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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Ambivalencia y escape
Por Jorge Hill
19 de octubre, 2012
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Ya no conseguía reírme de los pánfilos militantes del inmoralismo, del tipo de comentario ‘Bueno, es más agradable ser virtuoso cuando tienes el vicio a tu alcance’, no podía más. Tampoco conseguía seguir riéndome de la horrible angustia de las cincuentonas celulíticas con un deseo inatisfecho de amor arrebatado; ni del hijo retrasado que habían logrado procrear medio violando a un autista (“David es mi rayo de sol”). En resumen, ya no conseguía reírme de casi nada; era el final de mi carrera, estaba claro.

La posibilidad de una isla – Michel Houellebecq

Llore. Ría. Repita.

Reír o llorar, es el dilema, no sé si de la humanidad moderna o de la de siempre, uno tiende a pensar que los antiguos eran torpes, o tontos, cuando tenían las mismas capacidades que nosotros, lo único que no estaba en sus manos era el cúmulo de información futura de la que hoy gozamos.

Reír y llorar se ha estudiado por todos los ángulos, el más satisfactorio, como suele serlo, es el evolutivo. El humano nace llorando y gritando, completamente desprotegido, para decirle a su madre “te guste o no, aquí estoy y algo dentro de mí me obliga a pedirte que mantengas mi existencia, aún sin símbolos, sin metas, sólo un pedazo de carne consciente de su propia existencia con un deseo inexplicable por seguir respirando”. Reír viene un poco después, empieza con la sonrisa de los bebés. Es bien sabido que no sonríen en un principio por empatía, si no de la misma manera en la que un perro hace “fiestas” al amo, para obtener algún premio a cambio, normalmente, una gran teta proveedora de leche tibia. Ah, esos satanes encarnados en pequeños cúmulos de células organizadas por funciones. Más adelante, la sonrisa y la risa toman un valor empático, una actividad que une a aquellos que se entienden; el grupo unido, organizado, descargado de angustias y con una meta fija, cargado de dopamina y serotonina, sobrevive de manera más eficiente.

Es así como la evolución nos ha llevado hasta la sonrisa Colgate.

A pesar de esto que se podría interpretar como falta de romanticismo o amargosidad, me llama la atención, de manera meramente poética, un concepto de la risa y el llanto que alguna vez escuché durante la carrera de psicología. El maestro o maestra, de quien no me acuerdo, comentaba con este solemne tono de típico psicoanalista que cuando los símbolos ya no alcanzaban para atrapar algo y mantenerlo en las palabras y en la mente, esta carga se iría al cuerpo en otra forma; de manera que cuando la tristeza desbordaba las palabras, saldría en forma de lágrimas; si la felicidad desbordaba el lenguaje, se manifestaría en esos, tantas veces grotescos, espasmos de tórax y garganta que conocemos como “risa”.

No puede uno hacerse tonto y llamar la atención a que mediante esta casi poética y metafísica interpretación, el o la psicoanalista en cuestión, lo que realmente buscaba era legitimar el proceso mediante el que supuestamente, bajo los términos y teorías psicoanalíticas, existirían los trastornos hipocondríacos, uno de los pocos pilares sobre los que la psicología se mantiene viva frenta a la psiquiatría. Una carga tan fuerte que el símbolo y el lenguaje dejan de soportarlos, o reprimirlos, para llevarlos hasta el cuerpo, en un lugar que estén seguros para nosotros mismos, fuera de la mente y su concatenación lingüística.

¿Pero de qué coños estoy escribiendo? supongo que de las posibilidades que suelen quedarnos cuando nos encontramos con la tragedia absoluta o la desesperanza total, vislumbrando abismos de los que se sabe, no se podrá uno escapar. No se puede desver lo visto.

Los escondidos rincones de la intahrwebz… y la mente propia.

