Los muertos también votan (Parte II): Una crónica de los usos y costumbres en la sierra Mixe
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Somos una cooperativa y experimento lúdico que se automedica filosofía política y otras pregun... Somos una cooperativa y experimento lúdico que se automedica filosofía política y otras preguntas perennes, para no aburrirse con la coyuntura política y su mar de información tóxica y monótona. Compartimos la creencia de que la humanidad podría salvarse de sí misma, si logra reírse con total franqueza de todo lo que considera sagrado. Los Vudúcratas también son un taller que diseña herramientas metapolíticas didácticas, con un enfoque de economía circular comunitaria. (Leer más)
Los muertos también votan (Parte II): Una crónica de los usos y costumbres en la sierra Mixe
A principios de los ochenta, el poder omnipresente del PRI sufrió sus primeras fracturas en Oaxaca, lo que dio paso a un largo y tortuoso proceso de democratización del país por la vía local.
Por Rodrigo Elizarrarás
22 de abril, 2021
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En memoria y agradecimiento a Francois Lartigue, profundo conocedor de los pueblos indígenas

En la entrega anterior, rememoraba sobre los tiempos ya casi olvidados en que los muertos votaban en esas épocas cuando el PRI era el dueño y señor de todo el aparato gubernamental; particularmente en aquellos municipios alejados es donde logró imponer su dominio político con el apoyo incondicional de los caciques locales. De esa forma se logró mantener el control político de muchas regiones, estados y municipios del país, sin que se generará una queja al respecto. 

Habríamos ganado mucho de finalmente reconocer plenamente esa pluralidad de realidades “democráticas” (y de las múltiples “comunidades imaginadas” en el sentido de Benedict Anderson), y de diversos contextos sociales y políticos dentro de nuestro marco teórico normativo, que es lo que le da forma a nuestra democracia. El tema siempre se complicaba al momento de aceptar prácticas fuera del marco de los derechos individuales que eran violatorias de los principios constitucionales. La respuesta entonces (y ahora) es mejor hacerse de la vista gorda y continuar con la vida como si no existiera esa realidad. 

En fin, pero a principios de la década de los ochenta, el poder omnipresente del PRI empieza a sufrir sus primeras fracturas en el estado de Oaxaca. Es imposible pasar por alto el triunfo de la Cocei en el Istmo de Tehuantepec, primer municipio del país gobernado por un partido (y movimiento) de izquierda y que finalmente devendría en un largo y tortuoso proceso de democratización del país por la vía local, que tardaría muchos años en alcanzar la transición democrática del ejecutivo federal casi 20 años después. 

Lee: Los muertos también votan: una crónica de los usos y costumbres en Oaxaca (Parte 1)

Llegaríamos finalmente a la década de los noventa en medio de una grave crisis económica y política, tras la crisis del 95, el levantamiento zapatista, los asesinatos políticos en el PRI en esos años, que logró sublimarse (una vez más) en una reforma electoral en 1996, donde se buscó una mayor pluralidad política en el Senado, hasta entonces bastión político del partido hegemónico. Misma reforma, que en su versión oaxaqueña hizo cambios al Código Electoral para reconocer el mecanismo de elección por “usos y costumbres” en los municipios. Aunque fue un cambio menor significó un gran avance para los pueblos indígenas oaxaqueños. 

Regresando a los pueblos…

En esos años todo marchaba sobre ruedas, había conseguido una beca para financiar mis investigaciones y así poder recorrer algunos de los municipios de usos y costumbres para entender algo de lo que implicaba esta forma de mecanismo electoral. Me hice observador electoral acreditado por el Instituto Electoral del Estado, y me armé con un mapa y un calendario de todas las elecciones de usos y costumbres a lo largo del año, ya que no ocurren en una sola fecha, sino que dependen de las festividades y fechas importantes para cada municipio; sin embargo, recorrer 418 municipios no es algo sencillo, ni siquiera a los gobernadores les da tiempo de conocerlos todos. 

Una de las visitas más inolvidables de esos viajes fue en la víspera del 1 de noviembre a un pequeño poblado cuyo nombre se mantiene en mi memoria: Santa María Alotepec Mixe, un bello pueblo enclavado en las faldas de una imponente montaña también conocida como “la mujer dormida”. Para llegar a este poblado tuve que moverme por más de seis horas desde la capital oaxaqueña en múltiples transportes. Las últimas horas solo se llega en una clásica estaquita de redilas.

Como es sabido en esos días se celebra el día de muertos y por esa misma razón, las autoridades tradicionales de Santa María Alotepec Mixe eligen el 1 de noviembre para llevar a  cabo su Asamblea Comunitaria para la elección de autoridades municipales. Cuenta la tradición que se elige ese día porque de esa forma los antepasados (sus muertitos) están presentes y los acompañan y guían para deliberar y elegir a la mejor persona como autoridad municipal para el siguiente año. El peso de los antepasados y de la tradición es fundamental en la cosmovisión política de este pueblo mixe. 

Así, todos los hombres jefes de familia se reúnen en el salón de usos múltiples y se sientan por horas (a veces días) a deliberar sobre las características del nuevo líder y las necesidades de la comunidad. Se van decantando así las opciones, sus ventajas y desventajas, si cuentan con dinero o están endeudados, si han hecho servicio de cargos o no lo han hecho, si viven en la comunidad o están del otro lado (muchos viven en EUA, si es necesario son llamados y tienen que regresar a cumplir con sus obligaciones comunitarias por un año), si son honestos, trabajadores, entre otras virtudes que deben tener para ser autoridad municipal. En este proceso deliberativo, el tiempo no importa; lo importante es llegar a un consenso de quién es la mejor persona para ocupar el puesto y la asamblea solo concluye al elegir al nuevo líder.

