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Palabras de papel
Iguala será sin duda un parteaguas en su administración, creo que Peña Nieto vio la Presidencia de la República como una silla lo suficientemente espinosa como para ni siquiera intentar moverse. Ahora, sin embargo, se abrió una nueva brecha que empantana la otrora aspiración de quien no es un gran estadista pero que siempre luchó por parecerlo.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
30 de octubre, 2014
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Por: Guillermo Fajardo (@GJFajardoS)

En el mensaje a medios de comunicación por parte de Enrique Peña Nieto, el 6 de octubre pasado, el Presidente reveló, quizá sin querer, la superficialidad con la que su gobierno se toma los temas de seguridad. No es que Peña Nieto no vea la urgencia por resolver los problemas sino que es lo único que ve: en su mensaje insiste en que se hará todo por encontrar a los responsables, aclarar lo sucedido e imponer la ley. Ni una palabra acerca de alguna estrategia gubernamental. Imponer, aplacar y olvidar: ese parecería ser el mensaje de Los Pinos.

Si por un lado el Presidente tiene puestos sus ojos en el futuro a través de la realización de grandes cambios nacionales, también es cierto que le resulta urgente abatir cualquier incomodidad que le impida sacudirse el lodo del momento. En política no importan los momentos perdidos por la incapacidad de resolver los problemas sino las pérdidas momentáneas, esas donde basta un gazapo o algún error para magnificar el estallido de alguna situación. Eso es lo que le ha pasado al Presidente y a su equipo. Los temidos, eficientes y experimentados Jesús Murillo Karam y Miguel Ángel Osorio Chong -torres que no tienen ningún problema en ofrecer enroques voluntarios- le ofrecen a Peña Nieto una trinchera un poco más robusta y un casco con el que el Presidente puede cubrirse la cabeza.

Hasta ahora, la supuesta incompetencia del Presidente había sido un juego de sombras, una apostilla en la sobremesa, un diálogo algo cómico, la tragedia común de tener un mandatario más allegado al arquetipo del galán que del funcionario. Lo cierto era que los rumores apenas levantaban sospechas: el Pacto por México y la proliferación en la prensa internacional del buen momento mexicano acallaban a los pesimistas. No es que no existiera el “no” por la olas de optimismo que surcaban el territorio, sino porque no habíamos lanzado las preguntas correctas. Ahora sus detractores tienen las armas sobre la mesa.

Sí que se le puede acusar al Presidente de poner a un lado el tema de seguridad, especialmente después de un sexenio convulso, rojo y neurótico. Felipe Calderón entendió –quizá tarde, quizá muy pronto, quizá muy fácil- que el problema del narcotráfico, políticamente, era mejor mantenerlo en silencio pero que, tácticamente, era mejor abrirlo a los medios. Ignoro si fue una estrategia que se le salió de las manos, o si ciertos medios –a través de una especie de voluntarismo impotente- de comunicación vieron en la brutalidad una oportunidad para denunciar, sí, pero también para proponer. Los medios de comunicación se convirtieron en voceros de la paranoia y no en críticos de la estrategia.

Iguala será sin duda un parteaguas en su administración, creo que Peña Nieto vio la Presidencia de la República como una silla lo suficientemente espinosa como para ni siquiera intentar moverse. Los cimientos de su administración los quiso poner en el Pacto por México, cerrar los ojos a lo aberrante, escuchar los aplausos a lo posible –las reformas- y pugnar por la eficacia política como punta de lanza de un sometimiento partidista muy particular: avanzar acuerdos para postergar decisiones. El Pacto por México y la gran cantidad de reformas siempre podrían haber sido el pretexto que se aplaza en las conferencias de prensa para no moverse demasiado, el tiempo habría sido el culpable perfecto de la falta de resultados. La mansedumbre de una brújula. Un sexenio no alcanza para ver la totalidad de los efectos reformatorios, se hubiera dicho. Ahora, sin embargo, se abrió una nueva brecha que empantana la otrora aspiración de quien no es un gran estadista pero que siempre luchó por parecerlo.

Es momento de alejarse de la comodidad presidencial. Hasta ahora, Peña Nieto ha visto todo usando una lupa: necesita alejarse de la minúscula fracción de su esperanza de atender todos los frentes y repasar las zonas de conflicto –que por cierto abundan en México-.

Suicidio es seguir por la misma senda: la arcaica fórmula de ignorar las malas noticias.

 

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