Escoger, en estos casos -ya que termina siendo una elección voluntaria- la risa, en vez del llanto, es una de las cosas más mal vistas en nuestra sociedad mojigata y chillona. Campañas nacionales se hacen en contra de ciertas actividades, como usar la palabra “puto”, cuando lo que se debería de hacer es buscar una cultura que no use estas palabras en contextos de discriminación. Prohibir la palabra buscando la emancipación, a qué estupideces hemos llegado, los neovictorianos se preparan para taparnos la boca, holgar los pantalones de los huevos y cubrir escotes, mientras la sexualidad, la ira, la tristeza o el engaño, buscan una nueva cadena de significados para volver a salir, disfrazados de normalización, todos contentos en la chaquetita mental. Como bien diría el acertado resumen en “La historia de la sexualidad” de Michel Foucault: Se trata de interrogarse acerca de una sociedad que desde hace un siglo se fustiga ruidosamente por su hipocresía, habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que no dice, denuncia los poderes que ejerce y promete liberarse de las leyes que la han hecho funcionar.

De la misma manera me asquean estos frustrados moralistas que se hacen llamar “revolucionarios” o “progresistas” -estando tan lejos de tan grandotas y significativas palabrotas-, que buscan la erradicación de todo aquello que les pudiera parecer una parodia o una burla a su supuestamente férrea e inamovible ideología y valores. Recuerdo, un caso específico en las redes sociales de un medianamente conocido “revolucionario” que se sintió tremendamente insultado al saber que yo, persona que gozaba de su muy intelectual y condescendiente respeto, había hecho algunas bromas sobre el asunto de Fukushima tan sólo unas horas después del incidente. Las bromas, debo decir, no tenían ningún contenido directo y esbozando lo que creo es un uso auténtico y legítimo del humor, se manejaban a través de los símbolos, y a través mismo de la tragedia, no sobre ella. Vamos, que no entiendo a la gente que no entiende que hacer una burla mediante un símbolo no es burlarse de algo o alguien, si no de un símbolo, una representación general. Pero ya sabemos que nuestros “progres” nos resultaron muy serios, muy MORENAZIS y tremendamente condescendientes al momento de no poder reírse de sus propios desatinos, errores, lamentos y caminos equivocados. No, parece que lo sabio no es cambiar de opinión o abrir la mente, parece ser más llamativo mantener la necedad hasta morir, espero que nadie haga alguna broma en sus funerales… pero, claro, pasará, como en todos; como en esa historia mítica del funeral de la mamá de Rafael Inclán, en la que se dieron reunión, después de muchos años, El Caballo, Zayas, Chatanooga y otros de nuestros íconos del cine tan-malo-que-es-bueno y se la pasaron cagados de risa. Inclán, al final -se dice-, se despidió con una gran sonrisa y un “A ver quién pone a su jefecita para la siguiente”.

Hoy, ante un mundo que considero está totalmente al revés, en el que cagamos donde comemos, compramos lo que cagamos, la televisión nos caga las heces que miramos con la boca abierta, como cachando palomitas; en el que el hombre se olvidó que el poder de aquellos a quienes considera “los grandes abusivos” no es otra cosa más que el poder que él mismo les ha dado -y que por lo tanto, les puede quitar-, hoy que la tragedia se ha convertido en parte normal de nuestras vidas gracias a la misma complejidad voluntaria en la que vivimos y a los medios que nos la restriegan en la cara con las manos llenas de dinero de publicidad bien acomodada, la pregunta se mantiene: ¿Reír o llorar?

Llore, enójese o más probablemente, páselo por huevos u ovarios, lo mío es, cuando se puede, reír. Aunque los “progresistas”, esa nueva derecha con disfraz de izquierda, se pongan a gimotear como tortuguitas volteadas. De los otros, los de siempre, ya sabemos que siempre han chillado y así seguirán, llorando por ellos, pero claro, llorando más por los demás, los pobres demás ¡ah, nuestros mártires ad nauseaum de la patria, la moralidad, la palabra y el pensamiento! ¿Qué haríamos sin ellos?

Ah, todo lo que haríamos.

Buen fin.

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