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El chino talibán
Por Simón Levy
Simón Levy-Dabbah es especialista en Economía y Políticas Públicas de China, Abogado con espe... Simón Levy-Dabbah es especialista en Economía y Políticas Públicas de China, Abogado con especialidad en Comercio Exterior, egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM, Maestro en Administración y Dirección Internacional en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la EGADE del ITESM, así como en Derecho Chino por la Universidad Popular de China. Fue el primer abogado mexicano con permiso de trabajo en la República Popular China. Sus opiniones son a título personal. (Leer más)
Corte de caja
Por Simón Levy
1 de julio, 2012
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Hoy es el día para demostrarnos que la democracia puede dejar de ser un simulacro temporal de la voluntad colectiva para transformarse en un ejercicio permanente de creación compartida. Una forma de hacer real el poder de las consecuencias frente a los actos públicos.

También hoy tenemos la gran oportunidad de transformar una sociedad que  se ha manejado por inercias y pasar a una que crea conciencia y superación colectiva a través de la responsabilidad de la coparticipación. Para alcanzar la dignidad individual, debemos asumir como inversión y no como costo, el ejercicio de lo colectivo.

El mal uso del poder ha imperado porque hemos renunciado a la responsabilidad de controlarlo, al ser víctimas –psicológicamente hablando- nos abandonamos en la comodidad de ser maniquíes pasivos-detractores en lugar de seres activos y transformadores.

Para que ello suceda, debemos implementar un sistema eficaz de responsabilidades y consecuencias para quien rompa o pretenda quebrar los vidrios de nuestra integridad como sociedad. La única forma de poner límites a la seducción de un pasado autoritario está en la organización ciudadana dispuesta a asumir su rol. Jamás habrá gobierno responsable y sin excesos sin una sociedad organizada que le oriente asumir dicho papel.

No es que tengamos un gobierno corrupto, sucede que tenemos una sociedad que tolera lo corruptible. Sí, sectores y entes privados que cuando la corrupción les beneficia callan, pero cuando les perjudica, la exaltan y critican.

Como mexicanos no hemos terminado de entender ni de ponernos de acuerdo en aplicar nuestro poder de las consecuencias; en hacerlo real frente a los poderes ocultos de la sociedad. Hoy es una gran oportunidad para contribuir a cambiar dicha realidad.

Entonces, la democracia debe servir como un sistema que aplique no sólo las consecuencias en cada elección política, sino debemos acortar los procesos de verificación ciudadana y si el Estado aplica consecuencias a sus ciudadanos, éstos deben aplicar consecuencias también a sus líderes. Pero ello nos exige legitimarnos, no sólo gritando ni haciendo verbenas de exaltaciones e insultos. Nos exige dejar de ser meros usuarios de la libertad de expresión, para ser eficaces generadores de soluciones.

Veo en el progresismo el modelo que volverá en acciones eficaces las políticas públicas. Esas políticas que permitan aterrizar la competitividad  y la atracción de lo mejor  que sucede en el mundo para que juntos, gobierno y las empresas, creen acciones de corto plazo de mejora de las condiciones de comunidades sin importar su estrato o posición social. Esto provocará una ola de innovación que se traduzca en el desarrollo social de largo plazo ordenado y sustentable.

Hemos salido muy accidentados del puente del liberalismo al libertinaje económico; pero quiero dejar en estas líneas la perspectiva del horizonte humanista internacional que puede y debe volverse real.

La mesura, la austeridad, la ética y la responsabilidad social, verdaderamente no son íconos cosméticos; representan elementos para formar conciencias empresariales y gubernamentales avanzadas; crear emprendedores que dirijan empresas y redes de negocios con una estructura mental capaz de razonar  y entender que en la socialización del bienestar está la más intima garantía de la seguridad individual y corporativa.

Estoy seguro que en esa conciencia se propiciará la socialización de los beneficios del conocimiento, del dinero y, en consecuencia, de la prosperidad; éste es un modelo viable y eficaz de seguridad que podemos tener como país.

Esta era no debe ser padecida por nuestra generación, debe ser aprovechada como un puente para ser mejores y más prósperos; así, podremos dar cuenta que la felicidad es un derecho natural por la que optamos desde nuestro interior y no un privilegio moral que se conquista desde  el exterior.

Veo y observo que en este corte de caja del México que viene, para transitar del subdesarrollo a la emergencia económica, vamos a acentuar el abandono de la relación clientelar con el Estado y  posicionar una relación creativa de coparticipación ciudadana en las responsabilidades públicas.

Mucho de lo que nos llevará a tomar la  decisión de hoy, no debe estar en los beneficios relativos de lo que pretendemos conseguir, sino en no minimizar los costos absolutos de lo que estamos dispuestos a renunciar.

 

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