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El blog del chairo
Por Alberto Lujambio
El autor se formó en el corazón de Mordor. Estudió doce años en escuelas del Opus Dei y luego... El autor se formó en el corazón de Mordor. Estudió doce años en escuelas del Opus Dei y luego una carrera de Derecho en el ITAM. Es un burócrata arrepentido, un ciudadano desencantado y un clasemediero con aspiraciones. Está convencido de que la opinión se trata de generar reacciones y no de transformar conciencias. (Leer más)
El fútbol y la homofobia
Por Alberto Lujambio
13 de junio, 2017
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Es una vieja dinámica. Siempre que se habla de un sistema y sus perversiones surgen las mismas objeciones: «no todos son así», «no generalices», «pinche chairo». Siempre. Sin excepción.

Hablemos de las implementaciones más célebres del patriarcado.

¿Por qué la pederastia es un problema endémico en la iglesia católica? Porque sus reglas impactan en la institución: un grupo de hombres cisgénero —por defecto nadie con vagina ni mujeres transexuales tienen acceso al poder— revestidos de autoridad divina e influencia política toman votos de castidad. La secrecía, la complicidad y la jerarquía se encargan de perpetrar cualquier conducta que nace de este horrible cóctel.

Se puede decir lo mismo de las fuerzas armadas en las que el abuso sexual a compañeras y ciudadanas de países enemigos es una pandemia desde tiempos inmemoriales. Por diseño, el ejército premia el sadismo y la obediencia. La formación militar es una preparación para lo que sigue: una vida de silencio bajo una estructura de mando fundamentalmente masculina y dolorosamente violenta.

¿Qué pasa en el fútbol?

Estamos obsesionados con un evento deportivo que no permite el acceso a las mujeres a ningún nivel: no hay directoras técnicas, jugadoras o funcionarias —que importen. Es un club de Tobi en esteroides. Aunque están propiamente agremiadas, la brecha salarial es diez veces más pronunciada que la reportada en profesiones como el derecho o la arquitectura. ¿Lo más grave? A todo el mundo le parece aceptable porque el “show de las morritas” es aburrido y mediocre.

El efecto de la exclusión es expansivo. Las páginas de Facebook en las que se discute el fútbol están atestadas de lenguaje machista y homofóbico. Los posts ofensivos —o violentos— son tan recurrentes como exitosos.

La afición se comporta igual fuera y dentro del estadio. No me sorprende que le griten «puto» a los oponentes porque así le dicen a sus compas cuando perdió —o ganó— el Madrid. No siempre es homofobia en su sentido más agresivo —algunos imbéciles que usan este lenguaje conocen homosexuales y los aman— pero es un instinto homofóbico que vive entre la piel, la camiseta y el corazón. Puto el americanista, puto el afeminado, puto el otro, puto el que lo lea.

El periodismo especializado no se salva: mientras los hombres en el estudio lucen sendas barrigas y padecen de hinchazón crónica; las chavas lucen playeras embarradas sobre sus vistosos implantes. Se debate a gritos y se abusa del ad hominem; unos ganan y otros pierden.

Nadie quiere aceptar que el problema de fondo es la manera en la que nos aproximamos al deporte y los métodos que usamos para administrarlo.

El documental de HBO Soccer’s Darkest Secret da cuenta de cómo las estructuras patriarcales afectan las relaciones sexuales dentro del complejo —y oscuro— mecanismo que encuentra el talento, lo hace debutar y lo proyecta al estrellato. En resumen, las fuerzas básicas del fútbol inglés han sufrido abuso sexual sistemático por parte de los directivos. El escándalo se parece mucho al de la iglesia católica y no es exclusivo del fútbol. Otros despliegues de machos partiéndose la madre tienen problemas parecidos.

El fenómeno es similar y la respuesta de la jerarquía es exactamente igual. Primero se niega; si persisten, se encubre; si todo falla, se paga; si no les interesa el dinero, se amenaza; si no se les puede amenazar, los pinches chairos producen un documental.

Hice mi tarea. Le pedí a seis amigas a las que les gusta el fútbol que me dijeran el nombre de una jugadora y ninguna atinó a responder. Realicé otro sencillo ejercicio que recomiendo repetir en casa: entré a las redes sociales especializadas en natación, atletismo, tae kwon do y otra docena de deportes olímpicos. Me tomó quince minutos encontrar lenguaje homofóbico.

No se confundan, el problema no es de México. El fenómeno impacta a todo el fútbol y sus artífices. En todas las latitudes, la excusa es la misma: no es homofobia, es código machín o, como le dicen los gringos y su presidente naranja, conversaciones de vestidor.

Parece que en la gimnasia o en el nado sincronizado está mal visto que la afición le grite «puto» al oponente. Tampoco han matado a nadie cuando una nadadora cometió un error y perdió el equipo.

Adivinen por qué.

 

@lujambioalberto

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