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De bolillos y movimiento…
Los que vivimos en esta ciudad crecimos con un mapa mental construido desde el 1985 destinado a guardar todo lo relacionado a la vida en torno a los sismos.
Por Monica Madrigal
14 de septiembre, 2021
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Vivir en Ciudad de México no es tan fácil. Esto de vivir en una ciudad de 9’209,944 humanitos (Censo 2020) no es una tarea sencilla. Más allá de los contrastes y todos esos temas que son muy importantes -no objeto de este escrito- me refiero a esos eventos que nos mueven (literalmente) cada vez que un sismo nos saca de la zona de confort.

Más allá del mote de chilangos, la lucha por las quesadillas con o sin queso, o la búsqueda de la razón de la importancia del bolillo en nuestro día a día, hoy quiero hablar del movimiento, de todo eso que se mueve cuando literalmente “nos mueven el piso”, cuando la mente, el corazón y las redes sociales se llenan de emociones, de recuerdos y de sentimientos.

Los que vivimos en esta ciudad crecimos con un mapa mental construido desde el 1985, que nos dejó historias (propias o de nuestras familias o conocidos) y creamos un espacio en nuestra mente destinado a guardar todo lo relacionado a la vida en torno a los sismos. Ese espacio es como un cajón lleno de muchas emociones mezcladas; tiene miedo, pero también esperanza, y eso sí, podemos encontrar una gran dotación de elementos del sistema más básico (¿reptiliano?): sobrevivir, sobrevivir como sea.

Este cajón se va llenando con cada sismo, se le suman más historias, anécdotas, otros miedos, recuerdos, nostalgia, tristeza, e incluso ya tiene varios ítems de “expertise” y conocimiento sobre cómo adaptarse de la mejor manera: los lugares más seguros, dónde colocarse, cuándo sí salir, cuándo no, etc., y  bien sabido es que toda casa de Ciudad de México tiene preparada una maleta en la puerta con los artículos necesarios para un momento de emergencia (que la saques en caso de sismo no es seguro, pero ahí está).

Además, ahora tenemos un botón que activa ese cajón en el momento exacto: la alerta sísmica; ese sonido que si bien nos ha dado esperanza, nos deja un hueco en el estómago cada vez que lo escuchamos y es el botón que deja todo ese contenido del cajón al descubierto, un poco como cuando de niño uno vaciaba los cajones sobre la cama para poder arreglarlos.

¡Además este cajón ya tiene un nuevo shot de ansiedad! ¡La pandemia! ¿Se nos olvidó el tapabocas? ¿Qué tuvo mayor peso el pasado 7 de septiembre? ¿Salir corriendo? ¿El vecino llevaba tapabocas? ¿Hubo sana distancia..?

Este detonador de emociones también mueve un sinfín de cosas alrededor, más allá del miedo o la ansiedad que genera (y sí, sí lo genera), me encanta ver las reacciones que se generan en redes sociales como un síntoma de escape, o movimiento catártico, dejando que, por medio de memes, podamos reírnos y liberar un poco ese cajón que se ha saturado.

No pasaron ni 30 min y las redes ya estaban llenas de imágenes, frases, e ideas que permitían reír un poco (si podías sostener el teléfono sin temblar). Las ideas iban desde burlas sobre septiembre como el mes de los sismos (la coincidencia no nos ha ayudado), Ciudad de México como atractivo turístico con desfiles de pijamas y calzones, stickers de bolillos (aquí en Ciudad de México el bolillo también es curativo), el famoso “amiga, date cuenta”, pero con su versión sismo: “Si no te escribió “¿todo bien?” después del temblor, ahí no es”, imágenes de una placa tectónica riéndose porque llegó “su mes”, gente contando su experiencia, etc.

