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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Aniversarios musicales
Por Jorge Hill
22 de noviembre, 2012
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¿Congalazo entresemanero? ¿Por qué no? ¡nos lo echamos! no sólo anda uno debiéndoles el del viernes pasado, también hay un par de motivos para celebrar y escribir el día de hoy, 22 de noviembre, en el que Animal Político cumple dos años de tremendamente exitosa existencia, felicito por adelantado y por escrito a toda la gente que hace posible este gran lugar que se extiende desde lo virtual hasta lo real.

Este segundo aniversario marca entonces mi casi segundo aniversario escribiendo por aquí (1 año, 11 meses y cacho) y que ha sido una experiencia central para mí y que ha llevado a reafirmar conceptos ideológicos, cambiar otros, disciplinarme un poco más como escritor (aunque usted no lo crea) y conocer a personas que admiro y respeto, algunas que hoy puedo contar, muy afortunadamente, entre queridas amistades. La experiencia de poder escribir aquí con toda libertad lo que quiera y como quiera ha sido también toda una prueba personal de carácter ¿Qué sería de un opinólogo sin credenciales como yo sin una constante porrita de algunos queridos y asiduos lectores, o los apasionados embates de los detractores que blanden el diccionario de la RAE y la palabra “blogsucho” como espaditas de plástico con rebaba, o el autor “de publicaciones” y el crítico que no se explica este terrible cambio del mundo en el que pueda haber cientos de lectores más cada viernes en un “articulete” con imágenes de lolcatz que en un “libro serio” de un “escritor de verdad”?

 

¿Qué seríamos sin ellos? nada, les digo ¡Nada!

También nos encontramos con que el día de hoy es día del músico, y aunque los “días internacionales” de cualquier cosa me parecen, como dirían los españoles “una chorrada”, funciona como pretexto perfecto para escribir.

Así como en esta realidad milusos y aventurera nunca me he llamado a mí mismo “psicólogo” por haber estudiado tal cosa sin ejercerla, tampoco llamarme “escritor” por el simple hecho de escribir, tampoco me llamo “músico” por saber un poco de teoría, armonía, rítmica y melodía o por picarle más o menos a un sintetizador y otros aparatejos; “compositor” sería llevar esto a un grado extra, esa gente es choncha y sus estudios y dedicación son dignos de admiración.

La música nos estriba hoy a varios temas fundamentales en esto que tiene las pintas de principio de cambios fuertes en paradigmas que van desde lo cultural hasta lo económico, lo tecnológico y social, las preguntas que se desprenden son centrales ¿Quiénes entre los productores de música son “músicos” y quiénes no? -y si tal cosa tiene importancia auténtica- ¿la tecnología y sus facilidades están acabando con la música o están creando una nueva época dorada de creatividad? ¿los derechos de autor y el copyright sirven de algo o sólo han detenido a los creadores para hacer que una industria productora y discográfica abusiva se haga millonaria para luego gimotear ante el inasible término “piratería”?

¿Las ideas, generadas gracias a ideas anteriores a las nuestras,

realmente pueden o deben ser legisladas y utilizadas como materia prima?

A pesar de que la tecnología siempre nos ha dado avances y facilidades, también termina muchas veces por comerse otras cosas. En el caso de la música tenemos programas que hacen que la producción casera sea fácil y rápida, comparada con el complicado y mañoso camino de la disquera o productora. Las herramientas con las que se cuenta hoy en día y que llegaron para quedarse, permiten que cualquiera con el antojo de producir música, lo haga. Esto crea la sensación de que los músicos y compositores podrían perder su lugar exclusivo como creadores. Mi percepción nunca ha degenerado en preocupación ante este tema, las herramientas son herramientas y nada más; como tales, siguen dependiendo de la sensibilidad y el talento del humano que las utiliza. Que vivimos en una cultura que cada vez se acostumbra más a lo fácil y es apantallada gracias a ese ciclo de decadencia en los contextos para tener una apreciación más rica, eso, también es un hecho. No es lo mismo escuchar con atención y con contexto, con entendimiento de teoría, una obra musical que depende de temas y de reexposiciones, que estar moviendo el piesito gracias a alguna de las cientos de canciones decorativas de tres minutos con las que la radio y la industria musical nos bombardea.

