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Recordando el adiós
El movimiento Yo Soy 132 se convirtió rápidamente en una expresión manida de desgaste político que lindó con los límites de una comedia política trágica: quienes no pertenecimos al movimiento siempre lo vimos con una especie de celo inquieto por el acoso político de su presencia.
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
22 de mayo, 2015
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Por: Guillermo Fajardo

Escribir una historia intelectual puede sustituir el intento de interpretarla porque las ideas bien pueden plasmarse para consumo y no para discusión. Las circunstancias que rodean cualquier germen intelectual tienen que pasar necesariamente por el tamiz de la crítica, de lo contrario, estaríamos avalando algo en el vacío. Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) desarrolló en La imaginación y el poder (Ediciones Era, 1998), una semántica del movimiento del 68’ que debería compararse a lo que pasó hace unos años con el 132: el primero será necesariamente una piedra fundacional de muchas cosas, una esperanza necesaria, una eclosión afortunada, un cultivo político importante. Al segundo se le requieren poner otros adjetivos: más que funcional, agresivo; más que fulgurante, fulminante; más que organizado, desplegado.

El 132 se convirtió rápidamente en una expresión manida de desgaste político que lindó con los límites de una comedia política trágica: quienes no pertenecimos al movimiento siempre lo vimos con una especie de celo inquieto por el acoso político de su presencia. Mientras que en el movimiento del 68’ pintado por Volpi hay una creencia electrificada por el credo de la democracia y una aspiración por la apertura, en el 132 hubo un juego colorido de demandas pulverizadas por su rápida expansión. Es decir: la lista de mandamientos del 132 derivó en la certeza de su cumplimiento nada más por inercia. En algunos momentos el movimiento padeció de un paroxismo social tan vehemente que era imposible escucharlos. La importancia de repasar lo que sucedió con el 132 yace en la viabilidad para futuros movimientos sociales. El problema es que ya nadie parece querer recordarlos: la democracia de Enrique Peña Nieto avanzó demasiado pronto ante el pellizco de los jóvenes y sus pomposas ponencias.

El movimiento se versificó demasiado rápido: se buscaron las formas para expresarse, pero no los contenidos. Olvidaron la historia. Prosperó el caos. Las redes sociales hicieron más fácil el trabajo de reunión física, pero también contagiaron al movimiento de una interlocución sorda y muda entre ellos mismos. Nunca escucharon críticas quizá porque la dinámica del movimiento social es aplanarlo todo para después mutar. Los líderes del 132 no fueron, por supuesto, lo que se esperaba y fue ahí, en la punta de la pirámide, desde donde se trastornó la capacidad de actualizarse: nadie podía estar contento ante el trayecto trágico de jóvenes estrellas a empleados ideológicamente travestidos. La burla fue tal que hablar hoy del 132 es una invitación a la incomodidad. Nadie quiere verse identificado con el movimiento. ¿Por qué?

La respuesta puede estar en múltiples frentes que escapan a la extensión de este texto. Aun así vale la pena mencionarlos: desde que el poder de Peña Nieto no era real y sus medios de respuesta totalmente inexistentes, pasando por el hecho de que uno de sus líderes terminó como comediante o que el movimiento nunca pareció preguntarse si la actualidad de sus propuestas valían para el futuro: en lugar de organizarse hacia el tiempo, el movimiento dejó que lo engullera.

El libro de Volpi es una recolección importantísima del cerebro de aquella época: como cuerpo político, el estado mexicano requiere de artistas y personas que lo piensen y que demuestren que el exotismo no radica en la imposibilidad de entendernos… sino en nuestra falta de imaginación para encauzarnos. Espabilados por el 68’, Volpi recuerda en el epílogo del libro –en una de esas confesiones necesarias, dolorosas pero valientes- que el movimiento no triunfó en su momento. Fue aplastado. La importancia simbólica de la destrucción fue lo que catapultó al 68’ a la historia. No solo eso: también el empuje importante de sus miembros, sus acciones, los deseos.

Impulsados por la hipérbole y la auto glorificación, el 132 entendió a destiempo que su identidad valía más que sus cauces porque, ¿cuál es el procedimiento intelectual para articular algo sin cuerpo y que volando inasible no permite su clasificación? Esa es la pregunta que les faltó a los jóvenes al pensar en el 132 y que hoy, por medio del retrovisor, urge recuperar.

El pasado apenas fue ayer.

 

@DHPMexico

 

Para uno de los integrantes del movimiento que en ese entonces pertenecía al ITAM y que pidió no ser mencionado, uno de los principales problemas del movimiento fue el “intentar materializarse en una organización corporativa”, es decir, “generar asambleas que se encargaran supuestamente de la movilización”. Además, “debido a que había una inquietud por asegurar números, los grupos activistas de la UNAM se apropiaron del movimiento, lo que se traducía en decisiones que para nada capturaron el sentir del mismo”. Por otro lado, admite que nadie realmente entendió la naturaleza del 132: “Era un iceberg del cual solo veíamos la punta y creíamos que lo entendíamos”.

“Es comprensible que muchos estudiantes o intelectuales de entonces, después de haber sufrido torturas, persecuciones o cárcel, ahora traten de obtener la justa reivindicación que se les debe. Nada más natural y humano. Pero hay que tener cuidado de que este deseo no convierta a 1968 en un mito aún más grande del que ya es. O hay que engañarse: como movimiento social, la rebelión estudiantil de 1968 fue derrotada por el gobierno en la Plaza de las Tres Culturas. Afirmar que el movimiento estudiantil de 1968 cambió a México es una metáfora hermosa pero improbable. Resulta difícil creer que la verdadera apertura democrática, iniciada hace muy poco, sea meramente una de sus consecuencias tardías”. Volpi, Jorge, La imaginación y el poder, Ediciones Era, México, 1998, pág 432.

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