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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
¿Cuándo es suficiente?
Tal vez una de las preguntas más básicas de todas ¿cuándo es suficiente? ¿hay algo detrás de el olvido de esta pregunta? ¿Qué nos hace olvidarnos de ser para no dejar de desear?
Por Jorge Hill
6 de septiembre, 2013
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La tarde empezó como se debe, bien comido y con botellas de vino suficientes. Andaba yo en un mood muy “vamos a ponernos a hablar de cosas medio serias”, a la señorita acompañante pareció no molestarle demasiado el tema ni mi tan común discurso esquizoide que se mueve de un lugar a otro, abre temas, cierra otros y es, en general, un caos que a algunas personas les parece divertido, otras no pueden soportar el ataque de mis cientos de Bob Esponjas hablando al mismo tiempo y peleándose para ver cuál se sube al tren de pensamiento que sale en el momento con destino incierto.

Ella, economista, una declarada capitalista, amante de la tarjeta de crédito, la moda y las cositas shiny-shiny rosas. Yo, psicólogo renegado que abuchea a gran parte de la psicología y aborrece sus ejercicios de poder sobre la mente y cuerpo, alguien que suele ser suficientemente feliz con una conexión a internet, un software para escribir, otro para hacer música junto a mis aparatejos musicales, una PC para ver mi “cine mamón” y jugar videojuegos… ah, y vino, mucho -los niveles de ácido úrico me hicieron dejar mi tan preciado título de “Obi Wan Caguami”-.

¿Qué hacía yo, que no disfruto demasiado de la compañía continua de mis “hermanos” humanos, con alguien con las características de las que suelo despotricar en este congal? Bueno, también la vida enseña que no todos a los que metes en el cajón de los pendejos son pendejos… ok, sí, aparte es guapa, pues.

El intercambio ideológico nos llevó a muchos lugares, entre ellos el tema de hoy, aquí. Hay un pequeño relato sobre el juego  “Monopoly”, una corta narración con moraleja que me gusta mucho. Tal vez lo han visto, tal vez lo han escuchado por ahí, Peter Joseph lo hizo bastante famoso con su segunda, y no tan idealista y subjetiva parte de la controvertida “Zeitgeist”.

Haciendo el cuento menos largo: Un hombre relata cómo jugaba Monopoly de niño con su abuela, ella siempre le ganaba. Un día, él decidió hacerse el mejor en Monopoly y ganarle a su abuela. Estudió el juego, las posibilidades, los callejones sin salida a los que no se debe entrar, las vueltas de tuerca y demás brincos con machincuepa. El siguiente verano jugó Monopoly una vez más. Esta vez destruyó a su abuela, de manera brutal y sin piedad, ganó todo, le quitó todo. El rush de haberlo logrado y tenerlo todo era una sensación de plenitud eufórica. Entonces, la abuela le menciona que tiene una última lección que darle, le muestra que después de haberlo conseguido todo, de tener todos los hoteles, todo el dinero, todas las posesiones, después de haber eliminado a todos los contendientes: todo regresaba a la caja. Si todo regresa a la caja, en la vida también, entonces ¿cuándo es suficiente? ¿cuándo te vas a detener? ¿entiendes, entonces, que si no sabes detenerte nunca va a ser suficiente?

Decía el señor Lacan que el deseo es una corriente sin nombre, que se va a aferrando a un símbolo nuevo cuando el anterior ha sido simbólicamente satisfecho, ya que el deseo, en realidad, nunca es satisfecho, sólo enmascara de satisfacción al símbolo que deja atrás, es un fluir que nunca se detiene y como el agua, toma forma del receptáculo que en ese momento lo está conteniendo. Sin deseo, el hombre muere. Pero es el símbolo al que se aferra el deseo lo que cuenta, donde tal vez se encuentra eso que llamamos “voluntad”, aparte de un insight que no es fácil de conseguir, una vuelta de la conciencia sobre sí misma lo suficientemente poderosa como para revelar el contexto y las asociaciones que nos han llevado a enganchar el deseo a ese u otro símbolo, a una cadena simbólica con coherencia interna (o no): a un estilo de vida.

Tata Freüd hablaba de represión, un mecanismo inconsciente que logra deshacerse de lo indeseable en la consciencia. Pero lo reprimido siempre vuelve, transformado, una fuerza que debe ser liberada como gas a presión, toma callejones, atajos, se pone disfraces, regresa en la consciencia de manera sintomática, forma neuróticos, nos da tanta personalidad como nos enferma. Lacan decía que había un  mecanismo más primitivo y primordial, más salvaje e intenso, una “represión” tal que aquello reprimido no puede regresar, no puede ser simbolizado y no se puede disfrazar, no queda “olvidado” sino que queda en un limbo: algo que “nunca existió”. A esto le llamó forclusión.

Nuestra cultura actual, como en todas las épocas, está influida directamente por lo que hacemos todos los días, por algo tan básico que ya ni se preguntan sus resultados, consecuencias o estructuras básicas, esto es, a lo que llamamos ganarse la vida, así de intenso. No es un “darse el derecho a vivir”, no, es un “ganarse el gran privilegio de poder vivir”. Quien no lo hace no tiene derecho a una casa, no tiene derecho a ser parte de una “sociedad productiva”, no tiene derecho a ser respetado y en muchos casos simplemente no tiene derechos. Sentirse privilegiado y productivo, incluso creativo, mientras se hace más rico al patrón y dueño, quedándose con las sobras que dan para comprarse esto y aquello que nos hace sentirnos cada vez más cerca del patrón y dueño, es el símbolo al que se ha aferrado buena parte de nuestro deseo: como estilo de vida.

Es entonces que todo lo que está alrededor, eso que llamamos “cultura” o “lo sociocultural” parece obligarnos a forcluir la pregunta más básica de todas, aquella que está tachada estratégicamente por el complejo movimiento del poder como mediocridad conformismo. La pregunta que está prohibida hasta que llega a la forclusión, ya no en la mente individual, sino en la colectiva: ¿cuándo vas a estar conforme con lo que tengas y seas?

¿cuándo es suficiente?

La pregunta quedó al aire, como queda al aire en este texto.

Lo que siguió a nuestro intercambio, querido lector, tal vez sea demasiado para sus castos ojos, sólo diré que “el intercambio ideológico” se puso intenso.

Buen fin de semana, felices intercambos ideológicos.

 

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