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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Cosmos contra los zombies
La serie "Cosmos" renace en una época de comodidad ante la ignorancia, de religión radicalizada y un mundo zombieficado, inmerso en el consumo irracional.
Por Jorge Hill
28 de marzo, 2014
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Habrán sido mediados de los ochentas y el tema resonaba en mi mente, el sonido cristalino de sintetizadores analógicos ya me generaba fascinación, que hoy se traduce en tratar de replicarlos con mis propios sintetizadores. Un hombre delgado y siempre tranquilo hablaba en la televisión, su voz paciente y suave me transportaba, junto a él, a los lugares donde su nave nos llevaba. No era una típica alucinación esquizofrénica o una abducción por parte de un extraterrestre que más tarde abusaría de mí con sondas anales, era Carl Sagan en su programa “Cosmos”.

La serie había sido producida durante 1978 y 1979 con Carl Sagan como su escritor principal, junto a otros dos, y como ese presentador inolvidable que al mismo tiempo aparecía como un mentor, prácticamente un poeta y el cosmólogo, astrofísico y astrónomo que era en su vida profesional. Sí, “astrónomo”, “astrólogos” son los payasos estos que viven como en drogas creyendo encontrar mensajes del futuro en los astros, sacándole dinero a tanta gente necesitada de esperanza o simples mensos que podrían haber donado ese dinero a alguna causa o en unos chelas y cigarros pa la banda.

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La honda huella que dejaron “Cosmos” y Sagan se nota en algunas personas de mi generación, de las anteriores y posteriores. La serie parecía estar hecha a prueba de estúpidos e incluso de religiosos recalcitrantes, y esos no son cualquier pendejadita. Era difícil que alguien no terminara encantado después de ver un sólo capítulo. Los misterios del universo, que a veces se sentían exclusivos de científicos o de mentes muy avanzadas, nutridas y preparadas, eran presentados por Sagan de manera cotidiana, con animaciones o ejemplos que intentaban describir abstracciones como la cuarta dimensión y con un lenguaje comprensible por cualquiera, aunque estaba lleno de poesía y de la esperanza de infectar a todos los espectadores con esa fascinación absoluta ante lo enorme y hermoso del universo, desde lo más pequeño hasta aquello tan grande que las mentes más brillantes se pierden al momento de intentar abstraerlo y hacer relaciones entre sus elementos.

Hoy, en medio de merecidos bombos y platillos, renace la serie “Cosmos”. El presentador es Neil DeGrasse Tyson, astrofísico que en su juventud tuvo el honor de ser influido directamente por el mismo Sagan, celebrado en este escrito con el gran meme “Sexy Sagan”

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Pienso, tal vez sólo interpreto, que el renacimiento de la serie viene casi como una urgencia, como algo necesario y no sólo como una producción que busca dinero, como es obvio con toda producción televisiva. La serie original tocó muchas veces, con mucho cuidado y metiendo la puntita nada más, los escabrosos temas de la religión contra la ciencia, de la podrida y controladora moralidad religiosa, el racismo y el clasismo, nuestra inmensa ignorancia ante el daño que nuestras decisiones cotidianas le pueden hacer al planeta y a los demás, a nuestra comodidad ante ello. La ignorancia es felicidad.

Vamos, me refiero a que pareciera la medida perfecta que la serie renazca hoy, con un presentador negro de orígenes pobres que cuenta su historia en el primer capítulo, y durante el mismo se dedique una buena parte a la historia del fraile, físico, matemático y filósofo Giordano Bruno que pensaba que en el universo debían haber más planetas habitados orbitando “soles”. Giordano Bruno fue quemado en la hoguera, como tantos otros antes y después, como tantos libros, como tantos “arrestos domiciliarios” y como tantas torturas que si no fuera por el avance del pensamiento, la filosofía, la ciencia y sus influjos directos en la sociedad y política, probablemente seguirían.

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No creo que sea casual que Cosmos, una de las series más vistas de la historia de la televisión, regrese en estos tiempos de zombieficación, donde el 4% de los gringos creen que extraterrestres reptilianos controlan el mundo, donde una parte que no quiero ni imaginar de mexicanos creen en los malviajes charlatanes de Maussan, donde la religión contraataca radicalizándose en sectas divididas ante la imposibilidad de tener respuestas en la secta original, donde gran parte de la humanidad piensa que una crisis mundial como la del 2008 no tiene nada que ver con su consumo irracional cotidiano, donde la gente ha dejado de ver el cielo para sentir “admiración” con el último juguetito que Apple o Samsung les vende, y de refilón, sentir que esto da estatus y es sinónimo de éxito. ¡Yeah, baby! ¡Viviendo la vida! ¡YOLO!

No sé en qué coños piensa la  mayoría de la gente y hace mucho decidí intentar evitar esa obsesión. La realidad es que creo en algunos individuos, les tengo fe, esperanza y admiración, creo en lo hermoso que hay en lo efímero de la pequeña vida de algunos grandes, y desgraciadamente muy pocos, ejemplos humanos. Como especie no tengo la más mínima esperanza en la humanidad.

Cosmos me hace olvidarme de eso durante cuarenta y tantos minutos.

Gracias Sagan, gracias DeGrasse.

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