…por decir.

 

Tal vez al DJ que picotea algunos botones para soltar sampleos ajenos en la laptop no le guste nada la idea, pero si le ponen al lado a un pianista egresado de Julliard y nos piden que decidamos por el único músico que quedará sobre la tierra, en el postapocalípsis, para enseñar y conmover a las siguientes generaciones que repoblarán el mundo… el chiste se cuenta sólo.

Esto no le quita valor en su propio rubro al DJ, y en efecto, hay algunos de ellos llenos de talento y haciendo cosas muy interesantes. Esto cuando entendemos “DJ” como aquel que produce gracias a programas y “toca” en vivo gracias a aparatejos como controladores MIDI, no entendiéndolo como el pinchadiscos o el monín que pone música en tu peda. Así también la complejidad y el amplio espectro que hoy cubre a los DJs, también el encanto de las miles de posibilidades que surgen al comprender la creación musical como algo no exclusivo de músicos, que nos lleva necesariamente a que el arte, en sí, no es exclusivo del artista académico… o de nadie. Tal vez a lo que nos obliga esto es a preguntarnos por la calidad y el resultado final, lo que nos mete a otro gran problema ¿Cómo distinguir esos miles de tonos en el espectro si no tenemos un contexto académico o autodidacta que afine nuestra apreciación, cuando esa apreciación ya es casi nula gracias al ciclo que la hace cada día más decadente?

¡¿O sea que RBD sí está chido?!

 

Aquí un video de Nosaj Thing, uno de los tantos “DJs” que utilizan la tecnología para lograr en vivo una experiencia siempre diferente, un “live act” que le hace honor al término mismo, situación poco común, en mi nunca humilde opinión.
 

 

En el duro ejercicio de la apreciación musical divido a la gente en estos cuatro:

1) Los fósiles: Músicos, compositores o público que no salen del barroco, el neoclásico y el romántico (lo que normalmente se denomina “música clásica”), tal vez se den un par de asomadas curiosas al minimalismo, la música dodecafónica, el jazz y otras corrientes que estarían más en contacto con la academia y las “bellas artes”.

Le Horreur

2) Los del traje nuevo del emperador: Músicos, compositores y público “modernos” que tienen límites de apreciación basados en la academia o en lo que perciben como “complejidad”, mismas que darían el supuesto valor superior a la música. Entre estos nos encontramos a muchos rockeros académicos y sobre todo, a mucho metalero, gente del tipo con la que he convivido gran parte de mi vida, siendo asiduo seguidor del metal en general y que muchos de ellos, como movimiento, han logrado hacer lo mismo que los religiosos con la religión o los beatleamaníacos con los beatles: fanboys inmamables que terminan por dejar a los demás sin ganas de enterarse en lo más mínimo “de qué va” su rollito o qué pedo. Dios, si existes, sálvanos de tus fans; Dios Nórdico del metal, sálvanos de tus pubertos enloquecidos, tengan la edad que tengan.

