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El Blog de LEXIA
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En LEXIA somos expertos en descubrir y aplicar insights; ¿pero qué es un Insight? Es una compre... En LEXIA somos expertos en descubrir y aplicar insights; ¿pero qué es un Insight? Es una comprensión fresca y profunda de los sentimientos, motivaciones e ideas de las personas. Somos un colectivo interdisciplinario de humanistas que ha desarrollado un amplio conocimiento sobre distintos targets (niños, teens, mujeres) a lo largo y ancho de la estructura socioeconómica (base de la pirámide, clases medias, affluent), correlacionándolo con sus procesos como seres sociales (ciudadanos, audiencias y consumidores). En este espacio encontrarás información para descifrar y entender mejor las necesidades, deseos, temores y esperanzas que mueven a nuestra sociedad. Bienvenido a la mirada LEXIA. (Leer más)
Haz lo que amas, ama lo que haces. ¿O no?
Es importante señalar con qué facilidad se oculta que, para poder hacer lo que uno ama, cientos de millares de seres humanos tienen que desempeñar día con día labores que probablemente no solo no amen, sino que además podrían estar vulnerando sus derechos fundamentales.
Por Lexia
4 de junio, 2019
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Por: Carlos Rosales (@RA_Karlos)

 

“Fue entonces cuando aprendí que no es suficiente con hacer tu trabajo, sino que además tienes que mostrar un interés por él, una pasión incluso”.

Bukowski

 

En algún punto de la vida, uno bien podría leerse esa peculiar novela de Charles Bukowski, Factótum (1), y concluir con honradez que la obra no pasa de ser un compendio de borracheras, desenfreno sexual y fracaso ocupacional auspiciado por una casi infinita aversión a conservar el empleo. Sería hacerle poca justicia.

Notemos que algo similar ocurre con el epígrafe de este texto. A primera vista, fuera del contexto de la novela, pareciera ensalzar el amor por la entrega y compromiso hacia la actividad laboral diaria… Ama lo que haces. La idea por sí misma es encomiable y digna de mejores letras. Sin embargo, el epígrafe esconde involuntariamente el tono irónico que utiliza el protagonista para referirse a lo que ve y oye, durante sus primeras —y últimas— horas de trabajo en una línea fabril: sentir la extraña obligación de “ponerse la camiseta” en el trabajo, aun cuando realmente no había mucho qué ponerse.

Haz lo que amas es la segunda parte de esta especie de axioma, surgido en la era postindustrial, y que engloba una serie de ideas por demás interesantes, aunque históricamente impensables o irrelevantes en cualquier otra época. Por ejemplo: 1) que el trabajo remunerado en definitiva tiene que ser una actividad disfrutable, 2) que existe una capacidad de elección relativamente libre, ante una demanda común de servicios y productos de acceso también libre, 3) que cualquier forma de malestar asociado con el quehacer productivo queda por defecto fuera de la ecuación, o 4) que todas las anteriores son, a fin de cuentas, cuestiones netamente personales, que atañen solo al individuo. Tal vez esto sea, de nuevo, hacerle poca justicia al asunto.

Por supuesto que el compromiso o amor ocupacional reviste nobleza y enaltece el trabajo, pero es importante no dejar de señalar la facilidad con que se oculta que, para poder hacer lo que uno ama, cientos de millares de seres humanos de hecho, tienen que desempeñar día con día labores que probablemente no solo no amen, sino que además podrían estar vulnerando sus derechos fundamentales. Jornadas de trabajo extenuantes, ausencia de contratos y seguridad social, paga insuficiente, trabajo infantil, tareas monótonas que atrofian la mente y quebrantan el espíritu, u otras condiciones laborales que amenazan el bienestar, la dignidad, o que cínicamente rayan en la esclavitud, suelen ser características de muchas de las “ocupaciones invisibles” que de seguro muy pocos aman, pero que muchos tienen que realizar a diario para que el bonito tagline Do what yo love. Love what you do le calce muy bien a uno… y ya que “fuerza es comer” —como dice desesperado un personaje en los cuentos del etnólogo Francisco Rojas—, siempre existirá mano de obra que ejecute, sin muchas opciones que digamos, el enorme conjunto de actividades subyacentes a nuestro emocionante disfrute laboral. Y desde una perspectiva de género mejor ni hablamos ya que —va spoiler— se pone bastante peor.

