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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
La destrucción como fuerza creativa
Por Jorge Hill
16 de junio, 2012
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He aprendido en diversas ocasiones, a la buena, a la mala, a la voluntaria y a la involuntaria, el encanto de la destrucción de uno mismo. No es secreto para nadie que me conozca poco o mucho, que hay algo que encuentro especialmente valioso, conmovedor y necesario en dosis controladas y esporádicas de caos.

Ese caos tan incomprendido, al que se lee como vehículo de destrucción y tormenta, el que corre la delgada cortina que separa al humano civilizado de la bestia que se revuelve en los fondos, siempre intentando salir. Pero el caos, como lo estudian matemáticos, biólogos, estudiosos de los sistemas y algunos filósofos, es en realidad un mediador entre el estancamiento y la explosión, un catalizador intermedio que usa la destrucción como método de creación y la creación como medio de destrucción de manera que ninguno pueda reinar en la parálisis total o en la explosión eterna.

Me gustaba la mitología salida de aquel juego de rol llamado “Werewolf: The apocalypse”, en el que encarnas a un hombre lobo, un garou; humano que parecía ser común y corriente hasta que alguna tragedia o hecho singularmente demoledor lo hacía entrar en un frenesí incontrolable, revelando por primera vez la naturaleza real y escondida en los genes: una bestia salvaje capaz de emanar destrucción sin límites, que encontraba su único nicho junto a otros marginados de su tipo para ir descubriendo, poco a poco y entre otros secretos cósmicos, que su sangre los une a ancestros que desde tiempos perdidos protegen e intentan reestablecer el balance entre una fuerza de creación enloquecida llamada Wyrm y una tejedora de orden, llamada Wyvern y representada como una araña que teje formas geométricas y precisas al todo, en eterna lucha para intentar atrapar al Wyrm en un capullo estático. En medio de estas fuerzas está el caos, la delgada línea que va y viene, da un poco a uno y un poco al otro, un mediador entre la explosión de creación sin control y la parálisis que en principio podría ser malinterpretada como “orden”. Toda la acción inicia en los últimos momentos de esta lucha cósmica, el balance se perdió hace mucho y lo que se vive como el hoy, “la modernidad”, es en realidad el apocalípsis, velado o desacreditado por los ojos humanos, idiotizados y ciegos gracias a sus propias necesidades fuera de control, hijos maltrechos y deficientes que han brotado desde la pelea instintiva de Wyrm y Wyvern.

Detrás de este gran escenario de fantasía y ciencia ficción se puede leer una poética cosmogonía moderna, un intento por darle coherencia y explicación a la vida cotidiana de quienes nacimos en una generación hija de hippies que se hicieron yuppies, que no conocimos otra lucha más que la individual, la de pisar al otro para subir al siguiente peldaño, del olvido de uno mismo como parte de un sistema de muchos que forman un gran ecosistema cósmico, la voluntaria supresión de asumirse como polvo espacial resultado del orden efímero de un caos. Generación que lanza un devaluatorio chasqueo de dientes ante la poesía científica del cosmos que nos habla, de fondo, de nuestro lugar en el todo, de nuestra identidad; la burla imbécil a un Sagan diciéndonos, con tal delicadeza poética que pareciera eufemismo: ¿No te has detenido a pensar lo cósmicamente pendejos que estamos?.

