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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Burritos con zanahoria
Parece haber un resurgimiento contra la mediocridad que vivimos en las artes, pensamiento y entretenimiento. ¿Ya era hora?
Por Jorge Hill
15 de mayo, 2015
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Bien podría ser una interpretación influida por mi entorno, pero desde hace un par de años una discusión parece tomar la vida y el interés que merece. Decidí retomar el tema aquí por un par de pláticas que he tenido con personas más jóvenes en los últimos meses y por ver en la misma semana esta entrevista a Lipovetsky y esta reflexión de Volpi en Horizontal. Recomiendo mucho leer las dos, no sólo porque son excelentes reflexiones, también porque si quiere seguir leyendo este congalazo le quedarán muchos huecos sin ellas.

La discusión va sobre la calidad en las artes y pensamiento actuales, en cómo han sido influidas por nuestro sistema económico actual y hacia dónde está llevando todo esto a lo que hoy nos referimos como “cultura”.

Es uno de los temas que más me interesan y sobre el que los congaleros asiduos ya habrán leído bastante. Me da mucho gusto ver surgir esporádicamente, pero cada vez más seguido, una ola de confrontación a lo que ha sido cómodamente silenciado y consumido desde hace unas décadas. Volpi, Lipovetsky y otros ponen el dedo, también, en lo que yo llamo “La década en la que todo valió madres”, los 80. Si bien la gestación venía desde los 70, fue en la década posterior donde hubo una aceleración imparable y entonces un estacionamiento, una insoportable fijación que sigue hasta nuestros días. Todos los factores habían aparecido entonces y tenían el momentum suficiente para lograr que la cultura y sus manifestaciones perdieran una buena parte de su esencia como “obras” para convertirse en “bienes”, cosas a vender, a consumir, a estudiar para lograr convertirlas en un formato de ventas perfecto, entrar en el sistema económico actual que consta en comprar-tirar-comprar. En poner los ojos donde no van, pero donde dejan más dinero.

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Es muy fácil salirse de esta discusión, es muy fácil ser parte de lo que pide el mismo proceso “cultural” y lo que premia al creer estar argumentando con un “Tío, ya váyase a dormir”, un “típico ruco que cree que la nueva generación es peor” —tengo 39, supongo que eso ya es ruco— o un “pinche mamón, quieres que todo sea súper artístico y profundo”, sin darnos cuenta que estos pensamientos van dirigidos a un lugar que la misma persona que los escupe ha inventado, que no está tocando los lugares desde donde se está discutiendo y llamando a la atención.

La discusión es bastante objetiva, sólo necesita uno salirse un poco del status quo y dar una asomada afuera de sus aguas: nunca antes de los 80 las artes y el pensamiento se habían convertido en bienes de producción masiva a vender y poseer, y nunca como hoy en día. Nunca antes un sistema económico favorecedor de monopolios, depredador y cabildero, se había apoderado de ellas para producirlas bajo formatos genéricos, “targeteadas” y lanzadas al éxito asegurado por grandes campañas millonarias. Nunca antes habían tenido tan poca personalidad, calidad, duración, trascendencia, vida y desapego a su realidad social y política. Nunca antes el arte había sido intrascendente. Nunca antes los “intelectuales” habían sido celebridades de las que nadie se vuelve a acordar después de sus cinco minutos de fama.

¿Cómo conciliar esto con una contraparte académica y de élite que querrían, también, mantener pensamiento y arte apropiadas e intocables en una vitrina? Aunque un cisma de este tipo ya se había dado en los 20, quienes luchaban contra corriente eran personas como los surrealistas y dadaístas, filósofos y pensadores de la época; no eran DJs apretando el botón de play mientras un millón de personas enloquecen entre luces y grandes escenarios. Y no, usted sabe bien, por más YOLO que sea, que ni los DJs son “los Bach de hoy”, ni los raperos o los youtubers “los pensadores de hoy”… no, los grandes pensadores y artistas de hoy ahí están, sólo que no venden millones de “copias”, ni tienen millones de “visitas”, ni están rodeados de chichonas, bling o glamour. (Ni siquiera Zizek, a quien muchos llaman “celebridad” con desprecio, normalmente no sabiendo ni qué dice el señor). Existía, entonces, algo de estructura detrás, conocimientos, dedicación, mucha pensadera, mucho contexto, muchos referentes. ¿Esto es lo único que puede formar a un pensador, crítico o artista? Estoy convencido que no, pero también estoy convencido de que se necesita por lo menos una base de conocimientos y compromiso, y hoy por hoy, incluso esa mínima base es desechada con desdén por la mayoría.

Creo, al mismo tiempo, que a lo que se ha llamado “democratización del arte” es bueno, nos permite a todos opinar y crear, pero es una navaja de doble filo: poder opinar y crear libremente no significa que tengamos el contexto, los conocimientos o los referentes para hacerlo de manera valiosa o trascendente. La democratización del arte nos ha liberado, sí, pero su liberación también ha traído consigo tanto a creadores como a críticos mediocres, con una mínima visión, incomprensiblemente orgullosos de ello.

He escrito ya también por aquí cómo relaciono este mismo fenómeno en las artes con las ciencias, aquellos que se dedican a buscar día a día están tan alejados de la gran mayoría que lo que hacen parecería magia, y aquella mayoría que se conforma con lo fácil y rápido se pierde en un tipo de normalización donde la exigencia se asienta para prácticamente dejar de existir, donde ni siquiera existe el contexto necesario para poder apreciar o analizar, lograr ese famoso “El que no conoce a Dios a cualquier pendejo se le hinca”. Un tipo de expansión hace que tanto “los conocedores” como los “no exigentes” se alejen uno del otro cada vez más, que sus manifestaciones sean cada vez más propias, empezamos a vivir en un mundo donde la obra artística y el pensamiento se han alejado tanto del entretenimiento que las dos pueden aparecer como inmamables, cada una en su propio trono, intocables.

No es que “todo tiene que ser súper ‘mamón’ y quesque profundo”, no es que “todo entretenimiento es una basura para masas”, es ver que esas dos visiones vienen de una separación que no existía, que esa separación responde a cosas que están más abajo, en bases que a veces nos pasan desapercibidas.

El problema será que no nos gusta ver lo que subyace a esto, queremos personalizarlo y socializarlo, invididualizarnos aún más para pelearnos entre visiones de uno y otro extremo. No nos gusta ver, que como bien marcan Lipovetsky, Volpi y muchos otros: el problema tal vez no está en el arte en sí, está en un sistema económico que ya sabemos que no sirve, pero que queremos mantener porque nos da otras cositas, cositas brillantes, cositas rápidas, cositas efímeras que se olvidan pero no hay problema porque siempre habrá otra cosita brillante esperando a que abramos la cartera con una mirada expectante, vacía. Y así se va la vida.

La discusión está tomando vuelo ya no sólo en lo académico y en las élites, también en las masas; es necesario, ya era necesario. Hay que tomarla y retomarla, así no sólo se hace cultura, también se le transforma, haciéndose parte activa de ella.

Ya toca, ya chole de ser burritos yendo hacia la zanahoria.

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@JorgeHill

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