Cuidado ahora. Lo anterior de ningún modo significa que los oficios, o el llamado trabajo “poco calificado” no puedan disfrutarse, o que no sea posible encontrar espacios de realización personal al desenvolverse en tareas ajenas al ámbito profesional, supuestamente intelectual, empresarial, comercial de alto calado, digital de innovación o un largo etcétera. Por supuesto que sucede.

Tomemos por caso a los más de 50 millones de latinos en EEUU (entre los cuales, los mexicanos representan más del 60%, según el Pew Researh Center), considerando a la “población flotante” o no registrada en ese país, encontramos lo mismo oficiales en mecánica o electricidad, separadores de frutas, carniceros o raspadores de pescado en mercados, lavaplatos, cocineros, meseros o jornaleros agrícolas, por mencionar algunos ejemplos. Gran parte de ellos son “empleados modelo”, que primero por necesidad y después por entrega, encuentran un sentido profundo en lo que hacen, transfieren una serie de herramientas o skills a los nuevos elementos, y en resumen aportan a la nueva sociedad que los ha cobijado o a la que esperan llegar a pertenecer de manera formal.

Aquí una tercera advertencia de “ceguera de taller”, sería considerar que todo trabajo tiene una intención filosófica dignificante para el ser humano, misma que debe rescatarse, promoverse, y que por sí misma nos llama a reconocer la existencia de representantes en múltiples oficios y saberes no técnicos, que aman y de hecho se entregan en cuerpo y alma a su quehacer diario. Al mismo tiempo, es menester que evitemos “romantizar” el trabajo humano realizado en condiciones precarias, cuando éstas lo sean.

Y es que, en sociedades en proceso de maduración, como la mexicana, Ama lo que haces enfrenta otro gran obstáculo: el agotamiento laboral crónico, bautizado entre profesionales de la salud como “burnout”. El concepto ya había sido propuesto para la década de los 70 por el psicólogo Herbert Freudenberger; valdría la pena preguntarse por qué no fue sino hasta 2019 que la Organización Mundial de la Salud (OMS) tomó la decisión de incluirlo en su última revisión periódica de Clasificación Internacional de Enfermedades , aunque como un “Fenómeno Ocupacional”. Es decir, que se ha reconocido que las personas en diferentes partes del mundo demandan hoy día distintos niveles de atención médica por estrés asociado al trabajo (2), pero que por sí mismo, dicha manifestación no se considera una condición médica como tal. Pero entonces, ¿qué es el estrés? ¿Por qué debería interesarnos prevenir o atender el estrés laboral, si es la propia OMS quien señala que “no alcanza” la categoría de enfermedad?

Sucede que, en 1994 de nuevo la OMS elaboró una definición internacional para el estrés, según la cual se trataría simplemente del “conjunto de reacciones fisiológicas que preparan al organismo para la acción”. Así las cosas, el estrés se puede empezar a entender más como una especie de sistema de alerta que como una condición perjudicial per se, puesto que cumple una importante función biológica de supervivencia: de modo parecido a las emociones desagradables (3) como la tristeza, el miedo o el enojo, el estrés le sirve al individuo para poder prepararse y reaccionar ante diferentes retos o amenazas que su entorno le plantea. Por supuesto, el estrés sí que puede originar malestar cuando 1) la reacción de la persona es insuficiente ante las demandas inmediatas del medio, o 2) sus reacciones son desproporcionadas o inclusive resultaron infundadas. Pero inclusive estas formas de experimentar estrés tienden a ser pasajeras y la persona suele regresar sin demasiado esfuerzo al equilibrio. El problema es cuando la sensación de estrés intenso se sostiene en el tiempo —justificadamente o no—, ya que ello termina afectando otros procesos fisiológicos y mentales, e impacta seriamente la calidad de vida de la persona y otros a su alrededor.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala que el estrés relacionado con la ocupación estaría determinado por la organización de éste, así como por el diseño del trabajo y las relaciones laborales. Para la OIT, el estrés laboral ocurre cuando las exigencias propias del trabajo no se corresponden o exceden las capacidades, recursos o necesidades del trabajador, o cuando su conocimiento y habilidades para enfrentar dichas exigencias no coinciden con las expectativas de la cultura organizacional. En el entorno laboral, es a partir de este punto que podemos hablar de un problema de salud mental, como la ansiedad o la depresión, y factor de riesgo que mina el interés por las tareas diarias, el “sentido de propósito”, y desde luego la productividad, además de incrementar la probabilidad de aparición de distintas conductas de riesgo (Ej. deprivación de alimentos o sueño, agresividad y/o abuso de alcohol u otras sustancias psicoactivas).

