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Por Dejemos de Hacernos Pendejos
DHP* nace a partir de un estado de ánimo, una sensación de hartazgo, de cansancio y frustració... DHP* nace a partir de un estado de ánimo, una sensación de hartazgo, de cansancio y frustración. El objetivo es convertirlo en una actitud positiva hacia la vida. Nuestra misión es construir un movimiento social que nos responsabilice y organice como ciudadanos, con el poder individual y colectivo para transformarnos los unos a otros y desde el interior de nosotros mismos, en una sociedad más feliz que trabaja cada día por un país más justo. (Leer más)
Renuncia, te lo piden por favor
Por Dejemos de Hacernos Pendejos
5 de enero, 2011
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Por: Mr. P.

Si bien en televisión nacional un dolido padre pudiente -por eso pudo-, les dijo en su cara a un selecto grupo de ineptos gobernantes… “si no pueden renuncien”, no sería justo que sólo el sector público entregara sus cartas de renuncia.
Además de que no hay hangares suficientes para archivar las renuncias que se generarían… me imagino que no han renunciado precisamente por eso, porque ellos no son los únicos babosos que deberían renunciar.
A lo mejor ustedes conocen… a esa mesera de ese restaurante que le vale pito su chamba; que antes de que termines de pedirle algo ya se fue, que cuando te trae otra cosa te regaña porque ella no la caga. O conocen seguro a ese mecánico que te dice que te entrega un día… y se pasa tres semanas valiéndole madres. O al plomero que cuando llega a tu casa te pide tu herramienta y te embarra las paredes de mugre, o a ese que esta detrás del mostrador, de jeta y mal modo quesque te “atiende” haciéndote un favor.
Cada vez que me los encuentro también les digo: “Si no puede… renuncie. Neto… ¿porqué no se dedica a otra cosa? Acá entre nos… esto no le sale”. Lo hago esperando dos cosas a cambio: que renuncien o que me aplaudan -como al Sr. Martí-… no obtengo esas respuestas. Sólo peores caras, mentadas de madre y retos a los madrazos.
Tarde o temprano regreso a esos lugares… siguen ahí, grises, infelices y contagiosos. Vivo con la esperanza de que algún día alguien lo agradezca, que alguien lo entienda y que ese alguien renuncie a su trabajo, encontrando paz para ellos y para nosotros.
Invitar a la renuncia es una idea casi filantrópica que busca por una parte, que esas personas infelices sonrían y luego entonces contagien de felicidad a quienes sirven.
La lista incluye diputados, senadores, secretarios, delegados, magistrados, etc… pero también cajeros, meseros, policías, boleteros, mecánicos, carpinteros, maestros, albañiles, enfermeras, ejecutivos. Y trabajan en centros comerciales, tiendas departamentales, antros, restaurantes, corporativos, fábricas, mercados, escuelas, universidades, laboratorios. Ganan desde simples pesos a la semana, hasta miles de dólares por mes. Son altos, bajos, gordos, flacos, feos, guapas, putas, rubias, prietos, peludas o lampiños. Todos por igual inútilmente desarrollan en su vida una chamba que no disfrutan, que no quieren, que no saben hacer y que les hace –y nos hace- la vida miserable.
¿No valdrá la pena intentar otras chingaderas? Es un buen propósito para este año. Si no pueden, si no les gusta o si no les sale… renuncien. Lo peor que puede pasar es que se encuentren otra pinche chamba que hagan mal. Pero en una de esas… descubren un trabajo que los hace y nos hace -a todos- inmensamente felices.
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