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Otra vez nos quedan mal
El peor efecto de tener un Presidente como Enrique Peña Nieto no es que su proyecto descanse sobre alfileres y tenues voces de apoyo, sino que perpetúa la imagen de un país en donde la astucia y la retórica son los premios inmediatos de la opulencia. Hacer política y hacerse rico son ya síntomas de un sistema disfuncional que en lugar de vigilar a la clase política se hace cómplice de ella.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
17 de febrero, 2015
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Por: Guillermo Fajardo (@GJFajardoS)

Las malas noticias se han vuelto repetitivas. Casi todas tienen que ver con el Presidente. La gran mayoría de las que tienen que ver con el Presidente se relacionan con su falta de imaginación para hacer frente a las crisis. El poder que Enrique Peña Nieto comparte y administra se ha estancado en la cresta de una ola que no desciende y que, por lo mismo, no ha tenido impacto alguno. La política del Presidente consiste en bajar los decibeles lo más que pueda. A Peña Nieto ya le incomoda el reflector: la falta de aplausos a la que hizo alusión es el primer síntoma de una crisis de desconfianza que el propio Peña Nieto ha elevado a su grado máximo.

La designación de Virgilio Andrade como Secretario de la Función Pública solamente aumenta el desprestigio del Presidente cuya jugada pareció –por fin- una especie de respuesta a la inopinada reacción de una sociedad que Peña Nieto creía adormilada. La oportunidad de hacer que esta administración implemente las reformas, las haga caminar y las haga florecer, parece perderse porque el principal artífice (sí, cómo no) de su realización es también un fraude: un político que ya encaramado en la silla tiene al país en vilo, no por la volatilidad de su carácter (al estilo López Obrador) sino por la falta del mismo. Peña Nieto es lo mismo retorcido que frágil, una mente delicada, una personalidad sutil, un ego retrasado, un mensaje dividido.

No hay rumbo en parte porque no hay responsabilidad: el país se entretiene con las pifias del Presidente, no hay una respuesta enérgica por parte de la oposición (casi como si no estuviesen interesados en hacer política) y el designado para investigar al Presidente y a su Secretario de Hacienda resulta ser amigo de ambos. Quizá sea solamente yo, pero el discurso del Presidente al nombrar a Virgilio Andrade es irrisorio, trágico y cínico. El Presidente dijo que “…siempre he estado comprometido a trabajar en favor de la transparencia y la rendición de cuentas”; que “No obstante de que en todo momento mi actuar se ha apegado al marco jurídico vigente, en meses pasados se hicieron diversos señalamientos sobre posibles conflictos de interés en mi Gobierno…” y una serie de frases que parecen más bien necedades de un hombre marchito y una apología tan desgastada de una mentira que parece más bien un recurso estilístico que una idea elocuente. Tan urgido está por salir del hoyo en el que se ha metido que… ¡hasta leyó la ley! Instruirnos en los vericuetos legales es la forma del Presidente de decirnos que nuestros gruñidos bien pueden estar injustificados.

Después del discurso, tan inflamado en estos días de términos como legalidad, apego a la ley e imparcialidad, Peña Nieto, con la seriedad que le permite esconder la sonrisa y la mandíbula cuadriculada, le pidió con toda firmeza al flamante Secretario de la Función Pública que de favor investigara a quien en primera instancia no quería ser investigado. Estoy cada día más convencido de que en Peña Nieto existe un elaborado entramado mental que no le permite, bajo ninguna circunstancia, admitir errores, resbalones o estupideces. Tenemos un Presidente estéreo: repite la misma tonada hasta el cansancio. Por eso nadie le aplaude: porque nadie le cree.

La imagen de Peña Nieto estrechando la mano de Andrade y riéndose con él es la puntada final de una obra cuyo efecto significó la decadencia a nivel nacional del discurso presidencial. La comilona del Presidente va a seguir siendo la instantánea que todos los días nos llega desde Los Pinos. La misma impunidad a la que se acostumbró en el Estado de México haciendo eco a nivel nacional es parte del mismo silencio compartido que ya nos llegó y que ya se quedó. El peor efecto de tener un Presidente como Peña Nieto no es que su proyecto descanse sobre alfileres y tenues voces de apoyo sino que perpetúa la imagen de un país en donde la astucia y la retórica son los premios inmediatos de la opulencia. Hacer política y hacerse rico son ya síntomas de un sistema disfuncional que en lugar de vigilar a la clase política se hace cómplice de ella: las tristes tachas de la monarquía sexenal todavía no se han ido.

México, gracias a Peña Nieto, se ha vuelto un país adormecido: nadie confía en el proyecto de esta administración. Tenemos, secretamente, la certeza de que este Gobierno está para quedarnos mal, otra vez.

 

@DHPmexico

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