El tema de la creación mediante la destrucción toma otra forma en un clásico de culto, la magnífica película “Donnie Darko”, en la que el protagonista, un adolescente que aparece como esquizoide para los demás, en realidad está luchando por entender lo que le está pasando: está viviendo en un universo paralelo temporal que ha sido creado a partir del más desafortunado de dos caminos posibles, uno en el que muere y otro, en el que se desarrolla la película, en el que esquiva la muerte que lo hubiera encontrado mientras  duerme en su cuarto, aplastado por la turbina desprendida de un avión, mismo en el que su madre y hermana pequeña viajan para regresar a su hogar. El agente que lo saca de la cama para iniciar esta locura es una persona disfrazada como un macabro conejo y que le anuncia, con una voz ominosa entre sueño y ultratumba, que el fin del mundo será en 28 días, 6 horas, 42 minutos y 12 segundos. Donnie, finalmente, se agita en la soledad más grande de todas, la que nadie ha conocido, al comprender que el universo paralelo en el que vive no sólo es físicamente inestable y terminará por rápidamente decaer y destruirse (el fin del mundo), también comprende que únicamente existe gracias a que él ha sobrevivido; no hay soledad más grande que la de Donnie al saber que el todo, incluso la psicóloga que intenta descifrar su mente, existen gracias a que él no ha muerto, la gran farsa de su existencia, que conlleva la gran farsa de que los demás existan. La disyuntiva surge del eventual encuentro con lo inevitable: morir junto a un inestable universo entero y sus habitantes o sacrificarse para que todos ellos, a los que en su mayoría odia y no comprende, puedan seguir existiendo, en otro lugar y tiempo, sin él.

Esta película ha encontrado fuertes críticas y las más fantásticas interpretaciones, como las que se dan entre adultos que la devalúan como una película de “angustia adolescente” (teen angst), los adolescentes que no ayudan mucho al interpretarla como algún tipo de película “alternativa-oscura” de un extraño tipo postmoderno de “súper héroe” y algunas cabecillas cristianas, que como es costumbre en asuntos que requieran la conexión de más de tres neuronas, leen en el protagonista una torcida y perversa versión moderna de Jesus, el salvador (o el destructor). En la película se hace una clara referencia al cuento “Los destructores” de Graham Greene, en el que una banda de niños que buscan incendiar una casa, encuentran en ella un colchón lleno de dinero y aún así, la queman. El protagonista da su lectura del cuento como “la destrucción siendo un mecanismo de creación”, gracias a lo que recibe burlas de sus compañeros y una corrección por parte de su maestra, que únicamente lo hunde más en la desesperación y confusión.

Mi primer encuentro con la destrucción creativa vino alrededor de los 19 años, había escrito unos 7 u 8 cuentos un par de años atrás y buscaba la opción de publicarlos como una recopilación. Al regresar a ellos después de ese tiempo, los cuentos me leyeron de regreso, funcionaban ya no como un espejo, sino como un yo lector que leía un yo escritor-persona que había cambiado. Los encontré inocentes, idiotas, mal escritos, repugnantes. Borré inmediatamente todos los archivos de la computadora y quemé las copias que tenía impresas y que nadie había leído y nunca leyó.

Considero esa escena de mi vida una de las más importantes y la que me dio el entendimiento de aquella frase que se achaca a un Hitchcock escribiendo y dirigiendo a su “protagonista” hacia la muerte a medio guión y película en “Psycho”, esa frase llena de símbolos y representantes para todo aquel creativo en la búsqueda eterna por la liberación de las infinitas obsesiones que acarrea el pretender crear: “A veces, hay que matar a las queridas”. El entendimiento de un hombre Borgesiano que se sabe soñado por otro que está siendo soñado y que matar al primero podría no incluir su propia muerte; la desaparición del yo y del todo al leer, de memoria, desde una prisión, la escritura del dios, inscrita en la piel de un jaguar.

Esta destrucción temporal de formato con memes y lolcats, la búsqueda por la destrucción de un yo en el imaginario externo “que escribe de política”, pesadilla del sí mismo, nace, finalmente, de esa semilla de destrucción en brote constante, destinada a crear; del caos al que me aferro a diario, para no aferrarme a la ilusión y fantasía cotidianas que van afilando a las convenciones diarias con tal precisión que las convierten en hojas que mutilan y desangran hasta dejar el cuerpo y la mente entumecidos, insensibles.

Ejercicios de realidad, de cúmulos de pequeñas pérdidas, dosis de punzadas autoinflingidas para despertar de la comodidad cotidiana, del tentáculo que cuando toma suficiente agarre, no suelta nunca más.

 

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