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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Banderillas de identidad
Por Jorge Hill
25 de febrero, 2011
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¿Saben qué es a toda madre? Escribir entre taladros, sierras y golpeteos constantes de los albañiles de tu nuevo hogar. Pero ustedes no están para saberlo, ni yo para contarlo, aunque ya lo hice.

A lo que nos truje, chenchos.

“Desde niños sabremos venerarla y también por su amor, ¡morir!” dice la letra del Toque De Bandera cuando se arría la bandera, y cuando es izada, en la mañana, la letra cambia a “Desde niños sabremos venerarla y también por su amor, ¡vivir!”, según la página oficial del toque de bandera.

¿Vivir?, ¿morir por la bandera?

Ayer, después de hacer entripados en el banco, me di una vuelta por Coyoacán. Me encontré a toda una horda de nuestros panzoncillos, rollizos y retozones policías haciendo honores a la bandera en plena plaza principal de tan conocido centro de fantástica e intelectual trova, frescos pensadores actualizados y “artesanía”, sí, ya saben, eso de juntar conchitas con un hilo, venderlas y con eso sacar pa’l guato y el último “bootleg” de “Los de birols”.

Ese grupo de nuestras autoridades andaba muy sonrientón y buena onda, no les veía el más mínimo sentido patriótico, honor, respeto y heroicidad que el momento supuestamente requiere. ¿Burlarme de eso? Nah, todo lo contrario. Automáticamente pensé que si no lo siento yo, ni nadie que conozco, ¿Por qué lo iban a sentir figuras de autoridad? Es absurdo.

La verdad es que la bandera está bien chingona, colorsotes dignos de viaje de ácido, un águila rompiéndole el hocico a una serpiente sobre un nopal. No es broma, creo que es la mejor bandera del mundo mundial, estéticamente. Ahora hablemos de lo que se supone que es, no es un cacho de tela, ni un logo o un diseño, es un símbolo. Como buen símbolo debe representar algo, o muchas cosas, muchos significados debajo de ese mismo significante. Esos significados, a su vez, son entonces lo que nos une como mexicanos, ¿no? Ahora, ¿qué es eso que nos une como mexicanos?

No tengo la menor jodida idea, y para serles sincero, creo que lo único que nos une es el accidente geográfico completamente arbitrario de haber nacido en el mismo pedazo de tierra que fue demarcado anteriormente por fronteras ajenas a nuestro tiempo, y sobre todo, ajenas a nuestra disposición, voluntad o deseo.

Alguna vez me puse muy neurótico con algo que me pone muy neurótico, ir al cine para escuchar el diálogo de los dos broditos de al lado, no el de los personajes de la película. Callé a la malagueña a uno de ellos, a lo que altanero respondió “A mí no me hables así, pendejo, que no somos iguales”, la reflexión final que me trajo el asunto fue “Sí, en efecto, no somos iguales”.

Ah, ustedes quieren el chisme, no hubo madriza, soy pacífico (no necesariamente pacifista de poner florecitas en los rifles y hacer collares de conchitas en Coyoacán… perdón, “artesanía”), afortunadamente los dos monines se callaron.

Platicando acerca del asunto Coyoacanero y la “banderilla”, también recordé a mi familia materna, los Ruy Sánchez de esta generación venimos de abuelos cazadores y pescadores, jugadores con cierta gloria de futbol americano colegial y amantes de los toros. Fuera de pescar una trucha, cocinarla y comérmela, todo lo demás no me gusta, y el asunto de los toros, me parece aborrecible, y creo que sí, hay que tener una muy oscurita y veladamente funcional personalidad sadista y sedienta de fantasioso poder proyectada en el torero, para poder disfrutar de esa carnicería digna de los tiempos romanos.

También en los toros se utilizan banderillas, también tienen colores llamativos, son unos palos largos con un aguijón en la punta que se utilizan para “sangrar” al toro, en pocas palabras, lo pinchan con esas madres para irlo dejando cada vez más débil y que el torero pueda mostrar todo su machín power “sobre la naturaleza”.

La analogía no es inocente, obviamente, la banderilla mexicana, hoy denigrada como símbolo gracias a la sangre que tiñe el país a diario gracias a décadas de pésimos gobernantes, corrupción y un pueblo que se acomoda como puede a la torera autoridad, me recuerda a las banderillas de los toros. Al igual que estas, se hace pasar por una red de pensamientos de orgullo y pasión, de identidad, de unión y hermandad, de fuerza ante la naturaleza y las adversidades. Pero hoy no creo que seamos el torero, somos el toro. Llevamos la banderilla en las espaldas, pesa y duele, estamos aguijoneados por ella y nos desangra. Lo peor, es que yo no lo pedí, ni tú… como diría el meme twittero entre dramático y sarcástico “¡Si yo no pedí nacer!”

Hoy y siempre se considera “detractor y traicionero” al que se cruza “la frontera” y las demás fronteras para buscar una vida mejor, se llama “comodino y vendido” al cineasta o artista que busca en el extranjero los fondos suficientes para lograr producir su obra y mostrar su talento con lo que su talento requiere. Ahí los casos de muchos, como Guillermo Del Toro, director y guionista mexicano, que ha encontrado en España y muchos otros países el apoyo que aquí nunca se le dio, para que más tarde, políticos, autoridades y público se cuelguen del éxito, suyo únicamente, para mostrar de lo que es capaz el cine “mexicano”. Mexicanas mis polainas, el arte no tiene identidad nacional, así como tal vez, nosotros tampoco.

Palabras que se usan como rehenes, por lo que simbolizan o con los significados con los que se quiera imbuír en ese momento, para hacer de la lengua, sus usos y sus partículas, un útil secuestro y ejercicio de poder con la mira puesta en extorsionar al que se deje. “Patria”, “bandera”, ”honor”, “mexicano” y tantas otras. Cuando tantos grupos en contra y encontrados utilizan el mismo símbolo para enaltecer su propia lucha, a veces completamente contraria una de otra ¿Qué nos queda? ¿Dónde está esa identidad? ¿Qué significa esa bandera?

Si de por sí, ese tipo de símbolos siempre ha apuntado a un vacío interno, a un hueco de identidad ¿Qué pasa hoy, cuando apunta a un vacío externo, a una nada de la cuál agarrarse?

Vacío, es lo que siento cuando veo nuestra banderilla, y un dolor en la espalda, los aguijonazos de una banderilla que yo no pedí y que tengo que cargar… y no me trae orgullo.

¿Quieres un final más bonito o más chistoso?

Este es un cuento de hadas muertas.

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