Aquí la cuarta y última invitación a esquivar imprecisiones comunes, sería comprender que el estrés laboral no es un fenómeno propio de los “godínez” (4). El estrés laboral afecta también y quizá de manera más acuciante a todos aquellos trabajadores en condiciones inestables de contratación, sin seguridad social, parco salario o sueldo incierto, por ejemplo. Como podrá intuirse, el estrés laboral también surge en el ámbito rural, solo que de forma velada para los saturados ojos de la Metrópoli.

Algo que, por el contrario, no escapa del interés de los grandes núcleos urbanos, son los costos asociados a cualquier “externalidad negativa” del quehacer productivo. El burnout o estrés laboral crónico, representa una de esas externalidades, ya que conlleva un elevado coste en múltiples dimensiones que van desde la persona, su equipo de trabajo, organización, familia, relaciones sociales, etc., y que en última instancia tiene claras repercusiones económicas (hasta un 4% del PIB mundial según la OIT); e incluso tensiones políticas, ideológicas o de clase menos visibles, al interior de amplios sectores en las sociedades contemporáneas. Las pérdidas económicas atribuibles al estrés laboral en México, se han estimado en alrededor de 16 mil mdp anuales. Si no es por salud mental, que sigue siendo una asignatura escandalosamente ignorada en nuestro país, siquiera por burdo interés monetario nos convendría manejar el tema con mayor responsabilidad.

En los albores del siglo XX, Max Weber trazaba una hoja de ruta entre la Ética Protestante y la consolidación del Capitalismo; poco menos de un siglo después, ya era posible atisbar los primeros efectos en la salud mental, derivados de invertir el canon moderno Trabajar para vivir, en el mantra posmoderno Vivir para trabajar. Cuentan que a los “workaholics” les encanta citar esta frase atribuida a Confusio: Elige una ocupación que ames y no trabajarás ni un solo día.

Pero la adicción al trabajo es una deformación en las representaciones sociales alrededor del nexo ocupación-ocio, que perjudica a un todavía indeterminado número de personas a lo largo de su vida laboral. La conectividad 360 que la tecnología digital posibilita, también ha incrementado y a la vez hecho más patente esta situación. Empero, ser un workaholic no significa estar más comprometido o realmente “ponerse la camiseta”; por más que a primera vista así lo parezca. Para muchas empresas y organizaciones podría parecer muy rentable contar con varios colaboradores de formato 24/7 (que contestan correos a cualquier hora, llegan más temprano, salen más tarde, trabajan interminables horas extra y en fines de semana, sin pensar siquiera en solicitar compensaciones por ello).

No obstante, lo cierto es que ese estilo de trabajo genera importantes mermas en la calidad del esfuerzo y las relaciones al interior de la empresa u organización; muchas veces ni siquiera por parte del o los workaholics, sino del resto de los colaboradores. Una de las lecciones de primer semestre en Psicología Social es que la influencia en cualquier grupo humano siempre será recíproca: si una persona adicta al trabajo se ha convencido de que los demás no cuentan con su nivel de compromiso, es muy probable que intente dar todavía más de sí, ironizando o envaneciéndose por ello. Por otro lado, sus compañeros tenderán ya sea a rotar intensamente, a imitarle “por obligación” (sobre todo si perciben que el trato de los superiores le favorece), o a afirmarse en su estilo de trabajo como reacción defensiva. En ambos casos, se trunca la posibilidad de lograr intercambios horizontales benéficos para co-crear innovación y desarrollo como resultado “natural” de las tareas atacadas en colectivo. Lejos de ello, las relaciones internas tenderán a mantener el orden imperante, pero deteriorando imperceptible y profundamente el andamiaje organizacional que las alberga. Todos pierden.

Por cierto, y hablando tanto de workaholics como de trabajadores precarizados, en México laboramos más horas a la semana que en casi cualquier otro país del mundo (un promedio de 45.2 hrs., equivalentes a 2,225 hrs. al año según la OCDE). Cosa curiosa: también ocupamos el primer lugar de los países miembros de la ONU en estrés laboral crónico (75% de la población económicamente activa, de acuerdo con la OMS), seguidos de cerca solamente por China (73%) y bastante más lejos por Estados Unidos (59%). De seguro nadie se atreverá a afirmar que también igualamos al gigante asiático o al vecino del norte en términos de productividad. ¿Por qué entonces estamos trabajando tanto? Una parte de la explicación podría hallarse en nuestra herencia colonial, de la cual abreva el característico afán mexicano por servir, agradar y “no saber decir que no”, pero esto no exime a los empleadores de sus responsabilidades para con el respeto y la dignificación intrínsecos al trabajo honrado. Prevenir y atender el burnout es también un asunto ético.

