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El blog del chairo
Por Alberto Lujambio
El autor se formó en el corazón de Mordor. Estudió doce años en escuelas del Opus Dei y luego... El autor se formó en el corazón de Mordor. Estudió doce años en escuelas del Opus Dei y luego una carrera de Derecho en el ITAM. Es un burócrata arrepentido, un ciudadano desencantado y un clasemediero con aspiraciones. Está convencido de que la opinión se trata de generar reacciones y no de transformar conciencias. (Leer más)
Comedia (a)política
Los héroes del análisis ligero y la comedia noticiosa ya escogieron un bando: el equivocado. Prefieren el albur que la investigación; cobraron su fama y endosaron la inteligencia; se extraviaron en el chisme y olvidaron la provocación. En resumen, son burla pero no comedia.
Por Alberto Lujambio
21 de febrero, 2017
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Por: Alberto Lujambio (@lujambioalberto) y Emiliano Gama (@EmilianoGama)

La buena comedia siempre es urgente.

Cuando las cosas marchan bien es la espuma del ambiente democrático que traduce la crítica y trivializa el debate; a veces, satisface el poderoso instinto de un pueblo de reírse de sí mismo. Cuando el contexto es adverso tiene una grave responsabilidad: articular el mensaje con el que se organiza —y se recluta— la resistencia.

Para hacer buena comedia se necesitan dos cosas: personajes y comediantes. Empiezo por el principio.

Después de un superficial ejercicio llego a la —¿amarga?— conclusión de que tenemos un repertorio vastísimo: un presidente aterrado, un gabinete improvisado, alcaldes surreales, gobernadores imposibles, diputados coloridos, senadores analfabetas, ocurrencias impredecibles, legislación inocua, instituciones imperdonables, millonarios atolondrados, periodistas chayoteros, entrevistadores torpes, expresidentes standuperos, momias sindicales, locutores psicóticos, candidatas impresentables. Todos viven en un manicomio tan escalofriante como patético.

¿Nace la comedia ante la abundancia? Nel.

¿La carroñera y voraz industria del entretenimiento tiene un plan entre manos? ¿Las televisoras, grupos de comunicación y productoras independientes —sedientas de legitimidad y audiencia— quieren capitalizar este mercado, vender publicidad e influir en las elecciones venideras? Tampoco. Nadie tiene un plan, ni una guía, ni un método, ni una idea.

Pasemos a la segunda pregunta. ¿Dónde están los comediantes?

Militando en la derecha tenemos a Callo de Hacha, Chumel Torres y Ricardo Alemán: algunos panistas, otros priistas. Los héroes del análisis ligero y la comedia noticiosa ya escogieron un bando: el equivocado.

Algunos prefieren el albur que la investigación; cobraron su fama* y endosaron la inteligencia; se extraviaron en el chisme y olvidaron la provocación. En resumen, son burla pero no comedia.

Así, la escena está reducida al chiste fácil y las palabrotas innecesarias; a los deslices de Pedrito Sola y los alaridos de Lady Woo.

El piloto de Saturday Night México —una pieza de comedia bien escrita y realizada— era suficientemente mordaz como para aterrorizar a los ejecutivos de Televisa. Nunca vio la luz porque prefirieron enlatarlo y perder su dinero. Me imagino que la razón es el miedo crónico a su peor enemigo: el contenido que transforma conciencias y transforma el debate. En su lugar, la empresa ofreció un late night con Arath de La Torre que no nació a pesar de sus talentosos escritores.

Televisión Azteca canceló sus negociaciones con Horacio Villalobos porque el contenido les parecía “difícil de vender” incluso en el horario de 12 a 1 a. m.: el de las bombas para la erección y las pastillas para de las varices.

Algunos comediantes —y no comediantes— han dado en el clavo. Me viene a la cabeza la brillante pieza de los Supercívicos sobre el Corredor Cultural Chapultepec; la joya de La Sketchería y su Hermano Mayor Presidencial o el poderoso proyecto de feminismo pop de las (e)stereotipas. Uno de mis favoritos trata sobre el uso —indiscriminado y oportunista— de los trajes típicos nacionales y la farsa que se esconde en su interior. Mi teoría es que, si queremos que Kumamoto sea presidente en 2018, tenemos que vestirlo con un poderoso huipil.

Mientras tanto, los comediantes norteamericanos están marcando la agenda y desnudando a los artífices del desastre. Ante la ausencia de espacios, guiones, oportunidades y proyectos; solo nos queda refugiarnos en la genialidad de Samantha Bee, en el ensamble de actores y escritores de Saturday Night Live; en el equipo de investigación de Last Week Tonight y en la voz —fulminante e impasible— de Keith Olbermann.

Estoy convencido de que no tenemos la comedia —ni la democracia— que merecemos y también creo que fabricamos mejores comediantes que políticos. Debo vivir dentro de mi peor pesadilla porque extraño a Vicente Fox y a los Hechos de Peluche.

 

* El párrafo fue modificado a petición del autor por considerar que la palabra “chayote” es ambigua.

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