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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
De "nacos", "putas" y otros seres mitológicos
La inutilidad de la prohibición de las palabras, el no asumir que son nuestras acciones y nuestra cultura general lo que premia lo discriminatorio.
Por Jorge Hill
17 de mayo, 2013
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En la semana fui a echarme unas chelas y echar la platicada con una amiga que no veía hace mucho. La señorita en cuestión ha ocupado varios cargos públicos y es una impulsora constante de los derechos humanos y los derechos de los animales, en su post-adolescencia y momento intelectualoso más álgido, tuvo brotes de feminismo radical y luego se le bajó hasta llegar a esta balanceada personalidad en la que las cosas y las ideas, en vez de convertirse en un motor obsesivo que nos impulsa a veces a actuar y escupir a lo tonto, entran en cierta armonía, fluyen, logran entramados entre sí: dejan de ser repeticiones vacías de los últimos libros leídos para convertirse en una auténtica ideología propia, razonada, con movimiento y plasticidad, con posibilidad de adaptarse a la dura y a veces contradictoria realidad.

Con todo esto, aún así, no pude evitar quedarme movido por una parte de nuestro intercambio, uno que me sorprende mucho por ser un tema constante y por lo extendido que se ha vuelto, en vez de morir, finalmente, por la paz en el callejón oscuro que merece: la regulación del lenguaje. ¿Por qué en ciertos contextos una palabra puede ser usada y otra no? ¿por qué se sigue creyendo, como en las culturas más primitivas, que las palabras, en sí y por sí mismas, pueden contener el mal? Muchos psicoanalistas, junto a antropólogos, piensan que “palabras mágicas” y “palabras secretas” como las de la brujería, o creencias como “el mal de ojo”, no eran otra cosa más que proyección: alguien enfermaba, después recordaba que “la bruja” del pueblo, “la mala”, la “secreta”, la “loca” o la “puta”, lo habían visto de manera terrible o le habían echado algún símbolo extraño con la mano. Una primitiva asociación que todavía tuvo sus buenas quemas y consecuencias hasta principios del siglo pasado y que se sigue dando en algunos lugares recónditos del mundo, como ciertas tribus de África y… México.

Si nos aventamos un muy silvestre clavado hasta una corriente de improvisada arqueología foucaultiana, podríamos encontrar una linea que va desde lo más primitivo de nuestras creencias sobre las palabras hasta lo que se considera más “progresista” (pft, asegún): regular el lenguaje de manera que no sea discriminatorio. Dos caras de la moneda que vienen del mismo metal y la misma pieza, por un lado el lenguaje como algo que “causa cosas malas tangibles de manera casi mágica” y por el otro, la creencia de que se es muy civilizado en el momento en el que estas mismas se empiezan a regular, prohibir o volverse tremendamente incómodas. Así que de la misma mágica manera, a través del mismo proceso mental rudimentario: Voilá!, somos más civilizados que antes.

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Aunque se vea bonito: Ni madres

Tenemos, con los gringos, el caso de la “N word”, esa palabra tan terrible que no se le puede nombrar incluso como ella misma, como significante: hablar de la palabra misma sin hacer mediante ella alusión a sus significados ya es un desatino, ya es mal visto, es la basura que se barre hacia abajo del tapete, el esqueleto en el clóset. Así, la palabra “nigger” hoy sólo puede ser usada entre negros americanos como una muestra de camaradería. Pero, habrá que entender que dentro de esa misma camaradería hay niveles, ya que no se considera un igual a un negro hijo de un padre o madre blancos o a un negro que “tiene una vida de blanco”, a estas personas tal vez no se les vea bonito si llegan a saludar “What’s up, my nigger?”. ¿Qué ha causado este extremo cuidado de la palabra?: más división. Lo contrario de lo que se buscaba.

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Mi amiga piensa que esta es una de las consecuencias indeseables de regular el lenguaje, pero que se tiene la esperanza de que después, poco a poco, la cultura vaya asimilando esta nueva ruptura que en sí es camino para resarcir y generar tolerancia. Mi reacción fue un sonoro e histriónicamente corporalizado “What the fuck?!” ¿o sea que se quiere quitar un mal poniendo otro “menos visible” pero del mismo peso? ¿Atacar “el mal” haciendo que no existe, dejar de nombrarlo, dejar de simbolizarlo?. Esto siempre me ha recordando a la tan mentada y últimamente citada novela  “1984”, en la que el “nu-speak”, el “nuevo lenguaje”, está diseñado para que los habitantes de Oceania eventualmente dejen de pensar (simbolizar) ciertas creencias o en llevar a cabo ciertas acciones gracias a limitar el acceso a ellas en la mente, a través de cortar su ruta de acceso, el significante: la creencia de que matar a la palabra mata a la idea.

