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El blog de MSF
Por Médicos Sin Fronteras
Médicos Sin Fronteras (MSF) es una organización médico-humanitaria internacional que aporta su... Médicos Sin Fronteras (MSF) es una organización médico-humanitaria internacional que aporta su ayuda a poblaciones en situación precaria y a víctimas de catástrofes de origen natural o humano y de conflictos armados, sin discriminación por raza, religión o ideología política. En reconocimiento a su labor, MSF recibió en 1999 el Premio Nobel de la Paz. Contáctanos en: www.msf.mx en Twitter: @msf_mexico Facebook: www.facebook.com/MSF.Mexico o YouTube: www.youtube.com/user/msfmexico (Leer más)
Aïcha no jugaba; huía
Las historias de Aïcha y de miles de niños que han buscado refugio en Diffa son muy similares. Víctimas o testigos de la violencia perpetrada por parte de grupos armados –secuestrados, separados de sus familias u obligados a huir– todos han sufrido historias de pérdida y miedo. Una vez asentados en lugares de relativa seguridad, muchos de ellos continúan reviviendo los eventos traumáticos.
Por Médicos Sin Fronteras
31 de enero, 2019
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Foto: Juan Carlos Tomasi / MSF

Aïcha tiene nueve años. Vive en el campo de desplazados de Kindjandi, en la región nigerina de Diffa, a orillas del lago Chad y fronteriza con Chad y Nigeria. Aïcha es una de las 250.000 personas (refugiados, desplazados internos y retornados) que buscaron refugio en Diffa huyendo del conflicto entre grupos armados no estatales y fuerzas militares en la región. La gran mayoría de estos desplazados viven en campos como Kindjandi, donde no tienen siempre cubiertas sus necesidades más básicas.

Fatsouma, la madre de Aïcha, cuenta su historia: “El grupo armado atacó nuestra aldea y nos obligó a huir. Oímos disparos, y a uno de nuestros primos le alcanzaron las balas perdidas cuando tratábamos de escapar. Aquí, Aïcha dejó de jugar y estaba siempre sentada y sola. Le costaba comer e iba perdiendo peso. Por la noche tenía pesadillas que la despertaban. Se levantaba y corría, huía, y yo tenía que salir detrás de ella”.

Las historias de Aïcha y de miles de niños que han buscado refugio en Diffa son muy similares. Víctimas o testigos de la violencia perpetrada por parte de grupos armados –secuestrados, separados de sus familias u obligados a huir– todos han sufrido historias de pérdida y miedo. Una vez asentados en lugares de relativa seguridad, muchos de ellos continúan reviviendo los eventos traumáticos.

En Diffa, Médicos Sin Fronteras (MSF) lleva a cabo un programa de salud mental y apoyo psicosocial, cuyo mayor desafío es aliviar las posibles repercusiones psicológicas y sociales de los eventos traumáticos en el mayor número posible de niños. Mediante la sensibilización comunitaria, la integración del trabajo de los centros de salud y varios programas de atención psicológica, el equipo intenta que la salud mental se incluya dentro del concepto de salud en la región.

Hindatou, Anas y Mariam, también, nos cuentan cómo la guerra ha fracturado sus vidas.

Hindatou

Foto: Juan Carlos Tomasi / MSF

Hindatou tiene 23 años y es la hermana mayor de Mohamed (14 años) y Halisa (13 años). Oriundos del norte de Nigeria, fueron secuestrados por un grupo armado y pasaron varios meses en cautividad antes de huir y reunirse con parte su familia. Hindatou nos cuenta su historia de pérdida e incertidumbre.

“Antes, teníamos bienes, teníamos de todo. Nuestro padre cultivaba mijo, arroz y maíz en un gran campo. El conflicto nos privó de todo. En nuestro pueblo, asesinaron a muchas personas. Varios familiares nuestros murieron de sed porque, en la huida, caminamos durante cuatro días sin agua. Mis tres hermanos, mi hermana pequeña y yo fuimos secuestrados por un grupo armado. Querían casarme con uno de ellos. Como ya estaba casada, me negué. Amenazaron con matarme si no aceptaba este nuevo matrimonio, pero me resistí. Para asustarme, me encarcelaron durante 10 días. Por suerte, antes de que me encontraran marido, logré huir con Halisa y Mohamed. Primero fuimos a Toumour , y luego a Kindjandi. Encontramos a nuestros padres y a otros familiares. Ahora somos 10 en la familia. Todavía no sabemos qué pasó con los otros dos hermanos que también habían sido secuestrados; no escaparon al mismo tiempo que nosotros. Tengo dos hijos y estoy sola con ellos porque mi esposo se ha ido a Nigeria a buscar comida. A veces tengo noticias suyas por teléfono.

El periodo que pasamos con el grupo armado ha marcado tanto a mi hermana como a mi hermano. Cuando mi hermana está en grupo, con gente, está bien, pero cuando está sola, sobre todo de noche, tiene pesadillas. Siempre está inquieta. Mi hermano también las tiene porque vio al grupo armado matando a gente: mataron a un hombre y una mujer delante de él. Vinimos aquí para encontrar una solución, si la hay. Para que pueda recuperarse”.

Anas

Foto: Juan Carlos Tomasi / MSF

Anas (12 años) y sus padres escaparon de Nigeria hace cuatro años. Antes, los padres de Anas se dedicaban al comercio y la familia vivía bien, pero, debido al conflicto, tuvieron que renunciar a todo. Anas tiene seis hermanos. Hace 10 meses, su padre se fue a Chad en busca de oportunidades para mantener a la familia.

La madre de Anas relata lo siguiente: “Cuando nuestro pueblo fue atacado, huimos a pie. Había gente muerta, gente perdida. Mataron a mi sobrino de un disparo. Mi hijo vio a personas asesinadas por grupos armados, vio cadáveres. Lo vio todo con sus propios ojos. Cuando piensa en ello, llora. Por culpa de esta experiencia, no quería estar con gente y no comía. A veces, cuando le llamaban, ni oía. Desde que empezó a participar en el programa, se encuentra mejor. Ha vuelto a comer y a jugar con sus amigos. Responde a la primera. Su hermano mayor ahora atraviesa las mismas dificultades. Tengo que traerlo a él también”.

Mariam

Foto: Juan Carlos Tomasi / MSF

Mariam (10 años) y su abuela Aïcha.

Aïcha: “Soy la abuela de Mariam. Huimos de nuestro pueblo por un ataque. Algunos familiares fueron asesinados y otros, secuestrados. Mariam lo vio, y también vio cadáveres. Perdió a su madre, a su padre y a sus hermanos durante la huida, y hasta hoy no sabe qué ha sido de ellos, si están vivos o no. En Kindjandi, la vida es difícil porque ya no puedo trabajar y no tenemos nada para comer ni nadie que nos ayude. Mariam mendiga comida, pide con su tacita. Un día, un hombre la llamó y la desvió del camino. La drogó y la violó. Incluso pasó la noche en casa de ese hombre. Yo la estuve buscando sin parar, pero no la encontraba. A la mañana siguiente, un niño la vio y la trajo a casa. Mariam no paraba de llorar. Al final vinimos aquí y empezó a recibir atención. Aún necesita ayuda. Desde que la drogaron, no es la misma, no es como antes”.

 

@MSF_Mexico

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