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El blog de los vudúcratas
Por Vudúcratas
Somos una cooperativa y experimento lúdico que se automedica filosofía política y otras pregun... Somos una cooperativa y experimento lúdico que se automedica filosofía política y otras preguntas perennes, para no aburrirse con la coyuntura política y su mar de información tóxica y monótona. Compartimos la creencia de que la humanidad podría salvarse de sí misma, si logra reírse con total franqueza de todo lo que considera sagrado. Los Vudúcratas también son un taller que diseña herramientas metapolíticas didácticas, con un enfoque de economía circular comunitaria. (Leer más)
Los muertos también votan: una crónica de los usos y costumbres en Oaxaca (Parte 1)
En 1998 el PRI impulsó una reforma en Oaxaca en la que los pueblos indígenas pudieron mantener cierto grado de autonomía para elegir a sus autoridades bajo sus propios métodos, siempre que el presidente municipal quedara registrado bajo las siglas de PRI.
Por Rodrigo Elizarrarás
8 de abril, 2021
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Vale la pena aclarar que este texto es parte real y parte ficción; habita en ese lugar de los recuerdos donde se borran los detalles y son cubiertos por algo de fantasía; sin embargo, trataré de apegarme a los hechos si es que existe tal cosa, y describir sucesos reales y creencias mágicas de algunos pueblos de este país.

Era el año 2001, cuando la vida era sencilla y las aventuras cotidianas. Me había cansado de ser un “asesor” del secretario de Estado, pues muy pronto me di cuenta de que ahí no iba a cambiar nada y entonces sufría esa delirante enfermedad de juventud que busca el cambio como si fuera un mantra. Decidí que era momento de terminar la tesis y sentado en un escritorio de burócrata, no lo iba a lograr. ¡Ni que fuera yo Paz!

Con mi último cheque en mano tomé mis pocas posesiones y emprendí un viaje a los valles y montañas de Oaxaca para lograr entender varias cosas: eso que se conoce como los municipios de “usos y costumbres”, la relación entre el levantamiento zapatista de 1994 y la reforma electoral oaxaqueña de 1998, y por qué el partido dominante en toda la historia moderna del estado (sí, ese, el PRI) habría deseado impulsar una reforma electoral que alejaría a los partidos políticos de la competencia electoral a nivel municipal para siempre (incluido él mismo). Parecía una lógica suicida, pero intuíamos que había una motivación política estratégica detrás. Eso había que averiguar.

Para entonces ya me había leído una cantidad decente de textos sobre lo que llamaré  la “cuestión indígena” en México, desde antropología social e historia política de Oaxaca, etnografías de pueblos indígenas, hasta dominar el debate de comunitaristas, liberales y libertarios en torno a lo que se denominaban los “derechos culturales vs individuales en contextos de democracias liberales”. Iba bien equipado con Taylor, Kymplicka, Chandra, Villoro, Clavero, Habermas, Bonfil Batalla, entre otros tantos.

Desde la tradición académica de la que provenía se consideraba un tanto absurdo hacer “trabajo de campo”, esa era una actividad devaluada que se permitía en disciplinas de menor rigor científico como la antropología o la sociología, ya tan demodé. Se privilegiaba el análisis de datos, los modelos formales, el rat choice, y los reconocimientos solo venían de quien dominara la paquetería especializada en estadística para “tronar números”, revisar signos, significancias y R-cuadradas.

Aunque me divertían los numeritos, no dejaba de tener esa romántica idea de hacer trabajo que imitara a Pierre Clastres o de perdis a Levi-Strauss: esos estudios sobre tierras lejanas, donde el hombre occidental se da un golpe de realidad con la otredad y la llena de “significado”, según los marcos analíticos y normativos de occidente. Me motivaba el fantasma de un vil conquistador. Era muy lamentable.

Pase varios meses recorriendo los valles centrales y algunos municipios en las montañas, alejados de la homogeneización mestiza, ese genial mito que buscaba darle una identidad común y unificadora a un país dividido y hecho añicos. En Oaxaca hay más de 17 grupos indígenas, decenas de lenguas en un territorio de más de 93 mil km2, 570 presidentes municipales en la tierra que vio nacer a Juárez y Díaz, dos de los más grandes presidentes (¿némesis?) de este país.

Breve apunte contextual

En Oaxaca en esos años -hay años que cambia- había 418 municipios considerados de “usos y costumbres”, lo que implica que sus autoridades municipales son electas por métodos tradicionales (a mano alzada, por ejemplo) en lo que se conoce como asamblea comunitaria, que está formada por los hombres adultos, padres de familia (en las asambleas tradicionales no participan las mujeres, un tema que no agrada mucho a los liberales). Se reúnen todos en la plaza pública para un proceso deliberativo que puede durar desde unas horas hasta varios días, según se complique la decisión. Se trata de un esquema híbrido que varía de municipio en municipio y de región en región, pero que se asemeja a la democracia ateniense de los tiempos de Platón, pero con mezcal y mole de muchos sabores.

También es esa misma región de la que nos contaba Iñigo Laviada, el abuso y explotación de “Los caciques de la sierra” (1978) era un tema cotidiano, donde la vida vale muy poco y se asesinaba con plena impunidad a los indígenas, sin el menor reparo. Las élites políticas estatales lograron mantener una suerte de arreglo político, donde los pueblos indígenas pudieron mantener cierto grado de autonomía (mediante los usos y costumbres) para elegir a sus autoridades bajo sus propios métodos, siempre que quedara registrado (el presidente municipal) bajo las siglas de PRI. Era un ganar-ganar; unos ganaban autonomía en sus decisiones locales y los otros mantenían el 100% de los municipios bajo el tricolor. Así se lograron las famosas casillas zapato, donde se decía que hasta los muertos votaban… y sí: en algunos lugares los muertos vienen del más allá y ayudan a los vivos a votar por la mejor opción.

* Rodrigo Elizarrarás (@rodaxiando) es politólogo por el ITAM y la New School for Social Science de Nueva York; actualmente es analista y consultor político. Después de trabajar en gobierno, think tanks y ONG a nivel nacional e internacional, finalmente se dedica al análisis y prevención de riesgos sociales, políticos y ambientales en Latinoamérica.

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