Creo que la “memelogía” en estos casos se vuelve una forma de sanar y reír; al final, como todo buen mexicano, la risa es parte de nuestra forma de lidiar con las cosas (algo así como los chistes en los funerales) y esta vez me gustó observar cómo mucha gente pedía memes, pedía historias y preguntaban cómo estaban todos en redes cero personales como lo puede ser Twitter, pero da cierto sentido de tranquilidad cuando algún extraño pregunta y puedes contestar “En la Del Valle todo bien”, y así una multitud de extraños vamos acompañándonos para “sanar” el tremendo susto del sismo y el detonante de nuestras emociones y miedos.

Es nuestra humanidad que de alguna forma va encontrando caminos para expresarse, para adaptarse. No sé qué pensaría Darwin de esta forma de adaptación, pero creo que ahora que pude observarla, la valoré. Pude ver cómo mucha gente siente lo mismo, mucha gente tenía miedo, mucha gente necesitaba reírse, todos querían contar su experiencia, los inicios de las juntas con los clientes al día siguiente incluían el: “¿Cómo te fue en el temblor?”. El platicar nuestra experiencia, de alguna forma se vuelve una válvula de escape de todos estos sentimientos y emociones. Pero, además, es interesante ver cómo se vuelve un “medidor” de interés. El hecho de que “tu crush” no te pregunte ¿cómo estás?, o que tu cliente solo pregunte por lo que le interesa, y no se tome un segundo para preguntar por ti, da qué pensar.

Así es que si no vives en Ciudad de México y ya tenías una lista de elementos poco claros acerca de la gente que vive aquí, aquí va otro: si hablas con alguien de Ciudad de México después de un sismo de intensidad fuerte, siempre, SIEMPRE tienes que preguntar cómo están después de dicho evento (puede ser crush, [email protected], cliente, compañero de trabajo, conocido, etc.), pero si no lo haces se notará el poco interés y el poco conocimiento que tienes de los “movimientos”.

También hay que estar listo para escuchar y leer las mismas historias de todos, porque este botón que deja boca abajo el cajón de emociones, hace que revisitemos todas las historias personales y se las contemos a todo con el que nos topemos, (algo así como el tío o el abuelito que te contaba las mismas historias siempre) y pues ahí van de nuevo las mismas historias de tus amigos, de tus papás, de tus vecinos, las anécdotas del 2017 o incluso en el 1985, los hilos kilométricos en Twitter, otra vez visitar una y otra vez lo mismo, y no pasa nada, es parte de ser humano, hacer catarsis, y seguir (y además prepararse para el próximo 19).

Al final, me gusta imaginar a la placa tectónica que retratan en los memes riéndose de todo el movimiento que sigue generando mucho tiempo después; me gusta pensar que está ahí, debajo, riéndose de los memes, sonriendo con la cantidad de emociones, abrazos y lágrimas que se mueven cada vez que decide estirarse o rascarse la rodilla.

Y no, no es que nos riamos de las tragedias; en 2017 los memes tuvieron que esperar, había algo más importante qué hacer, salieron otras emociones y necesidades en ese momento. Pero como buen mexicano, aprendemos a jugar y a reírnos con ellas, como bien hacemos, semanas después, cuando convivimos con la muerte el 2 de noviembre, y si había duda de por qué el bolillo entra en todo, pues imaginen el peso que tiene si fue estelar en los chats de la noche del 7 de septiembre.

Ojalá que su septiembre esté lleno de movimientos, pero de esos vivos, que llevan a nuevas experiencias y no generados por nuestra amiga la placa, y si hay movimiento, siempre estarán esas redes en donde podemos llegar a reír un poco.

Gracias creadores de memes por habernos hecho reír ese 7 de septiembre.

Si son o conocen a un habitante de Ciudad de México, sean pacientes y regálenles un bolillo.

Cerraré con una frase de una peli que amo, “What a fascinating and modern age we are in”, de “Master and Commander: The Far Side of the World”, 2003 (claro, él se refería al siglo XIX).

Siéntanse libres de compartir su experiencia.

@LexiaGlobal

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