de ver que las únicas herramientas no son solamente campañas visuales de prevención. Hablar en voz alta de reducción del riesgo. Dejar de negar socialmente la existencia de cuartos obscuros, lugares públicos y privados de encuentro sexual y todas las plataformas en donde se practica la sexualidad de manera no visible; siendo justo esta invisibilidad social lo que más vulnera la salud de sus usuarios en vez de protegerla. Entre más normalicemos socialmente, más podemos regular desde la instituciones para que al menos en todos estas plataformas y espacios existan métodos de prevención de infecciones de transmisión sexual.

También se debe entender la estructura social de la relación entre compulsión sexual e hipersexualización en la educación sexual de masculinidades. Además, deben regularse y hacerse más visibles los métodos profilácticos de pre y post-exposición , y dejar de señalarlos como herramientas que sirven al discurso de la justificación de la promiscuidad. Educar sobre métodos de disminución del riesgo de contagio, como pueden ser el uso abundante de lubricante, la seroconcordancia y el seroposicionamiento es clave para que las personas tomen mejores decisiones y tengan prácticas sexuales mucho más seguras y a consciencia.

Con un cambio de visión, podemos enfrentar de manera distinta al riesgo de un posible contagio, ya sea por decisión de no usar condón o por fallo en las tecnologías de prevención; poder contar con todo el espectro de información, sin ningún tipo de sesgo moral o institucional.

Todos tenemos derecho a estar informados, completamente informados.

 

@DHPMexico

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