No todo está perdido. La Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPSS) publicó recientemente en el Diario Oficial de la Federación (DOF), la Norma Oficial Mexicana NOM-035-STPS-2018, que versa sobre la identificación, análisis y prevención de factores de riesgo psicosocial en el trabajo. Para octubre de 2019, todos los empleadores estarán obligados a observar, y atender dichos factores. Sabemos que de la cuchara a la boca y todo eso, pero siempre será mejor contar con una normatividad que no contar con ella. Por su lado, algunas empresas cuentan, como parte de una cultura corporativa sólida o en desarrollo, con diferentes combinaciones de opciones para reducir o afrontar mejor los estresores propios del ritmo y cargas de trabajo. Algunos ejemplos son: comedores y servicio accesible de cocina, salas de descanso/juego, áreas de recreación, cobertura médica ampliada, gimnasios, talleres, actividades culturales y/o artísiticas, jornadas estrictamente no-laborales de integración, o sistemas de mitigación de la fatiga crónica, como esquemas de horario flexible, home office y/o compensaciones como días libres o extensiones vacacionales. No obstante, queda mucho por hacer para atacar las raíces del burnout, en especial en los sectores público y social, donde prevalece la inercia de viejos modelos de trabajo y una ausencia histórica de políticas públicas integrales, que atiendan esta problemática como una prioridad en salud pública y para la competitividad local, regional y nacional.

Cerremos con una última reflexión: este año, en Bolivia, la OIT acaba de celebrar una declaratoria sobre El Futuro del Trabajo (para cuya coordinación previa participó un equipo de 35 especialistas representantes de gobierno, academia, sector privado, sindicatos y trabajadores). Su intención es generar un compromiso auténtico por parte del gobierno de cada uno de los países miembro, a fin de establecer directrices para el desarrollo de políticas públicas que dignifiquen e impulsen relaciones más dignas e incluyentes en el mundo del trabajo de cara al siglo XXI. ¿Qué empleos se transformarán? ¿Cuáles tenderán a desaparecer? ¿Cómo se darán las nuevas relaciones laborales? ¿Qué relevancia seguirán teniendo o no los contratos colectivos? ¿Cuál será el nuevo papel de los sindicatos, ante una creciente empleabilidad individualizada, e individualizante? ¿Qué retos enfrentan la seguridad social o las pensiones? ¿Qué implicaciones tiene todo esto para el alcance de los Objetivos de Desarrollo Sostenible? ¿En qué factores descansará el éxito o el fracaso, de aspirar globalmente a una empleabilidad saludable?

De momento, Bukowski lo sigue teniendo claro. Do Find what you love…

@LexiaGlobal

 

(1) Este latinismo sirve para designar a una persona que, por habilidad o necesidad, es capaz de desempeñar toda tarea imaginable; en México la figura es mejor conocida como un “mil usos”.

(2) Situación rastreable mediante indicadores estandarizados para la población mundial, como los Años de vida ajustados por incapacidad (AVAD) o los Años de vida saludable perdidos (AVISA).

(3) Contrario a lo que suele pensarse, las emociones no son “buenas” o “malas”, ni “positivas” o “negativas”. Las emociones no surgen bajo esos parámetros, puesto que todas tienen un papel relevante en términos de adaptabilidad ante los estímulos y condiciones del entorno físico y social. En todo caso, es preferible hablar de emociones “agradables” o “desagradables”, y dependiendo de cada situación distinta (Ej. el miedo que como “emoción desagradable” nos ha acompañado y facilitado la supervivencia de nuestra especie desde la Prehistoria, puede experimentarse también como una “emoción agradable” o hasta deseable, si estamos disfrutando de una película de terror en el cine, por ejemplo. Si la película no asusta, nos sentimos decepcionados).

(4) Como etiqueta, el “godín” es prácticamente cualquier empleado de oficina, discriminado por otros trabajadores urbanos a partir de la naturaleza considerada monótona o “intelectualmente inferior” de sus tareas cotidianas.

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