Con ya varias chelitas en la sangre el tema se movió hacia nuestro país y hablábamos sobre las palabras “naco” y “puta”, así como a la tendencia creciente en nuestro país a regular la discriminación a través de la prohibición del lenguaje. Le comenté de no estar muy sorprendido de ver en facebook y twitter a personas, incluso cercanas y que tengo en estima alta, utilizando este meme futbolero que se mueve entre dos articulaciones. La primera habla sobre el gusto o identificación con un equipo, la segunda, el punchline, muestra al que se expuso en la primera parte como un “naco”, una persona de bajos recursos o un cualquier estereotipo de tantos que incluye a un mexicano “vulgar, ñero, indeseable” pero sobre todo, siempre inferior, funcionando sobre la arraigada creencia, en cualquier parte de el mundo, de que  algunos nacemos mejores que otros. Algo así:

– Hoy dices “Arriba el Ame”, mañana cargas mis bolsas en el súper.

—A huevo, hoy gana la máquina cementera. —Cállate y cóbrame mi pasaje por favor.

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Si bien el meme está bien estructurado y cumple la función de lo cómico perfectamente, armando una interrogante que es respondida con algo inesperado, también nos muestra mucho de lo que somos y de lo que nos reímos. Pero nos muestra más qué queremos ser y qué no queremos ser, qué está bien visto y qué está mal visto, crea automáticamente la idea de una jerarquización generalizada, pone “a cada quién en su lugar” y también nos habla de quién se asume de “qué lado”, la creación de una contraposición binaria imaginaria que se utiliza después para darse un lugar propio… imaginario, también. ¿Gracioso? desgraciadamente, en los casos más ingeniosos, . En lo general parece tener un éxito increíble, tanto así que los retweets más dados a la mayoría de nuestros tweetstars mexicanos incluyen este tipo de bromas y un nada sorprendente uso recurrente de los estereotipos de “putas”, “jotos”, “putos” y “nacos”. Tal vez gracioso, pero ¿deseable? no en mi lista de chistes o memes.

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Pasamos entonces a las “putas” y me mi amiga me platicó la amarga historia sobre que en sus días de feminismo más denso, asumió su cuerpo como lo que es, algo suyo, y le dio por cogerse a cuanto güey le gustara, más en un rush de libertad sexual que como una ideología más racionalizada y asumida como propia. Estando bonita la señorita y siendo los hombres los perros que somos, no hubo quién le dijera que no, desgraciadamente, un par de años más tarde, ella era “la puta” frente a su grupo más extenso de amigos y conocidos. Los hombres no tienen nada que ver, esos eran los machines, los que se permitían, entre  machos alfa, “compartirse la carne” para después “putearla”, con esto me refiero a segregarla poco a poco y certeramente como “una puta”, alguien que no sirve para otra cosa más que para coger, porque se cree que es lo que ella misma ha asumido. Le comenté que lo mismo había pasado hace algunos años con un grupo de amigos que en ese entonces eran recientes, un grupo extenso que nos juntábamos muy seguido. Entre alcohol y mucho rock, las cosas terminaban poniéndose cariñosas y se dio mucho romance, y variadito. Al final, algunos de los machos alfa de ese grupo fueron segregando a “las putas” y fueron haciendo tóxica la relación entre los que se quedaban más callados o simplemente no mostraban gran preocupación por un asunto que incluía el consentimiento de las partes y que a quién chingados le importa. La historia es que la cosa era chismear, como todo chisme, que siempre incluye la narración del rompimiento de alguna regla tácita; así toxificar las relaciones que no cumplían con los estándares de los portavoces, lograr una jerarquización fantástica rayana en lo psicótico. Las putas para afuera, los nacos para afuera, los que no chismean para afuera, los que mantienen en privado lo privado para afuera, los que no “putean” a las “putas” para afuera, los que no se muestra “duros” con los anteriores, para afuera. Básicamente, las funciones típicas de cualquier grupo grande de primates. Como animalitos.

Todo esto va quedando más claro cuando vemos que no es la palabra “nigger”, ni la palabra “naco”, ni la palabra “puta” lo que articulan o desarticulan estos grupos o comunidades, desde lo pequeño y familiar hasta la cultura entera de un país, parecería empezar a quedar claro que es nuestra misma cultura y su poca racionalización crítica lo que nos lleva a ser los animalitos discriminatorios y superficiales que podemos ser.

Ella me preguntó si entonces deberíamos de utilizar sin pena y “como si nada” las palabras “naco” y “puta”, le contesté que yo prácticamente no las uso, no porque me las prohiba ni porque las considero malas, si no porque de fondo no las tengo muy simbolizadas, no significan mucho para mí, no representan gran cosa fuera de una construcción cultural que no existe en la realidad.

Nos despedimos pensativos y no sé cuál habrá sido su conclusión, pero para mí siempre queda algo muy claro: No puede haber emancipación, de ningún tipo, a través de la prohibición. Nunca.

 

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