Santa María tiene una pequeña y vieja iglesia, seguramente construida en el s. XVII, las paredes todavía conservan unos frescos con trazos prehispánicos, las casitas del pueblo se abren paso entre las nubes. Las mañanas son frías en la sierra y se va calentando al medio día conforme se abre el cielo. Esa mañana del 1 de noviembre era especial, desde muy temprano todos se reúnen en la iglesia para misa de ocho, hay flores, colores, niños, mujeres y ancianos que celebran a sus muertos. Los músicos del pueblo (gran tradición mixe) llevan tocando toda la noche y circulando botellas de mezcal (ahí se sabe que el mejor mezcal es el que no tiene etiqueta); apenas se mantienen en pie, varios muestran signos de la desvelada. Un mayordomo del pueblo trae varias cajas de cervezas que reparte entre los músicos para mantener la música a flote y así parten todos en procesión hacia el panteón, donde colocan flores, comida y bebida en las tumbas de sus muertos. Poco antes del mediodía las festividades toman una pausa porque es momento de preparar la comida especial de ese día.

A mediodía un gran silencio se apodera de todo el pueblo, en ese momento se sacrifican una gran cantidad de guajolotes para preparar el famoso caldo mixe. La forma en cómo muere el guajolote en cada casa se entiende como una seña de la suerte de esa familia. La más anciana de la casa sabe leer el rastro que deja el guajolote y debe hacer un ritual si la señal es mala. Después se puede continuar con los preparativos de la cocina. 

El resto del día lo pasé visitando casas, comiendo y bebiendo como nunca antes, casi me da una indigestión grave. Es asombrosa la cantidad de mezcal que se consume en los pueblos oaxaqueños (me recordó mucho a un gran libro: Drinking, Homicide and Rebellion de William B. Taylor). Se come y se bebe toda la tarde. Alrededor de las seis todos los hombres empiezan a reunirse en el salón de usos múltiples, va a dar inicio la Asamblea, es momento de deliberar y elegir a las autoridades. La sesión se lleva a cabo en lengua mixe y solo entiendo lo que el lenguaje no verbal te deja ver: se nota la molestia, la queja, los argumentos, los chistes, las emociones y los rostros te dejan ver si la sesión va bien o mal.

Pasaron horas de discusión, ese día me fui a dormir y la Asamblea aún no acababa, les llevó toda la noche e incluso hubo que hacer un receso y continuar al día siguiente, aún no había autoridad electa. La discusión era intensa y no había consenso. Así es el proceso, no hay urnas, no hay boletas, no hay candidatos, se va formando un proceso de discusión deliberativo, es como una colmena de abejas que toma decisiones para su sobrevivencia, pero todos deben coincidir en el destino final. Aparentemente no hay partidos, pero hay algunos casos donde los partidos políticos han logrado invadir los procesos indígenas, donde afloran las diferencias y divisiones entre grupos rivalizados por cuestiones religiosas, de clase, recursos o ideologías.

Tuve que partir esa mañana a otra elección, me iba a otro pueblo cercano a ser testigo de una elección de usos y costumbres que ya había sido colonizada por los partidos. Había una fuerte división, se hablaba de dos asambleas comunitarias simultáneas que nombrarían a dos autoridades diferentes, lo que presuponía problemas postelectorales para el Instituto Electoral del Estado. Un escenario muy distinto al que acababa de ver. 

Fueron épocas de gran aprendizaje, de observar la democracia directa, los partidos políticos, los procesos electorales en las montañas, de la diversidad de usos y costumbres. Ya de regreso a la Ciudad de México, conforme veía como va cambiando el paisaje y el ancho de la carretera y me iba yo acercando a la gran megalópolis, me alejaba de ese México y me acercaba a otro; pensaba en cómo ambos mundos siguen coexistiendo en un entramado legal que hemos sabido tejer de una forma muy creativa, logrando reducir el conflicto al mínimo y permitiendo al menos una pequeña esfera de autonomía para los pueblos indígenas. Esos son los verdaderos pueblos mágicos que hemos despreciado por los procesos democráticos modernos. 

A la fecha, sigo sin entender cómo es que podemos seguir conviviendo sin mayores conflictos, cómo es que todavía creemos que somos parte de la misma “comunidad imaginada”, cómo es que México nos da una identidad tan amplia y tan maleable, como todas esas tradiciones caben y chocan contra la “democracia moderna” y aún se mantienen inmutables por siglos. 

Conforme iba entrando a la ciudad, en esa gran avenida que es la Calzada Ignacio Zaragoza, donde inevitablemente me da un golpe de decadente e implacable modernidad, pensaba que había viajado más en el tiempo que en la distancia, y a pesar de esos escasos kilómetros había cientos de años de diferencia entre esas dos realidades. Ellos eligen a sus autoridades con la guía de sus muertos, nosotros por las mismas personas de siempre disfrazadas de otros colores en una danza de spots y basura. Ambos rituales son absurdos el uno para el otro; ambos rituales solo tienen sentido en sus propias narrativas y tradiciones, y los dos conviven sin tocarse demasiado, sin percatarse del otro para sobrevivir quizá, solo otros quinientos años.

 

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