 

 

3) Los tragacamote: el grueso de la población. Poco les importa de qué se trate algo o cómo esté hecho, de dónde venga y qué pasará con él. El chiste es  mover la patita a algún ritmo, tener una decoración sonora de la existencia, un soundtrack cambiante de la vida. Las palabras “trascendencia”, “arte”, “géneros”, “escalas” y tantas otras no tienen el menor significado para ellos. Lo que se pone en la radio es lo bueno, ya que lo popular tendría que ser lo bueno, obviamente; lo que aparece en los conciertos es lo bueno, lo grande, lo espectacular, las lucecitas, el show, las bailarinas semiencueradas, los videos creativos, los millones de ventas, los discos de platino, el billboard y el top 10. Entre estos, a disgusto de muchos, incluyo sin chistar o dudar a los autodenominados “melómanos”, estos nuevos gurúes de la música que piensan que “saber de música” es tener terabytes de mp3 en un disco duro y darle una pasada a todas las canciones “¡Uy, conoce muchísimo de música, tiene un buen de canciones!”, así de increíble la cosa hoy. El hipster como rey indiscutible en este imperio de mame e ironía que da volteretas a un supuesto “culto” para convertirlo en “mainstream” de un día al otro y de vuelta una vez más. Comprar – tirar – comprar, reflejo en la cultura y en las artes de nuestra sociedad consumista, que da bendiciones y méritos al más obediente, aunque nunca más recuerde qué consumió o con qué fin, siempre hay algo nuevo, siempre hay algo más “de culto” que “los que ya se vendieron”, escuchar – tirar – escuchar. Talle, enjuage y repita ad absurdum.
 

 

4) Los casi extintos: Músicos, compositores y público en los que el gusto no conflictúa con la apreciación, conscientes de el de dónde vino algo o cómo está creado, tienen el contexto para entender el proceso creativo, sus posibilidades y deciden darle un valor propio. Poco importa qué piense tanto la prensa internacional como los grandes críticos, ya sean de VH1 o de las comunidades exclusivas de músicos académicos, si te mueve algo en “el corazón” o en el cuerpo, es suficiente.
 

Y ya

 
El ejercicio que siempre me ha parecido funcional, aunque exótico para muchos, es simplemente dejarse de mamaditas y poder separar el gusto de la apreciación, dos cosas que normalmente se considera que deberían ir de la mano o simplemente estarían fundidas en una sola abstracción. Vamos, que a mí me gustan algunas cosas que cualitativamente me parecen verdaderos abortos, pero me gustan ¡me encantan! Pero el ego arquetípico pareciera decirnos “lo que me gusta, me gusta porque es bueno, obviamente. Lo legitimo a través de mí mismo, porque yo soy importante y valioso y todos deberían pensar como yo”, de ahí se desprenden, curiosamente y para darle una jiribilla que regresa irónicamente a la sobada del propio ego, los “gustos culposos”, término que finalmente considero una idiotez, si te gusta, te gusta y ya… su lugar más arriba o más abajo en la gran lista global en términos de calidad, originalidad, creatividad, ejecución o complejidad es otro boleto completamente diferente. Queremos decirle a los demás que tal cosa nos gusta como gusto culposo, simbolizarla como un “extra”, para que nuestra supuesta apreciación o gusto “real” queden limpios, una escisión interna digna de delirio socialmente aceptado -casi religión-, mamadas, pues.
 

¿Gusto culposo? #NOT

 
¿Será, entonces, que mediante nuestros egos y no nuestra apreciación separada del simple gusto sincero se esté determinando en gran medida la música y su muy baja calidad demandada? o ¿será que estamos en medio del proceso de acomodo de una época en la que en realidad habrá de todo y para todos, tanto, que será necesario afilar esa misma apreciación para poder separar los granitos de oro del inmenso lodazal?

En lo personal, creo que son las dos cosas al mismo tiempo y que pase lo que pase, finalmente, quien tiene talento tiene más probabilidades de brillar en una época en la que gran parte de las artes ya no son exclusivas y dejan de depender cada vez más de las grandes productoras, los grandes eventos, los grandes museos. Creo que vemos el principio de una época de gente apropiándose de lo que siempre ha sido suyo: la expresión. La genialidad o la absoluta mamarrachada que hagan con ella, es otra cosa.

Feliz día del músico… no, DJ, no estés molestando, tú ya tienes tu día.

 

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#YoSoyAnimal
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