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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Cómo soportar el éxito ajeno
Guía para evitar el constante roce de su trasero ante el éxito temporal o permanente de los otros.
Por Jorge Hill
20 de marzo, 2015
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“Para que te diviertas un rato, mijo. Toma” – Diosa Fortuna

Esa nueva desconocida en la tele se ve muy rozagante, muy limpia, una piel envidiable, la sonrisa blanca. Habla con soltura y se ve relajada. Ese vecino ha comprado nuevo coche, es del año, de él baja últimamente una esbelta y producida pelirroja con traje corto de una sola pieza. El del cubículo de al lado fue llamado a la oficina del jefe y está recogiendo sus cosas, se va al piso de arriba y su cheque engorda. Esa tuitera seguida desde hace 3 años, que usted creía sin pena ni gloria, acaba de abrir su propio pequeño negocio y parece que le está pegando. El inútil del Chuy pasa los fines de semana de fiesta en fiesta con sus amigos celebridades, quién sabe por qué siempre lo invitan, quién sabe qué le ven. Qué mal está el mundo ¿qué nos pasa? ¿dónde vamos a acabar? por eso estamos como estamos.

El tufillo inmundo es reconocible, lo ha olfateado anteriormente. Las oleadas de enrojecimiento pasional han sido surcadas varias veces, el abismo debajo de ellas tiene rostro conocido. Ese humo que ennegrece su habitación proviene de su propio fundillo, en incontrolables llamas.

Es el ardor picante del éxito ajeno o lo que interpretamos como éxito, sea considerado como tal por señor Ajeno o como algo de todos los días. Chile de árbol, habanero y hasta el mítico bhoot jolokia hindú son inocencias ante esta irritación visceral. Usted le sigue poniendo el picoso mejunje a su orden de cinco de tripita -bien doradita- aunque el paisa ya le avisó que con esa salsa “el de atrás paga”.

Respire hondo, cuente hasta donde sepa contar y trate de evitar las expulsiones de líquido biliar a la Linda Blair en El Exorcista. No hay padre Merrin para usted, no lo hay para nadie. Ahí sigue Belcebú, encarnado.

Parece algo humano, inherente, sentir un torzón cuando a alguien más le va bien, cercano o lejano. Tal vez estará en nuestros genes ese latigazo que nos dice “yo puedo hacer eso mismo, mejor” e intentarlo. Suena a evolución y competencia para los más aptos. Pero dudaría de que esté en nuestros genes un “yo puedo hacerlo mejor” y no hacerlo, entonces sentarse a que patitas, pescuezo y sobre todo culito se sigan rostizando poco a poco mientras se vociferan ardores, vejaciones, ultrajes, devaluaciones y escarnios a las nubes. Y es que es raro que alguien más esté escuchando. En serio, nuestras quejas casi no interesan a nadie, aburren y se olvidan rápidamente. Y así está bien.

Claro que hay trepadores y trepadoras, farsantes y payasos, uso de escotes y músculos, de caritas y verbos, claro que hay quedabienes y pagafantas. Claro que usted no es uno de esos y que se soba el lomo como nadie nunca, claro que no estudió o se dedicó tantos años a lo tonto y que algo místico en un universo que sólo mezcla partículas lo ha dotado de sacra “dignidad” a través de ese inevitable -piensa aún la mayoría mundial- artificio humano que nos toma media vida de pura preparación, casi siempre mal remunerado y en condiciones omnipresentes de explotación normalizada; esclavitud más o menos voluntaria. Esa rebaba de infancia humana que una madurez tecnológica promete obliterar y a la que llamamos “trabajo”. Ese obtener dinero por hacer algo al que se disfraza de las más maravillosas virtudes y dorados mitos, cumplimientos de deseos ajenos y propios, creador de teorías y clases, guerras e ideologías, de mucho menos riquezas que pobrezas. Ridícula y alarmentemente mucho menos.

Ejercitemos, entonces, la salvación diaria a través de las plegarias al arcángel Ego:

Evite a toda costa el pensamiento que se cuela como termita dejando entrar a la marabunta detrás de ella y que le dicta que los demás han tenido suerte, que están en el mismo juego que usted y que sus talentos o falta de ellos, están en la misma rifa. Sí, algunos nacen con privilegios, sí, algunos han formado o nacido en redes familiares, de amigos y conocidos más exitosos que otros y que se traducen en más posiblidades. Sí, algunos se ponen de moda y otros pasan.

A destruir y forcluir el ominoso pensamiento que nos dice que si no estamos en esa infinitesimal fracción de la población que se puede llamar “genios creativos” (hay genios que se dedican a nada) entonces no tenemos mucho de especial, no somos indispensables, no tenemos algo necesario. Piense que esto es terrible, que nuestro efímero vuelo de mariposa por este majestuoso universo no puede ser algo muy tropical ni muy relajado, hay un “deber ser”, siéntase apoyado históricamente porque hasta un tal Kant dijo algo así. Repita con fuerza, ante el espejo, con convicción y dignidad: “O todos coludos o todos rabones. Si me chingo yo, que se chinguen todos”. Para más efectividad y si lo cree necesario puede añadir un “esto no es un tipo de ideología socialistoide que tanto critico, obviamente, esto es justicia y mérito”.

Si lo ha hecho bien, el Arcángel Ego debe empezar a aparecer en el espejo detrás y a un lado de usted como una nebulosa y luminosa forma espectral que se apropiará de sus facciones y manierismos.

La técnica se vuelve exponencialmente efectiva si usted no está trabajando en grandes proyectos científicos, políticos o administrativos para quitar el hambre de la tierra o para hacer de este mundo matraca, desigual y explotador un lugar mejor para vivir para todos.

El paso final es completamente simbólico, mental. Consiste en evadir la imagen de la diosa Fortuna ahogando con la leche de sus pequeños y romanos senos todo talento y toda falta de talento para específica tarea, toda preparación y todo ingenio salvaje, toda mediocridad berrinchuda disfrazada de divino mérito congénito.

Prenda el ventilador del cuarto, deje salir el humo, póngase pomada en las partes rozadas, recargue la batería de ego y salga otra vez a la calle a demostrarnos que usted puede hacer mejor lo que dice que puede hacer mejor que todos esos, con palabras, claro. En nuestro mundo hecho de palabras.

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@JorgeHill

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