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El blog del chairo
Por Alberto Lujambio
El autor se formó en el corazón de Mordor. Estudió doce años en escuelas del Opus Dei y luego... El autor se formó en el corazón de Mordor. Estudió doce años en escuelas del Opus Dei y luego una carrera de Derecho en el ITAM. Es un burócrata arrepentido, un ciudadano desencantado y un clasemediero con aspiraciones. Está convencido de que la opinión se trata de generar reacciones y no de transformar conciencias. (Leer más)
Tengan su democracia
Nos hablan de ella como se habla de “dios”, “la familia” o “la santa” iglesia. Su democracia está a la venta y siempre gana el que invierte más en uno de dos recursos: el odio o el dinero.
Por Alberto Lujambio
10 de noviembre, 2016
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La fea, la tonta, la impredecible, la caprichosa, la vanidosa, la abyecta, la ineficiente, la mentirosa, la inepta.

Esa es su democracia.

Nos hablan de ella como se habla de “dios”, de “la familia” o de “la santa” iglesia. La imposición ideológica es tan severa que nos cuesta mucho trabajo separar el concepto de la implementación. Quizá por eso contar votos, elegir un gran líder y crear burocracia son dogmas incuestionables. Quienes viven de esta farsa están obligados a reconocer cualquiera que sea el resultado: tal como se acepta el fatal desenlace de una ruleta rusa.

Los politólogos dicen que son las reglas del juego, afirman que no existe otra salida; analizan el desastre y nos preparan para la inclemencia. Afortunadamente para ellos, el “escalofriante mundo del futuro” necesita hombres privilegiados, blancos y con doctorado que vivan de posicionarse: los nuevos sacerdotes. Como toda religión, la democracia representativa está montada en un conjunto de mitos fundacionales.

De jovencitos nos dijeron que la democracia griega era deliberativa. Nuestros oídos progres tuvieron un pequeño orgasmo cuando leímos a Platón e imaginamos a un grupo de individuos usando la razón y los argumentos para tomar las decisiones más graves e importantes. En realidad, la democracia helena era un juego de hombres ricos y libres. Al final del día, los espartanos destruyeron su Ágora. Todavía habitamos esas ruinas.

Afirman que la democracia romana era sensata. Nos hablaron de las cámaras populares, de los dos presidentes que se dividían el poder y estaban obligados a acordar; nos anunciaron el nacimiento de la burocracia como un síntoma de grandeza y salud social. Ya sabemos cómo terminó el cuento: César destruyó el sistema -muy incómodo para administrar un imperio- y Octavio creó la baraja imperial con la que seguimos apostando.

De la democracia francesa nos dijeron que era implacable y eficaz. Nos presumieron sus cortes, sus códigos, sus jueces. Nos dijeron que se trataba de la cristalización de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Poco después el autoritarismo se adueñó del tablero argumentando razones de Estado. Se inventó la impredecible caja negra que conocemos ahora.

Me convencieron de que la democracia inglesa era vieja y estable. Presumen ser los primeros que le cortaron la cabeza a un rey intolerante. Afirman que su sofisticado pacto los hizo ricos y prósperos. La verdad es que administraron la abundancia de sus colonias y crearon prosperidad empobreciendo a los vencidos. Construyeron un estado de bienestar montado en la esclavitud.

El numerito de los founding fathers de los Estados Unidos me voló la cabeza. Fui fascinado por ese puñado de hombres que se tomaron muy en serio su trabajo político. Tenían claro el objetivo: debían construir una máquina creadora de instituciones. El resultado fue un fascinante proceso para generar pactos y medir sus resultados.

El punto más alto de su deliberación era si la tierra pertenecía a los vivos -y debía crearse una nueva constitución cada generación- o si deberían ser ellos y su pacto los que decidieran el futuro de la tierra. Obvio, yo soy #TeamJefferson. Este grupo de visionarios se preparó para librar las batallas pragmáticas pero tuvieron que sacar las bayonetas para decidir sobre las ideológicas.

Los apologetas de la democracia norteamericana la presumen transparente y gremial porque privilegia la creación de grupos de poder y los hace “responsables” de los candidatos que promueven. Este sistema -privatizado, litigioso y cabildero- multiplica la riqueza, los empleos, el crecimiento, el poder para los más distinguidos de sus miembros.

El imperio que resultó de su pacto democrático es un monstruo que ahora se come a sí mismo: una especie de leviatán suicida que participa en un Super Bowl.

Su democracia está a la venta y siempre gana el que invierte más en uno de dos recursos: el odio o el dinero. Los sistemas electorales de los estados nación fueron diseñados para premiar las promesas vacías, fomentar el lenguaje de odio y promover la división. En resumen, son conservadores por diseño.

Cuando los pobres votan contra sus intereses arengados por el odio, tenemos que conceder que el juego de la persuasión democrática no es tan sofisticado -ni tan cierto- como nos lo contaron. Lo único que sabemos es que cada año los ricos son más ricos y los pobres más pobres.

Las consultas populares -tan democráticas ellas- han demostrado ser un fracaso porque la división diluye la empatía. Por eso los colombianos que viven lejos de la guerra decidieron que no debería perseguirse la paz.

Los nuevos animales en el circo democrático son los incipientes y empoderados neonacionalismos de derecha. Son abyectos, despreciables y peligrosos. Son la consecuencia natural de tomar decisiones del presente con procesos del pasado.

Ante esta trampa discursiva tenemos que emerger con nuevas formas de entender la política. Los vivos debemos tomar control de la tierra que habitamos.

Es tiempo de entender que los recursos naturales son compartidos y deben ser administrados por sistemas transparentes y mundiales. La tecnología para crear gobiernos abiertos ya existe y no se implementa porque las instituciones nacionales son esencialmente corruptas. Los ejemplos sobran. Es momento de mandar a muchos notarios, jueces y abogados a hacer mejores cosas. Les estamos exigiendo una revolución por Twitter y ellos nos contestan por fax. No queda claro si es corrupción o estupidez.

A pesar de los datos y la evidencia, el sistema político se mueve al ritmo manipulado y prejuicioso de la “opinión pública”. Sabemos que la mariguana es más gentil que el alcohol y nos aproximamos al fenómeno esquizofrenicamente. Entendemos que la violencia florece en la desigualdad y la pobreza y nos empeñamos en hacinar a los pobres a la cárcel.

Al mismo tiempo, nuestra generación creó una enciclopedia colectiva que se equivoca poco y aporta muchísimo.

No puedo creer que sigamos perdiendo el tiempo organizando sus elecciones. De ellos.

P.D. Le mando un beso a Fernando Vallejo.

 

@lujambioalberto

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